Monumento a Colón: respeto a la inmigración y a la memoria histórica

Alejandro Marrocco

Nota escrita con la colaboración de Mario Chiesa

En los últimos tiempos han arreciado los ataques contra la figura de Cristóbal Colón en diferentes lugares del mundo, llamando poderosamente la atención la virulencia de los perpetrados contra sus estatuas y sus monumentos en Estados Unidos hace escasos días.

Los atacantes, congregados en pequeños grupos que expresan una inusitada agresividad, aducen que Colón fue un genocida o un adelantado del genocidio europeo en América, tildándolo con el mote que se ha puesto de moda: "una figura de odio".

Esta visión, evidente parcial y no exenta de posibles explicaciones psicológicas vinculadas con mecanismos de proyección de los agresores, hace caso omiso del contexto histórico en el cual vivió el personaje, que, de todos modos, no fue un conquistador sino meramente un descubridor y de la trascendencia inigualable del "atrevimiento" que marca el hito del fin de la Edad Media.

Es absurdo endilgar a Colón los posibles excesos y aun crímenes que pudieron haberse cometido durante la posterior conquista. Sin dejar de mencionar, además, que dichos conquistadores también trajeron a América grandes adelantos materiales e invalorables legados culturales y espirituales desde sus países de origen.

Tampoco es cierto que, cuando los europeos llegaron a estas tierras, América era el jardín del Edén. Baste recordar los sacrificios humanos que eran práctica habitual en esas épocas en el seno de varios grupos indígenas, llegándose a la brutalidad de arrancar los corazones de prisioneros vivos para ofrecérselos a los dioses, verdad histórica incontrastable plasmada en numerosos documentos y representaciones plásticas.

Volviendo a Colón, el prejuicio con respecto a este personaje ha llegado al colmo de la ignorancia en boca de sus detractores, muchos de los cuales afirman con convencimiento digno del fundamentalismo más irracional y extremo que las palabras "colonia" o "colonizar" derivan de su apellido. Sin embargo, tales vocablos no provienen obviamente de la adaptación al castellano del apellido del descubridor, que, en realidad, era "Colombo" o "Columbus", cuya raíz etimológica se vincula con la palabra "colomba", o sea, "paloma" en castellano. Los vocablos antes mencionados derivan del latín "colonĭa", compuesto de "colōnus", que quiere decir 'labrador'. Este último término se aplicó en sus orígenes a los ciudadanos romanos enviados a los territorios bárbaros ocupados a fin de difundir y afianzar en ellos las costumbres, los modos de trabajo y cultivo de la tierra y la cultura romana. Se lamenta decepcionar a los detractores de Cristóbal Colón, pero cuando este nació, la palabra "colonia" tenía ya casi dos mil años de historia.

Los dislates existentes en relación con Cristóbal Colón no se han limitado a la gente del llano. Estos han sido incluso fervientemente sostenidos por gobernantes autócratas, fanáticos y manipuladores del odio con fines de dominación política, como, por ejemplo, el extinto dictador Hugo Chávez, quien muy probablemente haya determinado a la ex presidente Cristina Kirchner a remover el Monumento a Colón de la plaza de igual nombre adyacente a la Casa Rosada, donde estuvo por casi cien años. Ello hasta que en junio de 2013 empezó a ser desmantelado por orden de la mencionada mandataria, echándose mano a excusas absurdas y no exentas de hipocresía como la supuesta necesidad del desguace con fines de restauración.

Afortunadamente, hay muchos habitantes de nuestro país y del planeta que no se han dejado engañar por tan tendenciosas y malintencionadas interpretaciones de decadente revisionismo. Al día de la fecha, más de 10 mil personas ya han firmado una petición dirigida al Presidente de la Nación y al jefe de gobierno de la Ciudad para que Colón vuelva a su lugar.

Las motivaciones de los firmantes, expresadas en los comentarios que allí pueden leerse, son de las más diversas. Van desde aquellas que se refieren a la preservación del patrimonio artístico y cultural hasta las vinculadas con razones históricas, de respeto a los inmigrantes no sólo italianos y de todas las condiciones sociales que donaron el monumento en ocasión de la celebración del primer centenario de la Revolución de Mayo; o las referidas a la indiscutible verdad de que haber arrancado a Colón de su lugar ha sido un símbolo material, dramáticamente gráfico y obscenamente explícito de la destrucción de los valores republicanos sufrida durante el azote de la autodenominada década ganada.

Mientras tanto y desde hace más de un año, la Corte Suprema de Justicia de la Nación se halla estudiando en profundidad el recurso presentado por varias entidades de la colectividad italiana, algunas de ellas con más de 150 años de vida en nuestro país, que reclaman que el monumento a Colón vuelva a su lugar, es decir, a la plaza Colón o al menos a sus adyacencias, lo cual no es para nada incompatible con el proyecto del Paseo del Bajo, al cual, lejos de obstaculizar, jerarquizaría.

Hacemos votos para que el Máximo Tribunal haga pronta justicia restituyendo el estado de cosas a aquel que nunca debió haber sido alterado. Porque, en verdad, ya ni siquiera tiene importancia alguna la figura histórica de Colón ni las tergiversaciones intencionadas en torno al personaje. Aquí se trata del respeto a la inmigración, al patrimonio cultural y a la memoria histórica, a la afirmación de los valores republicanos y a la definitiva puesta de límites al fanatismo ideológico y la manipulación política.

En suma, lo que se discute es la mismísima esencia de la nación argentina, sin exclusiones, con sus luces y sus sombras, sus miserias y sus noblezas, nada de lo cual ha empañado ni empañará nunca su grandeza.

El autor es abogado, contador público, profesor universitario. Miembro de la agrupación Colón en su Lugar.

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