¿A quién clonarías?

Jorge Nicolás Lafferriere

Científicos del Instituto de Neurociencias de la Academia Nacional de Ciencias China habrían logrado clonar monos usando la técnica de transferencia nuclear. Como era de esperar, se dispararon distintas reacciones en las redes sociales, entre las que se encontraba la discusión en torno a la pregunta: "¿A quién clonarías?", que nos sirve para compartir algunas reflexiones sobre las implicaciones de utilizar la clonación en seres humanos.

No es la misma persona

En primer lugar, la idea de clonar a una persona nos coloca ante el ineludible planteo de qué es ser humano. La clonación se mueve en el plano de lo biológico, del cuerpo; constituye una técnica que permitiría reproducir, en el eventual caso de que fuera posible técnicamente, la configuración genómica de un cuerpo humano.

Ahora bien, generar otro cuerpo genéticamente igual no significa clonar a la persona. La persona no se reduce a sus componentes biológicos. Por un lado, porque la epigenética nos enseña que el genoma interacciona con el ambiente para traducir su código informativo en funciones corporales. Por el otro, porque hay un universo de sentimientos, inteligencia, libertad y voluntad que no se pueden reducir o determinar biológicamente. La persona es única e irrepetible y aun si la clonación nos trajese un cuerpo exactamente igual al buscado, estaríamos ante alguien distinto, con diferentes experiencias y su propia libertad en orden a su realización personal. Detrás de estas visiones subyace un materialismo reduccionista que termina negando la alta dignidad del ser humano.

Los otros fines de la clonación

Al mismo tiempo, la pregunta en torno a quién clonaríamos termina en los hechos ocultando un debate mucho más inquietante que se refiere a los fines que se perseguirían con la clonación de seres humanos.

La clonación se presenta como una de las técnicas más eficaces para obtener un ser con características genéticas deseadas. Subyace la búsqueda del cuerpo perfecto y la optimización de los desempeños humanos para distintos fines.

Así, mientras que algunos imaginan un mundo en el que los clones son alimentados y criados para ser dadores de órganos de otros seres humanos (ver la película La Isla o la novela Never Let Me Go, de Ishiguro), otros buscarían maximizar las potencialidades del cuerpo con fines militares, de productividad económica, o tantos otros.

La búsqueda del ser genéticamente perfecto es parte de la ilusión transhumanista que pretende eliminar los límites humanos a través de la mejora. Nuevamente, se aspira a una perfección material, olvidando que el ser humano es esencialmente vulnerable.

En última instancia, la gran vulnerabilidad humana es la muerte y, como explica Harari en Homo Deus, la búsqueda de la inmortalidad es uno de los temas de la agenda del humanismo de nuestro tiempo. Pero la inmortalidad que se busca se limita a un vivir para siempre en esta tierra, algo que es materialmente imposible, pues siempre el ser humano permanecerá como mortal.

Otra dimensión del problema es que estos desarrollos biotecnológicos de búsqueda del ser perfecto conducen a nuevas y profundas injusticias sociales, lo que agrava las brechas de desigualdad y distrae recursos que deberían estar orientados hacia las estrategias terapéuticas que son más acuciantes y afectan en los aspectos más básicos de su vida y su salud a los sectores más vulnerables. Nuevamente Harari denunciaba la medicina para pocos característica de estos movimientos.

La respuesta a la clonación no pasa por desconocer los innegables beneficios de las biotecnologías, sino por garantizar un cauce seguro para que esas tecnologías sean al servicio del desarrollo del hombre y la sociedad. Ese cauce es el que nos viene dado por la dignidad humana y por la búsqueda del bien común. En torno a esas dos coordenadas debe darse el despliegue tecnológico para que sea auténticamente humano.

El autor es profesor de Derecho Civil (Universidad Católica Argentina y UBA). Director del Centro de Bioética, Persona y Familia.

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