"De una lista de 40 países en estadio de desarrollo intermedio, Argentina es el que corre el mayor riesgo frente a la automatización y la inteligencia artificial". Esta es la conclusión de un reciente estudio elaborado por especialistas del Banco Mundial, quienes encontraron que Argentina posee un 60% de su estructura de empleo proclive a la automatización.

Si tomamos en cuenta el desarrollo exponencial que vienen logrando la robótica, la inteligencia artificial y las comunicaciones, el panorama para la mayoría de los países con una composición de la fuerza laboral y productiva como la Argentina se perfila desfavorable, con un posible incremento de la vulnerabilidad social y asistiendo a una polarización del mercado de trabajo entre trabajadores altamente calificados y aquellos con poca o nula capacitación.

Esta situación no constituye un fenómeno que se circunscribe a la Argentina; es un proceso global que tendrá un profundo impacto en las matrices productivas y sociales de cada país. Teniendo en cuenta esto, la discusión no pasa por si este fenómeno tendrá lugar o no, sino por cómo nos preparamos en materia educativa, social, política e institucional para que esta revolución en el mercado de trabajo tenga un impacto positivo en nuestros jóvenes.

La incorporación de tecnología al proceso de producción permite disminuir costos, incrementar la productividad y liberar al trabajador de tareas rutinarias, repetitivas y hasta peligrosas que no le aportan en su desarrollo profesional. Esto plantea por primera vez la posibilidad histórica de liberarnos de funciones para las cuales los seres humanos no fuimos preparados y poder, en cambio, abocarnos a cuestiones y funciones mucho más humanas como son la labor de creación, innovación, el arte o la música.

Siguiendo esta línea, se hace prioritario repensar y reorientar el modelo educativo. Es necesario que las instituciones educativas cambien un paradigma que ya tiene más de cien años, que fue diseñado teniendo en cuenta un modelo productivo que no rige más.

Debemos abandonar el viejo paradigma orientado hacia la memorización de saberes para enfocarse en uno en donde lo que prime sea la adquisición de habilidades cognitivas, el aprendizaje constante y la consolidación de habilidades socio-emocionales. Es fundamental que los alumnos incorporen habilidades básicas, sobre todo las numéricas y de resolución de problemas.

Esto debe ser suplementado a través de una actualización constante de las herramientas, buscando una mayor vinculación entre los contenidos que se dictan en el aula y las prácticas que permiten ponerlos en juego. Al achicar la brecha entre el conocimiento y la práctica se estará preparando a los alumnos para el desarrollo de tareas que aún no existen, pero que tendrán un alto componente de trabajo cognitivo no rutinario.

Finalmente, se debe trabajar en modelos de cooperación público-privada que permitan la protección del empleo y la generación de sinergias encaminadas hacia el desarrollo de un modelo productivo donde prime el desarrollo de productos y servicios con alto valor agregado y que, en última instancia, incrementen la productividad de la sociedad en su conjunto.

La autora es directora de la Fundación Pescar.