Aunque cueste creerlo, una jueza de la Ciudad de Buenos Aires acaba de afirmar que tomar colegios es un derecho constitucional. Aprender, en cambio, no lo sería.

Tomemos nota de que, por más increíble que resulte, este fallo no surge de un delirio aislado, sino de una tendencia que se viene imponiendo desde hace muchos años, incluso décadas.

Porque lo más llamativo de la polémica generada por las tomas de varios colegios de la capital en disconformidad con una reforma del secundario es la naturalidad con la cual se acepta que la función de la escuela, antes que enseñar, es algo así como concientizar.

Aunque suene políticamente incorrecto decirlo, la primera misión de la escuela no es inculcar valores, sino conocimientos

En este país se han presentado "planes educativos" en los que los brillaban por su ausencia conceptos tales como conocimientos, contenidos, calidad. En cambio, se decía que la escuela debía transmitir valores. Estamos hablando de una concepción de la educación que trasciende partidos, lamentablemente. Pero, aunque suene políticamente incorrecto decirlo, la primera misión de la escuela no es inculcar valores, sino conocimientos. Es decir, transmitir, de generación en generación, el acervo de saberes acumulado por la humanidad. La transmisión de valores es esencialmente función de la familia.

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Además, no se vaya a creer que, cuando hablan de valores, están aludiendo a aquellos vinculados con lo académico: el valor del esfuerzo, del trabajo -individual o grupal-, de la competencia sana, del respeto al maestro y del apego al conocimiento.

En la concepción de muchos, valores significa ‘bajada de línea’ y punto

No, está claro que, en la concepción de muchos, esto de los valores significa "bajada de línea" -así nomás-, como lo demostraron los sindicalistas de Ctera con la cartilla sobre el caso Santiago Maldonado. Es muy posible que un tema así surja en una clase por la inquietud de los mismos alumnos; y el docente sabrá responder. Pero eso es algo muy diferente de un uso político-partidario. O de dedicarle una clase al tema, porque, aunque la escuela no está aislada de la realidad, ¿desde cuándo su rol es debatir las noticias?

El elogio de la rebeldía de los "pibes" fue un lugar común de estos días. Y que tantos padres les hayan hecho el aguante a sus hijos en esta toma es otro signo de esta tendencia que desvirtúa el rol de la escuela. Hasta lo defienden como parte de su formación. Al mismo tiempo, llamaban a los medios para pedir que no mostrasen las fotos de sus hijos activistas estudiantiles porque son menores. Tienen razón, pero "aguante" la incoherencia...

Dejemos de lado el absurdo de llamar rebeldía a lo que se hace con consentimiento paterno

Rebelarse, transgredir las normas, es algo inherente al ser humano y especialmente en estas edades. Rebelarse con el permiso de papá y mamá -y a veces del director del establecimiento- es ser un malcriado.

Dejemos de lado el absurdo de llamar rebeldía a lo que se hace con consentimiento paterno y "aguante" de los adultos en general: otra incongruencia es no ver que el espíritu crítico -otra cosa que la escuela debe enseñar según la vulgata actual- no puede desarrollarse en abstracto. No surge de la ignorancia. El espíritu crítico se logra con el aprendizaje; es una consecuencia de aprender. Nunca al revés. La posibilidad de cuestionar, de criticar, necesita de fundamentos.

"Un fanático es un ignorante lleno de espíritu crítico"

En un reciente debate sobre educación en la televisión española, el experimentado profesor de matemática -autor de varios ensayos sobre el tema-, Ricardo Moreno, decía:  "El espíritu crítico sin conocimiento es charlatanería. Un fanático es un ignorante lleno de espíritu crítico".

Romero estaba respondiendo a una actriz, Eva Hache, cultora de esto de que la escuela no debe "esclavizar", que es a lo que se asocia el estudio y el aprendizaje en nuestros días. Ella decía, muy a tono con los padres de nuestros rebeldes tomadores de colegios: "Queremos que los adultos no sean sumisos, que sean originales, que luchen por sus derechos, en cambio a los niños les estamos enseñando que tienen que hacer lo que les digan… ¿Cómo puedes esperar que luego sean adultos capaces de rebelarse ante una injusticia, capaces de pensar por sí mismos? Estamos creando esclavos".

A lo que Romero respondió: "Nuestro sistema educativo se basa en el engaño, porque nunca habla ni del esfuerzo, ni del trabajo, ni del conocimiento. Lo envuelven en destrezas, espíritu crítico, creatividad; pero (….) no hay obra de arte que no tenga dedicadas muchas horas de estudio y conocimiento y al conocimiento se llega con el esfuerzo".

Cuando se habla de los “derechos de los pibes” no se hace referencia al derecho a educarse, sino a no ser retados, sancionados, evaluados. Por poco al autogobierno

No puede desarrollar esas aptitudes el que no incorpora conocimientos. El niño que no aprende a leer y escribir correctamente, tampoco desarrollará plenamente su famoso espíritu crítico.

Cuando al tope de la agenda se ponen los "derechos de los pibes" no se hace referencia al derecho a educarse, sino a un supuesto derecho de niños y adolescentes de no ser retados, sancionados, exigidos, evaluados, etcétera. Por poco al autogobierno.

Una reforma del secundario es un tema demasiado serio como para cocinarlo entre bambalinas. Es cierto. Pero debe ser debatido por quienes están en condiciones de hacerlo. Por los adultos. Pretender que la reforma del secundario sea fruto de la opinión de adolescentes de 12 a 17 años es un delirio, una defección de los adultos.  

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Se olvida que, por naturaleza, la escuela no es una organización democrática, donde diferentes actores coordinan tareas en un pie de igual. Postularlo así es otro renunciamiento.

Tal vez crean que un Nelson Mandela se formó en una escuela donde le enseñaron rebelión…

Finalmente, quienes argumentan que los maestros deben formar gente que luche por sus derechos, deberían preguntarse cómo es que, de la escuela "tradicional", "jerárquica", "enciclopedista", etc., han salido tantos rebeldes… Tal vez crean que el líder sudafricano Nelson Mandela, el hombre que derrotó un sistema (el apartheid), se educó en una escuela donde le enseñaron rebelión, lucha armada, boicot y vida clandestina, y no en la universidad supremacista blanca donde lo formaron como abogado. A Mandela, tanto en el secundario como en la universidad, le transmitieron valores negativos. Pero también conocimiento científico. Armado con su título, pudo salir a la vida y a la realidad: no le tomó mucho tiempo descubrir las injusticias que antes no sentía. Pero sin esa formación de abogado, lo demás no hubiera tenido lugar.

Sin esa formación, hubiese sido un "fanático" y no el estadista que fue.