El extraño caso de mister Keynes, los progres y los liberales

Claudio Iglesias

El Gobierno sacó aproximadamente 41% de los votos en las pasadas elecciones legislativas. Con más senadores y diputados de los que tenía, encara ahora el desafío de plantear su agenda de reformas para la segunda mitad de su mandato. Para algunos, el resultado es ampliamente decepcionante: les resulta indignante que la sociedad consienta lo que ellos consideran un ajuste salvaje, tal como visualizan a la actual gestión gubernamental. Para otros, el resultado es tranquilizador pero también, en cierta medida, enigmático: es verdad que el Gobierno es el "mal menor" frente a opciones que esos votantes consideran peores en general, el populismo en todas sus variantes, pero también es cierto que una duda sobrevuela a ese segmento de la opinión: ¿si el Gobierno no hizo el ajuste entre 2015 y 2017, por qué lo haría ahora que siente que disfruta de la empatía de los votantes?

A falta de otra etiqueta designaré como críticos progresistas del Gobierno a los primeros. Ellos pretenden que el Gobierno ha tirado por la borda lo que consideran el legado más preciado del proceso iniciado en 2003 y concluido en 2015: una masiva intervención del Estado en la economía, a la que suelen considerar si mayores precisiones como política económica keynesiana. Los segundos, a los que llamaré críticos liberales del Gobierno, creen exactamente lo opuesto: la falta de disposición del Gobierno a realizar un ajuste fiscal drástico, que ellos consideran necesario para que la economía crezca más allá del 3%, sería un indicio de cierto sesgo keynesianismo del Gobierno. ¿Es el de Mauricio Macri un gobierno keynesiano? ¿En qué sentido podría serlo? ¿Hay un John Keynes bueno y virtuoso, versión doctor Jekyll, y otro malo y perverso en modo mister Hyde?

Supongamos que el Gobierno tuviera que decidir qué hacer con un activo no contabilizado, por ejemplo, millones de dólares procedentes de la explotación de un recurso natural recién descubierto. ¿Qué debería hacer? Un economista nos diría: "Si estás en un horizonte de pleno empleo, mejorar el ahorro público para fortalecer tu perspectiva de largo plazo; pero si estás en una situación donde el nivel gasto es insuficiente, una reducción del déficit puede empeorar todo y, en ese caso, sería preferible tolerar el déficit mirando de reojo el sector monetario y el perfil de vencimientos de deuda". Pasemos por alto los detalles de esa historia. ¿No parecería que el Gobierno actúa siguiendo un enfoque parecido? ¿Quiere decir algo ser keynesiano en la Argentina de 2017? ¿En qué aspectos sí y en cuáles no?

Una breve digresión. En el año 1936, John Maynard Keynes publicó un gran libro, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, que tenía todas las características para convertirse en un clásico. Casi todos lo citamos en nuestras conversaciones sobre economía pero, como suele suceder con la gran mayoría de esa clase de trabajos, lo hacemos de una manera parcial, selectiva e interesada. A veces, incluso, advertimos severas contradicciones entre sus aseveraciones y aspectos establecidos de la teoría económica. Y se los perdonamos: al fin de cuentas, es un clásico. Nadie se pone tan severo con ellos.

No estoy interesado en ofrecer una nueva interpretación de lo que Keynes quiso decir en la Teoría general… En primer lugar, no sé si tengo una opinión semejante o, dicho de otro modo, no sé si mis propias ideas difieren de las ideas del 90% de quienes opinan sobre el tema. En segundo lugar, ni siquiera creo que resulte interesante una opinión de esa naturaleza. Las ideas exitosas en economía, física o biología en general logran desligarse paulatinamente de la tutela de sus creadores. Cuando sobreviven de un modo u otro al paso del tiempo, sus méritos tienen una conexión poco sistemática con su contexto original. Solemos llamar conocimiento científico a ese curioso proceso.

Lo que hoy entendemos por "economía keynesiana" está resumido en un artículo de John Hicks (1904-1980), "Keynes y los clásicos; una interpretación sugerida". Eso es, esencialmente, lo que enseñamos en las universidades y lo que forma parte de la caja de herramientas de generaciones de economistas, expertos y funcionarios de bancos centrales. Sin embargo, quien conozca aunque sea de manera superficial ese cuerpo de ideas, conocido con el nombre más bien enigmático para la gente común de "modelo IS-LM", debe sentir cierta perplejidad al descubrir cuán poco tiene de parecido con lo que en el debate doméstico suele designarse como una visión keynesiana la economía.

El punto es que existe en el mundo de las ciencias sociales, de manera más acentuada fuera del campo de la propia disciplina de la economía, una clase de lado B del keynesianismo. Esa versión detrás del espejo, para usar una metáfora literaria, del keynesianismo suele ser designada como teoría del "Estado keynesiano de bienestar". ¿Qué nos dice la visión del Estado keynesiano de bienestar? En verdad, es menos una teoría económica que un discurso normativo que condena por "neoliberal" cualquier conducta fiscal que, bajo ciertas premisas, todos consideraríamos como responsable. La misma idea de una conducta fiscal responsable le resulta, a este extraño animal keynesiano, algo repudiable. "De derecha".

Según esa visión, el keynesianismo es asimilado a cualquier aumento del gasto público para "estimular la demanda", a una política monetaria poco interesada en sus efectos sobre el nivel de precios y, en última instancia, a la idea un tanto sorprendente para esta época que solemos llamar "era de la información" de que puede manipularse a voluntad la conducta de unos agentes económicos visualizados más bien como autómatas repetitivos.

El keynesianismo, así visto, es un compendio de ideas que un estudiante de economía introductoria descartaría por estar desprovisto de fundamentos razonables. De hecho, si el alumno es un buen alumno, diría que lo descarta "por carecer de microfundamentos". Llevado al límite, este keynesianismo detrás del espejo equivale a afirmar que una economía puede producir más bienes futuros sin restringir el consumo de bienes presentes, que el Gobierno puede gastar más sin ningún tipo de restricción o que la oferta monetaria no tiene ninguna relación sistemática con la inflación. ¿Keynes? Poco de él, en verdad.

Un tanto inesperadamente, ha acudido al rescate de este keynesianismo paródico una corriente de ideas que, enemistada con el estatismo que subyace detrás de él, ha asimilado esta criatura a las propias ideas de Keynes. Así, al malentendido progresista con Keynes se ha venido a sumar un malentendido liberal contra Keynes. Naturalmente, las ideas del propio Keynes, haya querido decir lo que haya querido decir, solamente sirven de pretexto para discutir otro tipo de cosas que las partes raramente sacan a la superficie: en general, ligadas al papel del sector privado, el sector público y los mecanismos que coordinan uno y otro.

Al final, el lado B del keynesianismo ha producido, involuntariamente, su hombre de paja: el lado B del liberalismo. Aun cuando el objeto de esta columna no es discutir los pergaminos de ese liberalismo, quiero decir que en él se adivinan menos la defensa mundana y pragmática de la iniciativa individual y el gobierno responsable y más un discurso en espejo al del keynesianismo paródico frente al que se ha erigido como opción.

De vuelta a la realidad, el Gobierno tiene por delante el desafío de revertir largos años de mala economía, es decir, de economía keynesiana mal entendida, echando las bases para un proyecto de país donde invertir, trabajar y ahorrar tengan un sentido genuino. Quien dice "ahorrar", también dice consumir, naturalmente. Digo esto porque el keynesianismo paródico parece creer que el consumo es la única palanca del crecimiento ("hay que poner dinero en el bolsillo de la gente para que gaste") y que la inversión es, en cambio, "neoliberal".

Si el Gobierno logra mejorar la calidad del contexto macroeconómico, es probable que con el paso del tiempo las metas monetarias y fiscales que lucían ampliamente irrealizables cuando fueron anunciadas en 2016 sean efectivamente cumplibles al final del actual mandato presidencial. Para que eso ocurra habrá que bajar la inflación y aumentar la productividad, secularmente baja en la Argentina a la luz de cualquier comparación.

Si eso ocurre, Argentina aspiraría a tener una discusión sobre sectores a priorizar, sobre cómo invertir eficientemente los recursos tributarios, cómo asegurar un mayor nivel de equidad en el gasto público, por ejemplo, comprometiendo a las escuelas con una mayor calidad educativa que asegure la igualdad de oportunidades. Lo mismo con el sistema de administración de Justicia y, de modo general, con el resto de la administración pública.

Esas metas, en sí mismas, no son ni keynesianas ni anti-keynesianas, pero constituyen el tipo de asuntos que hacen una gran diferencia entre países como Australia, Finlandia, Noruega, Israel o Chile frente a países que, como la Argentina de los últimos 12 años, para no citar casos aparentemente perdidos como Venezuela, parecen atrapados en el tipo de discusiones ideológicas que apasionan a las minorías súper politizadas, pero guardan poca o ninguna relación con los problemas mundanos de la gente común.

Hasta donde logro entender el problema que tenemos por delante, "de la economía a la política y más allá", para usar la expresión de Albert Hirschman, poco hay en los textos canónicos, desde Karl Marx hasta John M. Keynes, pasando por Herbert Spencer o Tocqueville, que pueda resolver los problemas que hoy tenemos, que requieren una mayor capacidad para ponernos de acuerdo, como diría el último autor citado, "en el arte de asociarnos".

El autor es consultor político y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

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