Ley y autoridad: ¿seguiremos con la tradición del gaucho?

Julio C. Báez

Mucho se ha escrito respecto de las sinonimias y las antinomias que unen o separan al gaucho del cowboy. Empecemos por los denominadores comunes; ambos representan hombres del interior, peleadores y valientes; los dos se presentan como combativos, indóciles, tributarios de un tiempo y un espacio. Ambos, también, pertenecen a dos naciones que, con cierta contemporaneidad, proclamaron sus independencias.

Los Estados Unidos, hastiados del despotismo inglés y saturados de su opresión económica, donde el impuesto al té que en 1776 estableció el rey Jorge III hizo ver la luz a la convención de Filadelfia, de la que germinara la Constitución de los Estados Unidos, fueron la tierra donde se plasmaron ideas que dieron lugar al desarrollo sostenido con dos ejes fundamentales: la democracia como forma de gobierno, donde el respeto a la ley y a la división de poderes sería el perno del andamiaje institucional, y el libre comercio, como panoplia habilitante de una nación que, en un poco más de doscientos años, se ha erigido como la indiscutible potencia mundial. De hecho, el propio Alexis de Tocqueville, en franca crítica al sistema político francés, en su señera obra La democracia en América, exalta el estilo de vida y las costumbres de la nueva nación elogiando la división nítida de los tres poderes de la unión.

Nuestra nación proclamó su independencia con causales similares y una llamativa simultaneidad temporal respecto del país del norte, aun cuando se debatía entre la adopción de un sistema similar al de los Estados Unidos o uno monárquico, pero con improntas autóctonas. No obstante ello, había coincidencia en liberar el comercio colonial y que la comunidad independizada tuviera nuevos oferentes distintos del Reino de España.

Pero las diferencias, que se erigen sobre las similitudes señaladas, hablan a las clara de que el cowboy representa el apego a la ley y el gaucho, su enfrentamiento. El cowboy es un personaje aglutinador de consensos y el gaucho es percibido, justa o injustamente, como un pendenciero, al punto tal que, como nos recuerda Carlos Gamerro en su libro Facundo o Martín Fierro, en tren de eludir la norma, algunos tramos de la literatura gauchesca consideraban héroe al criminal y diabólica a la autoridad. Por el contrario, el sheriff es siempre el adalid, quien rescata a la doncella de quien la cautiva y el bandolero es el villano.

Ese sendero de confrontación con la norma y con la autoridad nos lleva a rememorar a Jorge Luis Borges, quien, en sus cuatro conferencias sobre el tango, nos hablaba de la actividad del sargento Chirino al insertar su bayoneta a Juan Moreira, pero al funcionario ese hecho no le valió la gloria toda vez que la gente lo interpelaba: "¿Quién era ese oscuro sargento de policía para matar al famoso Moreira?".

Ya sea que el gaucho ha sido un desertor originario y el cowboy, un héroe natural o construido por la industria fílmica americana, es palmario afirmar algunos disensos entre ambos. Al gaucho, apropiada o inapropiadamente, se lo ha hermanado con la transgresión, la vaguedad y el alejamiento de la norma. No queremos efectuar un panegírico o denostar a la sociedad americana, tampoco demonizar al hombre natural de las pampas, lo que nos interesa, al efecto de estas líneas, es la particular desatención que tenemos, como nación y como sociedad, en torno al cumplimiento de la ley. En nuestra comunidad aflora la anomia postulada por Carlos Nino, el individualismo como oposición a la visión de conjunto, que conspira contra el acatamiento de la ley y da pábulo a la corrupción, el mal endémico que afecta a nuestra bicentenaria república.

La corrupción no es solamente la infidelidad en manejo del peculio estatal donde el funcionario prioriza sus apetencias monetarias sobre el peculio que debe cuidar, también se manifiesta, entre una prolífica familia de apariciones, en sendas designaciones, en los diversos departamentos en que se divide el poder, cuando se omite escoger al más preparado y honesto porque se prefiere acudir al "amiguismo", al compromiso coyuntural, en clara desatención del requisito de idoneidad que exige la Constitución Nacional.

Sin duda, existen fallas en nuestro sistema social, pero nos parece que, una vez advertidas, debemos, entre todos, procurar eliminarlas. Esta es la verdadera expedición que debe asumir la sociedad para que el país abandone el estancamiento prolongado que lo alcanza. Todos los actores, desde las diferentes funciones, debemos amplificar nuestra contracción al trabajo y nuestra preparación constante de manera frugal, evitando atajos oportunistas que traen aparejados la violación de las normas, desencadenante de la corrupción. Solo el cumplimiento de la ley ha permite empavesar el estandarte ideal para que las generaciones venideras gocen de un país mejor.

El autor es juez de Cámara por ante el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional n° 4, doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales, doctorando en Ciencia Política.

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