El francés Émile Boirac, investigador psíquico, acuñó el término déjà vu para hacer referencia al fenómeno de tener la fuerte sensación de que un evento o una experiencia que se vive en la actualidad se ha experimentado en el pasado.

Existe una concepción filosófica del tiempo, postulada inicialmente por el estoicismo y tomada por Friedrich Nietzsche en su libro Así habló Zaratustra, que es la idea del eterno retorno. Esta idea refiere a un concepto circular de la historia o los acontecimientos. La historia no sería lineal sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero son, básicamente, semejantes. Más adelante, fue Jorge Luis Borges quien, siguiendo esta línea de pensamiento, escribió un ensayo referido al tiempo circular, en su libro Historia de la eternidad, en 1943.

El tiempo es circular. La historia se repite. Tenemos la sensación de que estamos transitando algo que ya vivimos. El devenir de la economía argentina por estos tiempos nos remite a estos conceptos.

Nos encontramos en la actualidad frente a la presencia de déficits gemelos, es decir, el resultado es negativo tanto en el frente externo como en el fiscal. El déficit de balanza comercial alcanza, en los primeros nueve meses del año, un total de 5.200 millones de dólares. Para encontrar un saldo negativo similar habría que remontarse a 1994. Las estimaciones dan cuenta de un déficit cercano a los ocho mil millones de dólares para todo el año en curso. De confirmarse esta proyección, se trataría del déficit comercial más elevado de la historia argentina.

En el frente fiscal, en 2016 el resultado consolidado entre nación y provincias, y sin considerar la asistencia del Banco Central (BCRA), fue de 7,85% del PBI. Para encontrar un resultado similar hay que retroceder hasta 1988, cuando se alcanzó, con el mismo cálculo, un rojo de 7,93% del PBI. Esto fue el año previo a la explosión de la crisis de la hiperinflación. Otro período de déficit muy elevado en las cuentas públicas fue el tristemente célebre 2001, cuando se alcanzó un 6,63% de PBI.

¿Cómo financia la economía argentina esta situación de déficits persistentes que alcanzan niveles críticos? El eterno retorno, el tiempo circular o un déjà vu, lo cierto es que el financiamiento es con deuda externa. Una deuda que crece a un ritmo desenfrenado y que posiciona a la Argentina en el primer puesto de emisiones de deuda de países emergentes por monto, según la agencia internacional Bloomberg. Haber alcanzado este triste podio se debe a la colocación de deuda en la era Macri, entre enero de 2016 y septiembre de 2017, un total de 41.921 millones de dólares, sólo por el gobierno nacional. El segundo puesto es para China, con 39.675 millones de dólares. Se trata de una economía con 1.400 millones de habitantes. Es decir, que mientras la deuda emitida per cápita fue de 28,33 dólares en el gigante asiático, a cada uno de los argentinos nos endeudaron en algo más de mil dólares durante el mismo período.

Sostener este ritmo de financiamiento resulta inviable. El año próximo se necesitarán 56 mil millones de dólares. La necesidad de contraer deuda nueva, mientras se refinancian los vencimientos, y a tasas de interés altas, genera una dinámica creciente del tipo de bola de nieve. De esta forma, la partida de intereses de la deuda aumenta su participación en el presupuesto nacional, en detrimento de otras partidas. Como ejemplo, el año próximo se pagará, por intereses de la deuda, el doble del monto destinado a educación y cultura, y cuatro veces el dinero volcado a salud.

Mientras se continúan generando estímulos a la inversión financiera en detrimento de la actividad productiva, se desarman controles al ingreso de las importaciones en desmedro de la industria nacional y se desregulan completamente los flujos de capitales especulativos de corto plazo, recibimos la visita del FMI, el anuncio de la auditoría de las cuentas públicas de parte del organismo multilateral y la exigencia de políticas de ajuste.

En este sentido, se anuncian en paralelo reformas en el plano laboral, tributario y previsional. El objetivo central detrás de mucho anuncio pomposo, que mezcla idas y vueltas con impuestos internos, y genera la reacción de bodegueros y multinacionales, es el de modificar la fórmula de ajuste por movilidad jubilatoria. De esta forma, tanto los jubilados como los beneficiarios de la asignación universal por hijo pagarán nuevamente el pato de la boda. La nueva fórmula apunta a una reducción de poder adquisitivo a lo largo del tiempo.

Allá por el 2000, previo a la crisis más profunda que sufrió la economía argentina, que llevó a récords históricos de pobreza y desempleo, las soluciones planteadas buscaban también el camino del ajuste. El FMI visitaba recurrentemente el país e imponía sus recetas. La por entonces ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, anunciaba un recorte de 13% en las jubilaciones, afirmando que se trataba de una medida dolorosa pero necesaria. La deuda financiaba los desequilibrios, los intereses se tornaban impagables, el ajuste se imponía, el eslabón más débil de la cadena lo sufría, y los capitales especulativos se retiraban.

Del estoicismo y Boirac, pasando por Nietzsche y Borges, llegamos a Gustavo Cerati, que en su último álbum incluyó un tema titulado "Déjà vu", donde se despidió diciendo: "Mira el reloj, se derritió/ Rebobinando hacia adelante te alcanzó/ Ecos de antes rebotando en la quietud…/ Oh, no".

El autor es economista. Director de Ágora Consultora.