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¿Habrá cambios? Pregunta incómoda en víspera electoral. Cada parte la responde a su gusto o, más precisamente, al de los ciudadanos que pretende seducir.

En Cambiemos dicen que constituye su esencia. El peronismo no K se maquilla y el cristicamporismo añora 2015. Virtud o maña, el gatopardismo es parte del juego político. Mauricio Macri y sus acólitos trabajan sobre lo posible, enarbolan el emblema de la esperanza  y evitan los pasos en falso. Sus adversarios procuran encontrar el cauce sobre pautas que se definirán después del 22 de octubre.

Algo ha cambiado. Se han superado antinomias que parecían irreconciliables. Cada uno en su estilo, el macrismo y el justicialismo recuerdan y hasta celebran el 17 de octubre. El más que simbólico abrazo de Ricardo Balbín y Juan Domingo Perón en 1972 señalaba la necesidad de cerrar una grieta. No hacerlo llevó a momentos dolorosos. La sociedad argentina espera que desaparezca, como lo señalan los sondeos de opinión. Esta expectativa es manejada con habilidad por el gobierno y buena parte de sus adversarios se unen a la decisión de superarla. Hay quienes no piensan igual. Ningún grupo humano es homogéneo.

Es notable advertir la actitud de diversos sectores ciudadanos ante el desafío del futuro. Hay quienes apuestan a un cambio que permita la elaboración de proyectos de interés común. Son imprescindibles para enfrentar dramas derivados de la marginación y la pobreza. Décadas atrás la Argentina se enorgullecía de sus clases medias, producto de sistemas educativos, de salud y seguridad sólidos y al alcance de quien los necesitara. Sucesivas capas de malversación, corrupción e instalación de tribus sociales que crearon cotos de caza en beneficio propio, los llevaron al colapso.

No en vano la gente de a pie clama por los derechos y las garantías que le promete la Constitución Nacional. Un tercio de la población en la pobreza, con elevados porcentajes de mala nutrición, hacinamiento, falta de cloacas y agua potable, son signos evidentes de la falta de respuestas. La visión de funcionarios corruptos a costa de los presupuestos destinados a los servicios de transporte público, con su secuela de muertes y daños, agranda el reclamo.

La administración actual ha encarado la solución de los problemas más urgentes como parte de su inserción política. Debe hacerlo para lograr aceptación y confianza. Un número importante de dirigentes ajenos a su estructura asumen la misma actitud. Los tiempos por venir pueden ser alentadores, siempre que exista la vocación por el trabajo en común. El Estado es un paquidermo de movimientos lentos, alimentado con sucesivas incorporaciones de partidarios del gobierno de turno. Ponerlo al servicio de la población que lo sustenta, parece una tarea imposible. No lo es. Administrarlo correctamente exige decisión y mucho esfuerzo, pero se logran avances.

El votante apuesta al cambio si incluye mejoras para su calidad de vida. Las voces setentistas, basadas en pensamientos disruptores, hablaban del cambio sin fijarse en costos de vidas y recursos. Ofrecían la ilusión de un "hombre nuevo". No advirtieron que el hombre es nuevo o no de acuerdo a su circunstancia. El pensamiento orteguiano mantiene su vigencia.

La política es el arte de lo posible. El ciudadano ajeno a su ejercicio, espera que los responsables de practicarla sean conscientes de la responsabilidad que deposita en ellos cuando los vota.

*El autor es miembro de ICC Baraldo, Consultores de Comunicación.