Luego de un accidentado periplo debido a la posibilidad de que se incautara (tal como sucedió con nuestra fragata Sarmiento en Ghana, por una acción de los fondos buitre) la obra de Kazimir Malevich en la Argentina, finalmente se inauguró una muestra fundamental para la reflexión sobre los alcances del arte —y también su relación con la política, es decir, con la revolución social. Ya no hay peligro de embargo, sin embargo —y valga la cacofonía—, quedan todos los otros peligros de pensar al arte como un hecho vital de alcances existenciales y sociales potentes.

La irrupción de la vanguardia artística quedará en la historia no sólo del arte, sino de las sociedades, como un gran momento de intensidad cultural y política. El derrotero de estos artistas que conmovieron la segunda década del siglo XX estaba marcado por dos mandamientos fundamentales: el "Hay que cambiar la vida", de Arthur Rimbaud y el "Es necesario transformar la sociedad", de Karl Marx. La posibilidad de la revolución latía en el espectro social y también en el artístico. La vanguardia artística quiso conjugar las dos esferas.

Kazimir Malevich fue uno de los artistas fundantes de la era contemporánea respecto al arte. Su obra intentó llegar al grado cero del lenguaje artístico como una forma de llevar adelante un proyecto desacralizador de todas las cuestiones de la vida y la sociedad: para construir un mundo nuevo había que deconstruirlo para comprender el método de sus cimientos. Fundó el suprematismo, cuyo objetivo era plasmar la obra despojándola de la representación y buscando, en cambio, el uso de la geometría como base para el desarrollo plástico. En 1915, expuso su obra Cuadrado negro sobre cuadrado blanco, que cambiará la concepción del arte hasta nuestros días.

Malevich desarrolló su accionar artístico en medio de un mundo convulsionado y cambiante día a día. En 1915, presentó su cuadro fundacional, pero es necesario recordar que era un tiempo atravesado por una guerra en la que participaban las principales naciones del mundo, incluida su propia Rusia. En los países centrales europeos se desarrollaba el movimiento Dadá —en Suiza y Francia—, que proclamaba el reino de la revulsión social y cultural: había que transformarlo todo. Luego, obtendría otras formas a través del surrealismo. Mientras tanto, los poderosos partidos socialdemócratas del continente se sumergían en el chauvinismo y se ponían del lado de sus naciones en la conflagración que asesinaba a trabajadores sin importar fronteras. Las mejores mentes del campo artístico y político se plantaron en el repudio hacia la guerra mundial: confluyeron los revolucionarios socialistas y la vanguardia artística, entonces (Sin embargo, debemos anotar que los futuristas italianos se embarcaron en la guerra y que muchos artistas perecieron peleando por su patria, en una línea de coherencia con su exaltación de la guerra como método para destruir todo para fundar un mundo nuevo. Luego, su movimiento decayó). Malevich, en 1914, realizó acciones artísticas antibelicistas.

Malevich escribió junto a Vladimir Mayakovsky y Velimir Jlébnikov (que luego fundaría la poesía sonora, que intentaría romper el signo basándose en el mínimo fonema) el manifiesto "Una bofetada al gusto público". Se trataba de avanzar contra la corriente. Antes, Malevich había sido parte de la construcción de la primera ópera futurista, Victoria sobre el sol, que plantea en su mismo nombre un programa político abarcador: había que vencerlo todo, incluso a la naturaleza. Si la clase obrera se encontraba en esos momentos desarrollando su perspectiva política de gobierno, los artistas no quedaban rezagados en la misión de cambiarlo todo.

Fue una relación productiva y conflictiva a la vez. En febrero de 1917, en Rusia, una revolución derrocó al zar Nicolás II. En octubre de ese mismo año, se instaló la república de los soviets de obreros, soldados y campesinos y, por primera vez en la historia mundial, un Estado fue dirigido por los representantes de la clase proletaria. Los miembros de la vanguardia artística rusa (un fenómeno particular que confluía con lo más desarrollado de las naciones centrales en un país atrasado y analfabeto como Rusia, en una demostración cabal de la teoría del desarrollo desigual y combinado que proponía León Trotsky) se plegaron a la tarea de la construcción de la nueva sociedad.

Quizás con demasiado ímpetu, ya que los vanguardistas querían destruirlo todo para comenzar de cero, mientras los bolcheviques en el poder querían rescatar lo mejor de la herencia del arte burgués para imprimirlo al espíritu de los nuevos tiempos. Tal fue la discusión que se llevó adelante entre Trotsky y los representantes del Proletkult, con Bogdánov a la cabeza, que señalaban la hora de un arte proletario, mientras el dirigente de la revolución indicaba la imposibilidad lógica de un arte de esa naturaleza social que desconociera los aportes del pasado. En ese clima de debate intelectual, y mientras se desarrollaba una guerra civil y el Ejército Rojo hacía frente a catorce ejércitos extranjeros, se produjo la mayor energía del pensamiento, con su consecuencia artística.

Todo quedó sepultado con el termidor estalinista, que impuso un arte estatal celebratorio de un supuesto comunismo, al que, falsamente, habría llegado la sociedad soviética.

Kazimir Malevich resistió. Fue arrestado alguna vez por sus posiciones, sin embargo, nunca perdió una oficina en el Museo de Arte de Moscú, en la que pudo seguir desarrollando su arte experimental. Murió el 15 de mayo de 1935, un año antes de las purgas de los juicios de Moscú, que terminaron con el fusilamiento de miles de revolucionarios en el cénit del ascenso de la burocracia estalinista, enterradora del proceso iniciado en octubre de 1917.

A partir del domingo se podrá apreciar la muestra retrospectiva de Kazimir Malevich en las instalaciones de la Fundación Proa, en La Boca. Es una gran oportunidad para volver a debatir las relaciones entre arte y revolución.

@zonarojas

El autor es periodista, publicó los libros "¿Quién mató a Mariano Ferreyra?", "Argentuits, pasiones políticas en 140 caracteres" y "El kirchnerismo feudal. La verdadera cara de Cristina en las provincias".