Toda la ciudad y parte del Conurbano se han convertido en un caos en estos últimos días. Más allá del trajín habitual que traen estas fechas, ha habido cortes de calles reiterados y en las horas más críticas del día. La protesta social nuevamente se adueña de la ciudad y todos nos volvemos a convertir en abnegadas víctimas. Vuelve a surgir entonces la pregunta de siempre: ¿podemos detener la protesta social?

Aquí no se trata de conculcar derechos, sino de garantizarlos. Los unos tienen derecho a protestar, los otros, a circular. Lo absurdo es que en nuestro país estos derechos hoy se encuentran contrapuestos, como si el uno fuera la negación del otro. No sucede en otros países. Los argentinos deberíamos poder protestar y también circular, porque lo uno no quita lo otro.

Sin embargo, hoy la protesta social se materializa en los cortes, porque no se concibe otra forma o se considera que las otras formas son obsoletas. Cierto sentido tiene eso, porque la indiferencia de las personas se termina cuando las cosas afectan su propia vida. La lógica es sencilla. Suceden cosas que afectan a un grupo de personas, pero el resto siente la mayor de las indiferencias por eso. Entonces el grupo afectado, para sacar a la sociedad de la apatía en la que vive, decide afectarla con una acción que nada tiene que ver con el genuino reclamo. De esa forma, los indiferentes que no se ven afectados por nada ahora sufren también a la par del grupo. Por lo tanto, cuando se solucionen los problemas del grupo afectado, entonces dejará de verse perjudicada la sociedad. Es el juego del secuestrador: seremos rehenes de la protesta social hasta que como sociedad solucionemos los problemas que aquejan a todos. De lo contrario, todo seguiría igual, porque nuestras vidas siguen igual.

La protesta social hace que los invisibles se tornen visibles, lleva la marginalidad al corazón del statu quo y genera un sacudón para que la sociedad sepa que aquellos a quienes quiere ocultar siguen allí: a los otros, los distintos, los que no son lo que somos. La clase media argentina se siente demasiado orgullosa de no ser como los otros. Pero la rutina borra la pasión y eso pasó también con los cortes.

El reclamo no es justo porque sea reclamo y lo que sucede con la protesta social es que se está exigiendo lo que no queda claro si es exigible o no. Tal vez es la Justicia la que tiene que oír los reclamos, pero cuando un proceso judicial demora más de tres años, entonces las cosas hay que hacerlas de otra forma y para aquellos que no entienden demasiado bien lo que es la ley, ni la Justicia, ni la formalidad, todo vale. Contra los que creen que estas cosas están siempre armadas, hay que aclarar que se pueden armar porque hay una realidad que lo permite: si esa persona tuviera un trabajo, no podría estar en la protesta.

Los más fervorosos dirían que hay que enviar a las fuerzas de seguridad a despejar las calles. Un ministro de Seguridad que no debería estar en ese lugar redactaría un protocolo que luego no puede hacer cumplir y se ufanaría de ello. La confrontación no sólo genera un conflicto, sino que destruye nuestra sociedad, genera una brecha aún mayor entre los unos y los otros. Los más ingenuos dirían que no hay que hacer nada y entonces tenemos la sensación de anarquía en que vivimos hoy, que no sólo afecta nuestra vida cotidiana, sino que además deteriora el Estado de derecho y mina la credibilidad de nuestro país.

La solución es compleja y puede tomarnos más de una década revertir esta situación. El primer paso es, desde la informalidad, negociar pautas para el desarrollo de la protesta. Negociar con quienes están organizándola para que, por ejemplo, los cortes no sean totales, sino que permitan la circulación del transporte público. Luego, se puede avanzar para que los cortes se den sólo en avenidas y no en calles. Lo que se busca con esto es generar una nueva cultura de protesta en la que hay cierto orden y no se afecta de manera tan brutal la vida de todos los ciudadanos. La negociación puede implicar darle infraestructura a la protesta para que tenga un impacto más importante, pero que, a su vez, no ataque los derechos de otros. Sólo los grupos más radicales no lo aceptarían y en ese caso hay que asumir el costo político de confrontar. Se trata de ir poniendo reglas y que las personas se acostumbren a su existencia, que las vayan asumiendo como algo obvio. Cuando se asienta un avance, se continúa con otro. No es imposible, hoy en todas las protestas se permite el paso de vehículos de emergencia, ¿acaso no es esta una regla? Contrario a lo que se cree, quienes protagonizan las manifestaciones también entienden de reglas y de consecuencias.

Este primer paso para construir una nueva cultura de la protesta puede tomar años en ser implementado; requiere de cierta pericia y habilidades con la que hoy no cuentan ni el Ministerio ni las fuerzas de seguridad. Porque estas negociaciones son delicadas y sólo puede encararlas alguien que entienda la situación de los que protestan. Los avances posteriores irán transformando la dinámica de las manifestaciones para que tengan un alto impacto, pero sin perjudicar al conjunto de la sociedad.

Pero estas soluciones requieren paciencia y acción. El problema es que, en política, el que no hace nada sigue su rumbo, pero el que hace corre riesgos. A menos que se tenga la voluntad de transformar el país más allá de las propias ambiciones, nunca se puede estar dispuesto a asumir riesgos políticos y la posibilidad del fracaso: sólo la grandeza hace que los gobernantes piensen en el juicio de la historia y dejen de lado su mezquindad.