Suelo decir que soy una persona afortunada. Entre las cosas que me permiten decir que la suerte me acompañó en la vida privilegio haber trabajado con grandes, enormes colegas, profesionales de la palabra y de las ideas que por lo general se escondían detrás de sus artículos porque lo único relevante siempre -siempre- era la noticia. En ese elenco de gente querida de perfil bajo hay alguien que ocupa un lugar especial. Se llamaba Jorge Göttling y muchos seguramente lo recordarán por sus extraordinarias notas sobre tango, aunque su talento ignoraba las fronteras de los géneros. En 2005, Jorge resultó ganador de la primera edición del Don Quijote, un concurso que premia la excelencia del uso de la lengua castellana. Mi viejo compañero lo ganó por sus columnas dedicadas a la Buenos Aires posterior a la crisis del 2001, un conjunto de postales urbanas del apocalipsis plenas de dolor y poesía. "Radiografías de una sociedad en bancarrota", las definió Göttling en su estilo cuando fue a recibir el premio a Madrid, de manos de los reyes de España. A su regreso, junto con otro compañero lo encontramos sentado en la escalera del pasillo, con gesto preocupado. "No puedo entrar a la redacción, flaquita", me dijo casi en un lamento. "Tengo miedo de habérmela creído". Jorge murió un año después: nunca se la creyó.

Me podrán decir, no sin razón, que todo esto que cuento es vieja escuela y que hoy los tiempos son otros. Que las redes sociales habilitan la exposición personal al punto de que hoy cualquiera puede ser su propio medio y que la explosión del yo en las artes y en la comunicación es una tendencia cuyo alcance aún desconocemos. Si las feministas señalan con tino desde hace mucho que lo privado es lo público, hoy más que nunca esto último es postal cotidiana. Y sin embargo, al tiempo que cada vez hay más periodistas o, al menos, personas que se llaman a sí mismas periodistas o que escriben "periodista" cuando se les pregunta por su profesión, hay cada vez menos rigor, menos convicción, menos brillo. Y más hastío por tener que ser testigos de rencillas menores o conventillos mayores que de ninguna manera ayudan a que hagamos cada día mejor nuestro trabajo.

Cualquiera que sea medianamente activo en Twitter sabe que se trata de un espacio privilegiado por los periodistas. Porque la información circula al toque, porque podemos enterarnos de todo y porque lamentablemente también se convirtió en un espacio de disputa ideológica, un escenario elegido para la guerra de palabras y retóricas crueles que componen la fisura social que dieron en llamar grieta. Entonces todos alguna vez somos operadores, todos somos pagos por el gobierno de turno, todos desinformamos, todos privilegiamos nuestro bolsillo y nuestra ambición exhibicionista, todos, todos… venimos dando vergüenza, muchachos.

El último capítulo de esa disputa tuvo lugar el domingo a la noche, durante la entrega del Martín Fierro a los mejores trabajadores de la radio, cuando lo que debió ser una celebración del oficio se transformó en un debate digno de Polémica en el bar que casi llega a las manos. Dejo para otro colega o para otra nota el análisis del mensaje de Reynaldo Sietecase que leyó su productora y los comentarios sobre los colegas reacios a criticar al gobierno y también los comentarios de Alfredo Leuco, quien a su turno cuestionó a Sietecase porque hizo leer un reclamo al gobierno por los puestos de trabajo que se van cerrando sin mencionar a la acotada pero potente lista de empresarios cuyo interés por los medios fue directamente proporcional a la pauta oficial que recibían y dejaron de recibir. Cada uno tiene derecho a pensar y a expresar lo que piensa en total libertad, afortunadamente, aunque lo que debió ser en todo caso una discusión privada entre colegas terminó siendo la noticia que opacó, incluso, la lista de ganadores del premio.

Me detengo un segundo en cambio en el productor que gritó e insultó a Leuco (incluso seré generosa con la versión que insiste en que no lo llamaron "judío de mierda") y lo hago porque nadie te invita a una fiesta para que vayas a patotear a otro invitado. No quiero a ese periodista en mi equipo, ni hoy ni nunca. Lo que vino después de esos gritos de gallinero, amplificado por las redes, con el hijo del insultado queriendo irse a las manos para defender el honor de su padre, la ridiculez de señalar que el chico furioso había maltratado a la novia en su afán por irse a las piñas, la innumerable cantidad de notas dadas por todos los protagonistas de este "me dijo, te dijo, le dijo", todo ese cachivache de narcisismos heridos y de confusión general acerca de dónde está la noticia nos hace mucho daño a todos, también al público, porque el hartazgo que provocamos mostrando estos trapitos sucios al sol -como si fuéramos personas importantes y no personas comunes que llevan adelante un oficio- es un tiro más en el pie de nuestra credibilidad, ya de por sí debilitada por innumerables razones.

No somos importantes, amigos, porque como decía siempre otro viejo colega: importantes son los maestros, las enfermeras, los médicos. Practicamos, sí, una tarea central para ayudar a crear conciencia, ciudadanía y espíritu crítico. Somos, o debemos ser, intermediarios entre lo que sucede y la población, para eso nos pagan y para eso nos formamos nosotros, curiosos profesionales que todo lo queremos saber para poder contárselo a los demás.

Va siendo hora de sacar un poco los ojos de nosotros mismos para dedicar esa energía, hoy sucia y estéril por la confrontación y la desconfianza, a informar, analizar, investigar y divulgar las cosas que pasan en el mundo con la mayor honestidad y rigor posibles. Todo indica que se trata de un gesto indispensable si pretendemos que el oficio al que dedicamos nuestra vida recupere algo de dignidad, de prestigio o, al menos, de respeto por parte de la sociedad.