Aferrados al pasado los que vociferan su progresismo y profetas del futuro los otros. Ninguno de los dos proclama su filiación. Operan bajo sellos diferentes y desvinculados del movimiento original dirigidos por la ex inquilina y por el actual ocupante de Olivos, amparados bajo el amplio paraguas que desplegara el fundador del justicialismo.

Habrá quien discuta esta afirmación con buenas razones, pero le costará desmentirla. Los límites entre las agrupaciones políticas mayoritarias son difusos y numerosos los dirigentes de las fuerzas en pugna provienen de orígenes partidarios comunes. Las viejas banderas están desteñidas y los símbolos se usan a desgano. Quedan sinceros seguidores de las boinas blancas y la moda descamisada, pero son minoría.

El mundo ha cambiado y los slogans envejecen. Las necesidades superan a la épica y la mentira tiene patas cortas. Lo demuestra el dramático giro de CFK, obligada – por su propio interés – a admitir que hubo corrupción bajo sus gobiernos. En sus últimas declaraciones dejó caer esta respuesta y se lavó las manos, con lo que dejó en el aire a más de un colaborador cercano sospechoso o encausado. La carga de la prueba es innegable y la ignorancia voluntaria tiene tan poco valor como la incitación a la violencia del "Pata" Medina.

A propósito de este personaje y otros de su calaña, es bueno recordar que no han nacido en un repollo. Al amparo del poder gubernamental, dirigentes sindicales, políticos, empresarios y otros, edificaron un sistema que les brindó impunidad y dinero en abundancia. Demasiados integrantes del Poder Judicial hicieron la vista gorda, evitaron los riesgos de enfrentarlos o recibieron beneficios, por supuesto no declarados.

Algo ha cambiado. Por varias razones, entre ellas la tensión derivada del período preelectoral, la administración macrista busca golpes de efecto y enarbola la enseña del gobierno justiciero. Néstor Kirchner lo hizo, bajo otras consignas y motivos, con numerosos representantes del Proceso, pues en su momento entendió que" la izquierda paga". Quedan beneficiarios y seguidores de esa política. No son mayoría.

Hoy, la corrupción está bajo la lupa. La estrategia gubernamental fomenta su exhibición junto a los índices económicos. Se trata de elevar el nivel de esperanza ciudadana y demostrar que se puede mejorar el bienestar general sin violentar la ley. Varios jueces y fiscales se han subido a este concepto. El miedo no es zonzo.

Como tal, se ha establecido en varios ambientes. Ex ministros en el banquillo y sindicalistas en el presidio. Colegas de unos y otros que tiemblan ante la eventual denuncia de un fiscal y tratan de limpiar archivos y destruir memorias de computadoras. Comunicadores que organizan maratones mediáticas, ponen caras azoradas y profieren mensajes condenatorios. Hasta hace poco tiempo, nadie sabía nada. La vida es cruel.

¿Y la gente común? Responde a otros estímulos. Mira, comenta, juzga o defiende. En el imaginario popular, en particular de los que superaron la post adolescencia, suele imperar el escepticismo. Esta película, podrán decir, ya la vieron. Alguna razón los asiste, pues la historia reciente demuestra que existieron chivos expiatorios que pagaron culpas generalizadas para que nada cambiara. En sectores tan corporativos como los sindicatos, por ejemplo, se aplica a rajatabla la máxima de "a rey muerto, rey puesto".

Los cambios son necesarios y la sociedad los demanda. Recuerdos del pasado cercano demuestran que modificar la matriz cultural requiere de esfuerzos y sacrificios que pocos aceptan. Por esta hendija se cuela la sentencia viejovizcachera de Juan Domingo Perón, cuando después de mencionar a las diferentes agrupaciones políticas argentinas dicen que expresó: "Peronistas somos todos". Gatopardismo en estado puro.