El presidente Donald Trump se ha caracterizado desde el inicio de su administración por una retórica dura y amenazante que ha puesto en vilo tanto al frente interno de los Estados Unidos como a la comunidad internacional. Estas declaraciones incluyen temas en extremo sensibles como son los conflictos internacionales que involucran armas nucleares. A las amenazas de destrucción total a Corea del Norte y la manifestación del deseo de ampliar el arsenal nuclear del país del norte de 6.800 a 30 mil ojivas, relativizada en una entrevista periodística, se suma ahora la declarada intención de no certificar el buen cumplimiento de Irán, dentro del llamado acuerdo nuclear P5+1 que la República Islámica firmara con Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia, China, Alemania y la Unión Europea, en julio de 2015.

El pacto, si bien no es perfecto, ha bloqueado en los hechos la posibilidad de un Irán con armas nucleares cuando estaba cerca de lograrlo, a cambio del alivio a las múltiples sanciones internacionales, en su mayoría de índole económica. Entre sus cláusulas contiene un sistema de verificación del cumplimiento a través del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Hasta ahora, los reportes de la agencia internacional nuclear de los dos últimos años confirman el acatamiento de Irán a los compromisos tomados.

Según la legislación vigente en los Estados Unidos, el Presidente debe confirmar al Congreso cada 90 días, en este caso la fecha es el 15 de octubre, si Irán ha cumplido, y también si la suspensión de sanciones a la República Islámica sigue siendo vital para los intereses del país. En caso negativo, el cuerpo legislativo puede considerar el restablecimiento e incluso la profundización de dichas sanciones.

El empeño de Trump en atacar el acuerdo nuclear viene desde la época de la campaña electoral y se basa, más que en sus cláusulas específicas, en el interés en diferenciarse del ex presidente Barack Obama, quien fuera su promotor. Los argumentos giran alrededor de temas que exceden el texto acordado, como la estrategia de Irán en Medio Oriente, principalmente respecto de la cuestión siria y yemenita. También el conocido antagonismo con Israel y el evidente apoyo de la República Islámica a grupos terroristas como Hezbollah.

Nadie niega que esas estrategias de Irán sean altamente perjudiciales para la estabilidad regional y global. Argentina ha vivido en carne propia estos juegos iraníes con los atentados a la Embajada de Israel en 1992 y a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en 1994, además del inaceptable memorándum de entendimiento de 2013, cuyas dramáticas connotaciones se debaten hoy en la Justicia.

De lo que se trata en todo caso es de evaluar el costo-beneficio de una acción unilateral del Presidente de los Estados Unidos, cuando los demás firmantes, sin excepción, y los líderes de opinión en su país, incluyendo funcionarios de su propio Gobierno, aconsejan que debe ser mantenido. Aunque la intención no sea retirarse del acuerdo y tal vez sí intentar modificarlo a su conveniencia, cosa que no sucederá, si Trump no certifica, aun con el evidente cumplimiento de Irán, se corre el alto riesgo de destruir el pacto y, por extensión, de dar por tierra con los beneficios de un Irán sin armas nucleares.

En ese escenario asoman en el horizonte varias consecuencias desastrosas para la política exterior de los Estados Unidos y desde luego para la seguridad de todos los países. Primeramente, se debilitaría la alianza con Europa y, por ende, la cooperación en el Atlántico Norte. También se reduciría significativamente la credibilidad del país en futuras negociaciones, con repercusiones directas en el conflicto de Corea del Norte. Esta situación cambiaría la predisposición de China para ayudar en la estabilización de la península de Corea, a la vez que podría operar como justificación de Corea del Norte para no sentarse a la mesa de negociación, lo cual resulta en estos momentos imprescindible.

También, las tensiones creadas podrían llevar a la salida de Irán del acuerdo en una sobreactuada respuesta a la decisión de Estados Unidos y, desde luego, a un inmediato reinicio de su plan nuclear, esta vez sin ningún tipo de control. Esto, a su vez, podría disparar nuevas intenciones de resolver tal carrera a través de acciones militares, en una peligrosa escalada. El presidente Trump lograría, en ese caso, lo que nadie antes: convertir a la República Islámica de victimaria en víctima en el contexto internacional, una situación en extremo contraproducente.

En ese momento de decisión, resuena fuerte a nivel global la necesidad de proteger el acuerdo nuclear con Irán de modo de no abrir sin necesidad un nuevo frente que deteriore aún más la precaria seguridad internacional, ya en extremo minada por los muchos conflictos existentes.

La autora es presidente de la Fundación NPSGlobal.