Pasábamos la vida bien tranquilos, convencidos de la política argentina respetaba una divisoria de aguas conocida: la grieta. Algunos la veían como la grieta que separaba al oficialismo de la oposición; otros, al peronismo del resto; otros aun, a las fuerzas democráticas -tanto oficialistas como opositoras- del Club del Helicóptero. Y entonces apareció una nueva grieta, inesperada, impensada, y partió al medio las fuerzas políticas argentas: la grieta del aborto. ¿Qué hacer con él? ¿Ignorarlo, como se hizo por décadas? ¿Despenalizarlo? ¿Legalizarlo? ¿Hacerlo gratuito? ¿Todo eso junto? ¿Nada?

En todos lados se afirma hoy que la cuestión del aborto debe ser seriamente debatida y que todos los argumentos deben ser escuchados, y está bien que se lo diga y se lo haga. Sin embargo, también es cierto que se trata de una cuestión imposible de ser debatida, ya que responde a convicciones últimas sobre cómo concebimos la vida y al ser humano. Lo que nos diferencia, fundamentalmente, son esas dos concepciones -la vida, el ser humano- irreductibles a la razón y, por lo tanto, el momento en que creemos que la vida humana empieza. Y ese es un tema casi indebatible, el cual por más que se discuta -y está bien que se discuta, al menos, para ayudarnos a comprender la posición de los otros- la casi totalidad de las personas involucradas en el debate seguirá teniendo a su conclusión la misma posición con la que entró.

La cosa es simple. Así como no hay forma racional de demostrar que Dios existe ni que no existe, tampoco hay una manera científica, ni filosófica, ni religiosa, de demostrar cuál es el momento en que comienza la vida humana, ni -mucho menos- posibilidad de obligar a otros a plegarse a nuestra verdad revelada, cualquiera sea. De manera que después del necesario debate los que creen que el aborto debe seguir siendo ilegal y penalizado seguirán creyendo lo mismo, y los que creen que no, también. En otros términos, que lo que el debate debería zanjar no es, pues, la cuestión del aborto, sino qué hacemos con nuestras diferencias sobre el aborto para que al aborto no se convierta en una nueva grieta.

Una primera cosa que podemos hacer juntos, creo, es considerar la cuestión no desde nuestras legítimas convicciones sino como lo que también es: una cuestión social y política; una materia central de una de las principales políticas públicas: la salud; y dentro de ella: la salud reproductiva. Mirar el tema del aborto desde la realidad, quiero decir; desde esa realidad en la que el aborto, legal o no e independientemente de cómo lo juzguemos, es parte de prácticas sociales ancestrales sin que las leyes hayan podido impedirlo ni haya evidencia de que su prohibición reduzca su número. Vista así, la grieta del aborto separa a las mujeres que por su condición social son capaces de procurarse un aborto seguro y las que no, las que arriesgan su vida en siniestros sucuchos en manos de siniestros comerciantes de la medicina, cuando no de curanderos.

Observar el tema desde este ángulo, el de la salud pública, y debatirlo en estos términos, permitiría acaso dar un paso adelante que supere la grieta, entendiendo que quienes están a favor de mantener la penalización del aborto no necesariamente son reaccionarios de Tradición, Familia y Propiedad ni monjes inquisidores al comando de Monseñor Aguer. La propia Iglesia, justo es reconocerlo, llamó a que el debate parlamentario se realice en un clima de "diálogo sin descalificaciones, violencia o agresión". Por su sensatez, la declaración del Episcopado merece una cita extensa: "Que este debate nos encuentre preparados para un diálogo sincero y profundo que pueda responder a este drama, escuchar las distintas voces y las legítimas preocupaciones que atraviesan quienes no saben cómo actuar, sin descalificaciones, violencia o agresión", sostiene. Como agnóstico que soy, agrego: Amén.

Pero la cuestión del aborto merece además una atenta consideración desde otro ángulo: el de la política, ya que la forma en que se abrió el debate mostró una radiografía impiadosa de la realidad nacional y se transformó en una desmentida concluyente de la visión "progre" nac&pop. En primer lugar, el Presidente de la República, supuesto líder de una Derecha restauradora del Ancien Régime, habilitó el debate parlamentario de una cuestión que la revolución robesperriana de los chicos del "vamos por todo" denegó durante doce años de abundantes mayorías en ambas cámaras. La reacción de quienes durante esos doce años escondieron valientemente sus convicciones por órdenes de la Jefa no se hizo esperar: no hacía falta ningún debate. Había que llamar a sesión especial y debía ser el Día de la Mujer, faltaba más, ocho de marzo. Lxs intrépidxs gladiadorxs kirchneristxs y sus aliadxs más menos encubiertxs no aclararon por qué motivo habían desperdiciado doce "días de la mujer" entre 2003 y 2015 pero anunciaron la previsible estrategia K: pudrirla. Cuestionar las modalidades del debate y correr por izquierda el límite de la ley de manera que fracase, evitándoles el molesto trámite de revisar sus convicciones acerca la revolución imaginaria y la restauración empresarial en las que aún creen. Cualquier cosa, aun llevar al fracaso a una de sus reivindicaciones más queridas, con tal de no permitir que Macrigato, un presidente antibortista que no temió habilitar un debate en el que tiene mucho que perder, se quede con el mérito y demuestre de qué manera puede cerrarse la famosa grieta: debatiendo.

Se sumó a la estrategia K, por supuesto, la valerosa muchachada del trotskismo con OSDE, cada día más eficiente en su rol de furgón de cola del Club del Helicóptero. Como bien señaló alguien en Twitter (cuyo nombre lamentablemente no recuerdo), sus reivindicaciones históricas de "Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir" escondían una cuarta exigencia, invisible hasta ahora y ya incumplible: que el Gobierno se oponga. Descolocados, los CEO de las mejores Pymes del país -los partidos trotskistas- se sumaron a la interpretación K: no había que dejarse confundir; el Gobierno había liberado el debate parlamentario para ocultar temas más importantes, como la crisis económica en acto y su consecuencia segura: la Revolución troska siempre a punto de llegar, eternamente incumbente.

Pero el papelón mayor ha correspondido, esta vez, a muchos de quienes se dicen liberales pero salieron a persignarse por lo sucedido y a amenazar con retirar su voto a Cambiemos en 2019. Ahora bien, la posición de que el aborto debe seguir siendo penalizado en nuestro país es una posición respetable, pero no es una posición liberal. El liberalismo está, salvo mejor opinión, a favor de las libertades individuales y en contra de las imposiciones del Estado, y por lo tanto, no puede proponer que el Estado siga sosteniendo una prohibición acerca de un tema dependiente de convicciones privadas irreductibles y de imposible conciliación colectiva. Esa posición, aun cuando legítima, es una posición antiliberal y conservadora que revela con claridad el carácter mayoritariamente conservador del liberalismo argento y de paso explica las pasadas alianzas históricas de muchos líderes "liberales" con el Partido Militar y el Partido Populista. El mapa del mundo, por otra parte, es claro: en casi todo el Norte del planeta, donde se encuentran los países a los que el liberalismo argento propone imitar en lo económico, el aborto está despenalizado, y en muchos de ellos, es legal y gratuito. Solo en los países del Sur y del Este, los subdesarrollados, los autoritarios y los sometidos a algún tipo de caudillismo (o todas esas condiciones juntas) penalizan al aborto o lo habilitan solamente en caso de violaciones o por razones terapéuticas.

Finalmente, un ancho silencio se extiende hoy por la ancha avenida del medio, en la cual el debate de la readmisión del kirchnerismo en una alianza contra el neoliberalismo santificada por el Papa ha sido postergada. Para alivio de Margarita Stolbizer, ya suficientemente preocupada por culpa de este gobierno reaccionario que acaba de dejar sin otra de sus banderas a la socialdemocracia olofpalmista asesorada por Rudolph Giuliani.

De manera que ¡bienvenido el debate!, y ojalá no abra una nueva grieta sino que nos ayude a cerrar la existente de la única manera posible: dialogando y consensuando cuando es posible, debatiendo con convicción pero sin agresiones cuando no lo es, y aceptando lo que decida la mayoría, es decir: que el país no somos solamente nosotros y los que piensan como nosotros.

A todo esto… ¿Qué va a votar Cristina?