Hoy me ronda la desagradable sensación de que esta historia ya la vivimos y no precisamente como déjà vu. Porque esto que estamos contemplando a través de las noticias ya sucedió antes, y con el suficiente tiempo de tomar las previsiones para que no volviera a repetirse. Sin embargo, se repitió. Dicen que no es déjà vu aquello que sucede verdaderamente. Ojalá sí lo fuera. Porque de ser así, las muertes en Arroyo Seco serían sólo fruto de nuestra fantasía.

La historia tiende a repetirse, primero, como tragedia y luego, como farsa. Quizás sea necesario agregar que en la farsa también reside la posibilidad de repetir una nueva tragedia y de reiterar un ciclo inquebrantable. Porque la farsa es un montaje teatral ideado para el engaño, no para iluminar respuestas ni soluciones. La farsa se autoabastece permanentemente de su propio engaño. Porque si esto no fuera una farsa, y si desde el Estado se hubieran delineado protocolos, programas y líneas de acción para manejar el fenómeno del consumo de drogas sintéticas en eventos masivos, Arroyo Seco no existiría como nueva tragedia.

Volvemos a repetir el ciclo carnavalesco del eterno retorno en el tiempo. Volvemos a debatir si el problema es la sustancia, el individuo, los contextos, la música, el agua. Volvemos a escuchar los mismos cantos de sirenas que reclaman la aceptación de la derrota, la inevitable capitulación ante la legalización de las drogas, y la implementación de políticas de reducción de daños. Volvemos a caer en el tenebroso "dejar hacer, dejar pasar", que critica cualquier tipo de intento de control o de prohibición, que difumina la obligación del Estado por tutelar la salud y la seguridad pública, y que alienta la absoluta libertad del individuo de hacer con su cuerpo lo que mejor le plazca. ¿Es el triunfo de la teoría freudiana acerca de que la única forma de lidiar con el dolor de existir es a través de la intoxicación, de la evasión, del placer artificial que proporcionan las drogas?

También volvemos a preguntarnos qué medidas se han adoptado en estos meses para minimizar el riesgo del tiempo cíclico. La respuesta se desprende, tácita, de lo sucedido en Punta Stage. Entonces, ¿qué reproche les cabe a los funcionarios municipales, provinciales y nacionales partícipes de la farsa? En su reciente libro Las 4 Argentinas y la grieta social, Daniel Arroyo introduce el concepto de la ética pública ampliada, idea que no sólo se define en términos de transparencia o de salubridad institucional, sino que tiene que ver con lo que comúnmente se conoce como accountability: el hacerse responsable, el rendir cuentas, el gestionar con valor social agregado. Entre Time Warp y Punta Stage hay que contabilizar ocho meses de inacción y desinterés, sin consecuencias, responsabilidades ni rendición de cuentas por parte de nadie.

Más señales de la farsa: el último informe entre estudiantes de enseñanza media, elaborado por el Observatorio Argentino de Drogas, daba cuenta de la magnitud del consumo de éxtasis entre jóvenes de 14 a 17 años durante el período 2001-2011. En diez años, la prevalencia de vida pasó del 0,2% al 2,1%, un aumento de casi mil por ciento. Hace años que el fenómeno es diagnosticado, estudiado, evaluado y vuelto a relevar. Pero el dato no cambia el hecho de que los jóvenes se están muriendo por consumir sustancias psicoactivas. Demasiadas alertas como para que en estos últimos años no se haya hecho nada en materia de prevención temprana. Demasiada farsa como para no pensar que hace diez años, Giuliana Maldován, la joven que murió tras sufrir una "hemorragia irreversible", tenía justamente 10 años. Entre la herencia y la pasmosa ineficiencia actual, una década malgastada.

El problema es esa ausencia de ética ampliada en el ejercicio de funciones públicas que tienen que ver con lo social, como diría Arroyo. Porque el problema es que las políticas públicas sobre drogas en Argentina tienden a replicar el montaje escénico de la comedia, con organismos que reaccionan a destiempo, con funcionarios desapasionados que se esconden detrás de caretas en lugar de dar la cara.

La sociedad en general también sabe utilizar ciertas máscaras, al igual que en las tragedias teatrales, para denotar tristeza, fastidio, resignación y luego indiferencia. Así de efímera es la importancia que se le da al tema. La ruleta rusa es siniestra. Será que los jóvenes que mueren siempre son los hijos de los otros. Será que el brillo periodístico de la noticia es sumamente fugaz.

A casi un año de la tragedia, volvemos a las sirenas de Time Warp. La tragedia y la farsa que se retroalimentan permanentemente. El tiempo circular. Las caretas de un Estado ausente. Las máscaras de una sociedad apática. Y el extraño déjà vu de volver a redactar estas líneas de reflexión.