NA – Télam
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El pasado agoniza y el presente titubea. El cristinismo no termina de morir y el Gobierno no nos logra convencer. Para muchos, entre los que me cuento, la confrontación con el gobierno anterior implicaba una defensa de los valores esenciales de la democracia. Un autoritarismo corrupto asociado a una izquierda degradada y oportunista, una mezcla explosiva capaz de destruir la misma esencia de la sociedad.

Degradaron todo lo que tocaron, desde el peronismo hasta la izquierda, desde los Derechos Humanos hasta la misma Justicia a la que intentaron convertir en legítimamente discrecional. Grotescos, tan agresivos con sus falsos principios que engendraron aquello que decían combatir.

Por su parte, Macri y el PRO son el fruto lógico de una supuesta izquierda dedicada a hacer negocios, duplicar el juego y acomodar parientes. Perdieron en todo el país y no durmieron para festejar un empate de su Jefa Absoluta contra un suplente del oficialismo. Eso sí que es patético, la supuesta campeona mundial enfrenta a un principiante aficionado y festeja al amanecer un empate con fallo dividido. Como decía el tango, "no me has dejado ni el pucho en la oreja de aquel pasado malevo y feroz".

Unos celebraron tarde cerrando una noche de insomnio y otros se apuraron -teniendo demasiado para alegrarse- como si necesitaran que la ambición convierta en escaso lo que es excesivo. De tantos globos a la noche se les pincharon varios a la otra mañana. Cosa de ricos, nada les alcanza. La codicia no tiene límites, hasta en las elecciones lo quieren todo para ellos.

El kirchnerismo agoniza y el macrismo no logra instalarse completamente, pero el pasado mete tanto miedo que le resta importancia a las debilidades del proyecto vigente. El terror a Cristina es el sostén principal del Gobierno. La ex presidente es tan autoritaria que lastima al mismo presente manteniendo la amenaza de su retorno.  Pero necesitamos que se disuelva ese horror para refundar una democracia con alternativas reales, con un debate sobre el tema central: la concentración de la riqueza, esa que los que se fueron imponían en sus amigos y los que llegaron lo hacen con los propios.

Los países hermanos, hace décadas con menor desarrollo que el nuestro, hace tiempo que encontraron su rumbo y nos generan envidia. Uruguay y Chile, Bolivia, Perú, el mismo Paraguay y, más allá de la crisis sigue con sus objetivos claros, Brasil. Cada quien eligió su rumbo, su lugar en el mundo, sus instituciones, sus partidos políticos y la convivencia entre adversarios. Todos y cada uno de ellos puede exponer sus mejoras, nosotros tan solo podríamos mostrar de qué manera alteramos los números para inventar éxitos que son deformación de los termómetros que miden la angustia y el dolor de nuestra atribulada sociedad.

Llevamos décadas empeorando, en todas ellas alguien prometió salvarnos y lo votamos esperando que lo logre. Siempre fracasaron y los humildes pagaron con su hambre y su miseria esos errores. Y muchas fortunas se amasaron en esos años, enormes caudales de dinero en pocas manos, una clase dirigente que se enriqueció del mismo hecho de llevar a la miseria a su sociedad.

Y ahora vamos por otro intento, está bien que elijamos libremente, que demos por terminado lo peor que vivimos, pero el solo huir del mal no nos incorpora al territorio del bien. Seguimos sin proyecto compartido y los tiempos se acortan. Votemos y pensemos. Salgamos del miedo al pasado para tener más de una opción en el presente. Solo así estaremos en territorio de la democracia.