La disponibilidad de marihuana es un factor de riesgo

Desde hace años venimos alertando sobre la baja percepción de riesgo y la creciente tolerancia social que existe en torno al uso de marihuana, especialmente entre jóvenes

Días atrás, la subsecretaria de Prevención de Adicciones y Control de Drogas de la provincia de Misiones lanzó un alerta: "Debemos aceptar que el consumo de marihuana, del porro, está prácticamente igualando al del tabaco". ¿Debemos asombrarnos? En absoluto. Aunque desde lo estrictamente estadístico la afirmación de la funcionaria provincial no se ajusta a las cifras del último estudio entre estudiantes de enseñanza media publicado en 2014 por el Observatorio Argentino de Drogas.

En Misiones, el 13,3% de los jóvenes dijo haber fumado tabaco alguna vez en el último año, mientras que un 4,7% manifestó haber consumido marihuana alguna vez en ese período. Ambas cifras están unos nueve puntos por debajo de la media nacional, que es de 22,5% y 11,8%, respectivamente. ¿Entonces es incorrecto decir que ambos consumos se han equiparado? No, en absoluto.

Porque, por un lado, es necesario aclarar que la población encuestada está escolarizada. El escenario seguramente es mucho más complejo en los sectores de mayor vulnerabilidad, o incluso incorporando población adulta. Por otra parte, no se puede relativizar la experiencia de campo de los profesionales que intervienen en el abordaje de esta problemática. Si ellos perciben esta tendencia, así debe ser. Y finalmente, aunque no es extrapolable, la atinada advertencia social lanzada por la funcionaria misionera aplica de manera perfecta a la realidad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Allí, de acuerdo con la última medición del Observatorio de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogradicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), la prevalencia año de consumo de marihuana entre estudiantes es del 17,6%, contra un 21,7% de tabaco. Si se toma sólo hombres, el margen de achica aún más.

Creo que es cuestión de tiempo para que las curvas de prevalencia de ambas sustancias se toquen. Porque desde hace años venimos alertando sobre la baja percepción de riesgo y la creciente tolerancia social que existe en torno al uso de marihuana, especialmente entre jóvenes. En contrapartida, frente a una política tanto activa como restrictiva a nivel mundial con respecto al consumo de tabaco, los índices han comenzado a bajar de forma significativa. Así, hoy nos encontramos con que seis de cada diez estudiantes dicen no haber fumado jamás tabaco (algo que sucede, de forma inversa, con el alcohol).

Sobre el tabaco, la percepción de riesgo es una variable más que fundamental para dar una explicación a esta tendencia. Existe fuerte conciencia social sobre el daño que produce el cigarrillo en la salud del fumador y de su entorno. Otro factor son las modas: lo que antes era un signo de rebeldía, de provocación, de ruptura de normas y de validación dentro de un determinado grupo de pares, ahora ya no lo es. Las restricciones publicitarias, los mayores gravámenes que impactan en el precio final y un mayor control en la venta a menores, redondean por qué cada vez se fuma menos tabaco.

Lamentablemente, no sucede lo mismo con la marihuana. Desde el 2001, el aumento ha sido constante. Durante varios años, la explicación al fenómeno mantuvo muchas similitudes con lo que sucede con el tabaco. La tolerancia social sigue muy alta, producto del fuerte posicionamiento mediático que banaliza su uso y promueve la despenalización. También se construyó un imaginario social en torno a la inocuidad de la marihuana en comparación con el cigarrillo.

Pero las últimas dos mediciones del Observatorio (2011, 2014) demuestran que la percepción de daño, asumida como un factor de protección o de riesgo, según los extremos de la variable, no es la principal barrera subjetiva al uso de esta sustancia. En 2011, se produjo un quiebre en la caída sostenida en la percepción de riesgo, indicio que se mantuvo en 2014. Es decir, los jóvenes han comenzado a tomar conciencia del potencial daño aparejado al consumo de marihuana (al igual que sucede con el tabaco), con índices similares a la percepción del 2005.

Ahora bien, si la demanda sufrió variaciones en las motivaciones subjetivas que la condicionan y así y todo el consumo no se ve afectado, es tiempo de poner el ojo sobre la oferta de esta droga. El dato de que las incautaciones de marihuana crecen año tras año y que este tráfico abastece en mayor medida el mercado interno es una primera aproximación al fenómeno. Por ejemplo, en 2015, se decomisaron 150 toneladas de cannabis, 30 toneladas más que durante el 2014. El 2016 será un año récord.

La otra explicación tiene que ver con la difusa (y hasta a veces errónea) aplicación de la ley 23737 desde el fallo Arriola (2009), la indefinición jurídica acerca de qué cantidad representa inequívocamente tenencia para consumo, la proliferación del narcomenudeo y una elevada percepción de disponibilidad de marihuana por parte de los jóvenes, circunstancia que constituye un factor de riesgo y una prueba de por qué el consumo sigue creciendo.

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