El mismo 19 de enero de 2015, cuando fue hallado el cuerpo sin vida de mi colega Alberto Nisman, víctima de un homicidio incalificable, escribí en este mismo medio una breve columna en la que plasmé la idea de que su denuncia no debía morir con él.

Hoy, dos años después, sigo pensando lo mismo. Hemos logrado que esa denuncia se abriera. Bastó que el expediente llegara a un tribunal independiente para que eso sucediera.

Jueces y fiscales de la organización mal llamada Justicia Legítima, segunda marca del kirchnerismo, hizo lo indecible por evitar que la ex Presidente y el ex canciller resultaran imputados.

Era esperable que no lo lograran. No se puede tapar el Sol con la mano. No se puede engañar a todos todo el tiempo.

En este nuevo escenario, y más allá de la investigación de la muerte de Nisman, se ha cumplido con la misión que él iniciara al formular la denuncia que le costara la muerte. La Justicia investigará por fin las nefastas razones por las cuales el Gobierno anterior suscribió el vergonzante pacto de entendimiento con Irán. Nisman no ha muerto en vano. Podemos todavía rescatar la república y la independencia de poderes. Las nuevas generaciones observan con atención qué país vamos a entregarles en pocos años más.

El autor es Fiscal  de la Cámara Criminal