Educación: con la emoción y las fotos no vamos a salir del pantano

Debo decir que me costó bastante reprimir las ganas de postear mis fotos con la señorita Marta Gómez, mi maestra de primero y segundo grado en la escuela Mariano Moreno n°1 de San Justo. Debo decir también que fue una decisión meditada la de no sumarme al torneo de la emoción que por estos días de conflicto educativo se juega en las redes, donde abundan las fotos nostálgicas y la indignación, a uno y otro lado de la fisura ideológica. Al igual que en los medios, abundan, también, las agresiones impetuosas hacia el gobierno presente y hacia el que ya no está, los análisis políticos y policiales (el anochecer violento del último domingo en el Congreso se ganó su espacio a fuerza de gas pimienta y desmesura, hay que admitir), pero en cambio se lee muy poco sobre cómo pensar la educación a futuro, es decir, cómo hacer para salir del pantano en el que se viene ahogando hace rato lo mejor de nuestra historia en materia de formación y educación.

Fui a la escuela primaria pública, también en paralelo fui unos años por la tarde al shule (colegio judío) privado y terminé la secundaria en un colegio privado y evangélico pese a ser judía, durante la dictadura: el rector del Liceo de señoritas público al que asistía era de los que pensaban que "las judías traen el comunismo a la escuela" (la frase es literal, nos la dijeron a mi madre y a mí el día de mi inscripción) y amenazaba con expulsarme: no hubo modo de continuar ahí. Como mi padre y como mi hijo mayor, soy egresada de la universidad pública.

Mis hijos fueron a escuela pública y privada, según el momento, la condición del bolsillo familiar y también la condición de la educación pública. Por estos días veo a personas que con cierto pudor -y como confesando una herejía- cuentan haberse formado en escuelas privadas o, en el colmo de la contradicción, se embanderan entusiastas con consignas a favor de la escuela pública mientras sus hijos, desde siempre, asisten a colegios privados. (Andamos confundidos, como buscando instrucciones de dónde tenemos que ubicarnos en cada tema según lo que pensamos acerca de un todo mayor, en lugar de ir pensando de a una cosa por vez y sin tutores).

En nuestro caso, la experiencia con los más chicos fue de mayor a menor: los últimos años de mi hijo menor en la escuela pública no fueron nada buenos ni en materia de contenidos ni en términos de formación y hasta de afecto, diría (terminó la primaria en 2011). La grieta y la chicana ya se hacían sentir en el patio de la escuela y con chicos de 11 o 12 años. Los efectos de la palabra de los maestros siguen reverberando en los chicos, sería bueno aprender a medir qué se dice por fuera de la currícula: esas palabras pueden pesar tanto o más que la enseñanza formal de contenidos.

Si hago este recuento personal es porque, por experiencia, puedo decir que fui testigo del retroceso educativo en la Argentina. No nos engañemos: todos fuimos viendo cómo el sistema empezó a crujir hasta llegar a lo que es hoy y en todos los escenarios, tanto públicos como privados, salvo muy contadas excepciones. ¿Los maestros deben ganar más? Por supuesto, pero también deben formarse mejor y esa también es una discusión que tiene que estar en la agenda pública y no resultar ofensiva para nadie.

Aunque Argentina llevó al 6% del PBI el presupuesto en educación durante el kirchnerismo, la cifra sola no garantiza una mejora. Hay más docentes y hoy entonces son más los que están mal pagos: eso no parece una solución. Los chicos siguen sin saber matemática y con enormes problemas de comprensión de texto, somos récord en ausentismo docente y ausentismo de alumnos, estamos entre los países con menos horas de clase y entre aquellos países en donde la ecuación entre quienes empiezan a estudiar y quienes terminan es profundamente negativa. El tema no es solo educación pública versus educación privada, el tema es ricos versus pobres: la brecha es cada vez mayor. Tenemos ingreso irrestricto en las universidades (una singularidad en el mundo, más allá de las ideologías) pero cada vez tenemos menos egresados universitarios. Y algo más: no hay pobres en nuestras universidades públicas y con ingreso irrestricto. Y no hay pobres porque no terminan la secundaria y apenas si terminan la primaria.

Todos los países en los que la educación se disparó hacia un futuro venturoso (Finlandia, Corea y Ecuador son buenos ejemplos y siempre los menciona Alieto Guadagni, una de las pocas voces solitarias en el desierto de la discusión pública de este tema) pusieron el foco en la revalorización del rol docente y en su profesionalización y esto se hizo más allá de las diferentes concepciones ideológicas de sus gobiernos. Se trata de un cambio drástico en la estimación de la figura docente; es pasar del "pobre maestro" con el que venimos definiendo hace años a quienes están al frente del aula al "Maestro", como la figura social más respetada porque es el que más sabe y, a la docencia, como una de las carreras más apetecidas por los estudiantes, precisamente porque no cualquiera puede llegar a ese lugar.

En este festival de emociones a corazón abierto, empecemos por mirar la foto completa y no solo las nostálgicas fotos blanco y negro de nuestra infancia. La decadencia empezó hace rato tanto en los sueldos, como en la infraestructura y la formación de los maestros. Tengo una hermana docente que enseñaba en la Patagonia y estuvo en la Carpa Blanca de los 90 y tengo amigos docentes en todos los niveles educativos, desde jardín de infantes hasta posgrados. Si respeto tanto ese oficio es porque la gran diferencia con otras profesiones es que ahí está la base para que cualquier país salga adelante. Pero eso requiere fondos y políticas públicas a largo plazo y exige una toma de conciencia ciudadana sobre el momento desolador que estamos viviendo: la educación debe ser tema de la agenda pública no sólo porque los maestros están mal pagos (lo cual no es una novedad) sino porque los chicos argentinos cada vez aprenden menos y peor (lo cual, desafortunadamente, va dejando de ser novedad para pasar a ser un estado crónico). Hay una palabra clave, que en cierto momento de nuestra historia fue una suerte de obsesión y que en la Argentina hace rato que no aparece en ningún relato: desarrollo.

Torcer el destino de decadencia de la educación en la Argentina requiere, por supuesto, voluntad política: ni graciosas concesiones con apetito electoral ni ninguneo. Dudo que haya alguien que no aspire a que regrese la calidad educativa a la escuela pública argentina. Para eso, lo primero que se necesita es diseñar un modelo de educación con el foco puesto en el futuro. En paralelo, y mientras se consolida una nueva mirada hacia el oficio que les garantice llegar al título de docente a los mejores, es indispensable que los maestros dejen de ser asistentes sociales y las escuelas comedores populares para poder cumplir con su función elemental: enseñar.

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