Mauricio Macri en la conferencia de prensa tras la aprobación de la reforma jubilatoria
Mauricio Macri en la conferencia de prensa tras la aprobación de la reforma jubilatoria

Habemus ley. A las 7.05 de este martes hubo "fumata blanca". Con 129 votos a favor , 117 en contra y 2 abstenciones Cambiemos logró imponer su proyecto. El Gobierno ganó la partida, pero todos salimos maltrechos. Tras una semana ininterrumpida de negociaciones, tensión y forcejeos el oficialismo se impuso en la pulseada política. Jugando al límite, logró torcer la resistencia de un redivivo combo de oposición y obtuvo la pretendida reforma.

Las sucesivas batallas de esta guerra inconclusa tiñeron de refriegas las calles de la ciudad y se llevaron puesto sin contemplación alguna la tregua navideña. La votación fue solo el episodio final de una seguidilla de cruentas escaramuzas por el control y ejercicio del poder.

El Gobierno logró mantener en pie el funcionamiento de las instituciones. La embestida opositora le hizo pagar, no obstante, un duro costo. Un tendal de policía heridos, detenidos y destrozos es solo el saldo más visible de la atropellada callejera que intentó frenar a pura violencia el tratamiento de la ley, pero el misal del populismo salió fortalecido.

Nadie fue feliz con lo votado. Ni adentro ni afuera hubo quien fuera capaz de defender con pasión la ley. Se la trató y votó como un " mal necesario". El Gobierno no sale indemne de esta descomunal movida. Se logró retener poder, se logró neutralizar, al menos por ahora, a "la brigada del helicóptero", pero el relato emergió "vivito y coleando". Las diatribas incendiarias reforzaron los prejuicios. El "Macri gobierna para los ricos" se despachó recargado. Nadie explicó con claridad a las mayorías abrumadas por las dificultades económicas, el látigo impiadoso de la inflación y la amenaza del desempleo el porqué de está atropellada. La letra chica quedó para el círculo rojo, para los cenáculos del poder. El común de la gente se quedó afuera, perpleja, sin comprender porqué el Gobierno incendió diciembre, precipitando los acontecimientos hacia fin de año tan "nac and pop".

¿Hacía falta? ¿Es tan apremiante el rojo al acecho de la economía para forzar la máquina legislativa de esta manera? Está claro que no le van a sacar plata a los jubilados. Pero más claro está que tampoco van a recibir más, que lo legislado no permite recomposición alguna, que solo se garantiza la consolidación de un sistema que reparte miseria.

Esta incapacidad de informar las malas noticias, esta dificultad para llamar a las cosas por su nombre, este venderte " la vida es bella" se topó con el límite que no se quiere ver. El de de la escaldada piel social al límite de su sensibilidad.

Nadie pudo ni quiso explicar la reforma porque no hay reforma. Se salió de un brete. Queda pendiente una tarea urgente. Se impone repensar el sistema jubilatorio que no da para más. Barajar y dar de nuevo. Enmendar de alguna manera la sucesión de ineficacias y manotazos sobre las cajas que dejaron descalzado el futuro de todos.

La cruda realidad terminó imponiendo su lógica. En un contexto de crisis de representación y fragmentación del poder la oposición también mostró la hilacha. Quedó claro que hay un núcleo duro antisistema que enfrenta la adversidad electoral retomando las peores prácticas antidemocráticas.

El operativo a lo Gandhi que puso en escena la Policía de la Ciudad expuso, con un costo inexorable, el nivel de brutalidad del que se dispone para enfrentar en la calle lo que no se pudo obtener en las urnas. La sangre todavía está demasiado fresca para evaluar los efectos colaterales de esta estampida. Pero algo quedó claro, las reglas del juego de la democracia no parecen ser suficientes para algunos. No son pocos los que siendo parte del sistema están dispuestos a patear el tablero cuando la cuota de poder de que disponen no les cierra.

Si la perversa estrategia de la violencia como herramienta política estuvo solo de paso o llegó para quedarse es todavía una pregunta sin respuesta. Nada será lo mismo de aquí en más. El sobresalto de estos días caló hondo en las emociones colectivas. El Gobierno debe tomar nota de los errores cometidos que funcionaron como fenomenal cabeza de playa para los militantes del "cuanto peor, mejor", los que siempre están en la retaguardia dispuestos a hacer posible que la historia se repita.