Macri y la "Guerra Sucia": palabras incómodas para tiempos insinceros

Por Fernando Morales

Creo no equivocarme, querido amigo lector, si sostengo con vehemencia que el presidente Mauricio Macri no ha de quedar en la historia ni por sus dotes como bailarín ni por su capacidad oratoria. Lo primero no hace mella en el éxito o el fracaso de su gestión, pero lo segundo a veces le puede complicar un poco la vida.

Las frases vertidas por el mandatario en su reciente entrevista a BuzzFeed en relación con la "guerra sucia" y la cantidad de desaparecidos irritó a los sectores más opositores a su gestión y puso a los más afines a Cambiemos a tratar de explicar lo que en realidad quiso decir.

Aquel día en que, con tres o cuatro años, mi vieja me alzó en un brazo y con mi hermana en su otra mano apresuró la huida de nuestra casa porque los azules iban a bombardear el tanque que la empresa Gas del Estado tenía a pocas cuadras de mi casa y que había sido copado por los colorados, no me lo voy a olvidar jamás. La cosa no pasó a mayores, pero fue el primer enfrentamiento entre dos facciones de argentinos que viví en mi vida y del que no me he olvidar. Ambos bandos pertenecientes al Ejército Argentino firmaron luego la paz, pero eso no fue una guerra, según lo explicaron cuando se amigaron.

Antes de que me pudiera dar cuenta, llegó la preadolescencia, la adolescencia, los años de secundario y los de desarrollo de la vida social con amigos y compañeros, ya fuera de la mano de padres o madres. Eran los setenta, eran esos años.

Eran los años de Héctor Cámpora en persona, de Raúl Alberto Lastiri y José López Rega, de Domingo Perón y de Isabel. También de José Ignacio Rucci cosido a balazos, del teniente coronel Larrabure muerto en condiciones infrahumanas, del capitán Humberto Viola salvajemente asesinado; de Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera, que venían de ser un general y un almirante de la "democracia" peronista. De los vuelos de la muerte y también de los cabos y los agentes de la federal usados como blanco de tiro de los jóvenes que se pasaban de "idealistas".

Eran los años de mujeres que daban a luz en prisión y les robaban a sus hijos, y de hijas como las del almirante Armando Lambruschini, que murieron sin que nadie supiera por qué; de la misma forma en que morían ejecutivos de empresas que no portaban armas e incluso ni eran argentinos.

Tiempos en los que un Falcon verde con cuatro señores vestidos de civil podía indicar la presencia de "los milicos", pero también tiempos en los que cualquier otra marca de vehículo con dos personas o más a bordo podría significar la entrada en acción de un "comando del ejército revolucionario del pueblo".

Años locos de los generales Ramón Camps y Luciano Menéndez, pero también de la comandante Teresa y del oficial montonero Firmenich. Vuelos de la muerte repudiables, pero partes de guerra como el que le muestro en esta columna para que no lo olvidemos.

Cuarenta años después, los argentinos seguimos enfrascados discutiendo más la semántica de lo ocurrido que las razones por las que nos pasó lo que nos pasó. Podemos pararnos frente a cualquier auditorio y negar hasta la existencia de Dios. Podemos optar por cambiarnos desde el color de ojos, de pelo y hasta el sexo y en general será tolerado por la sociedad, en virtud de la sacrosanta libertad de opinión, de expresión, de género y algunas otras muy bien ganadas gestas libertarias. Pero tenemos un severo problema (sobre todo, los que vivimos aquellos años) a la hora de querer hablar el tema con una mínima racionalidad.

Es la lengua española una de las más ricas en expresiones idiomáticas; siempre hay un sinónimo a mano para evitar redundar en el uso de las palabras cuando redactamos, por ejemplo, una columna como esta. Pero en este particular tema la cosa se complica. Hablar de guerra sucia está comprobado que no se puede. ¿Podemos probar con conflicto armado? ¿Guerra revolucionaria? ¿Guerrilla y exceso en la represión? ¿Enfrentamiento entre las fuerzas del orden y los grupos insurgentes? ¡No, no y no!

¿Si quisiéramos saber en forma más o menos exacta cuántos muertos causó esto que no sabemos cómo nombrar pero que hacía que unos señores vestidos de verde a veces se enfrentaran a tiros con otros señores que también usaban muchas veces uniforme de combate y se ponían grados y sacaban partes de guerra y "ajusticiaban" ciudadanos luego de "juicios revolucionarios", podríamos preguntar? ¡No, no y no!

Está decretado: Son 30 mil y —parafraseando a Máximo— sanseacabó. Y no es que se pretenda buscar, en la reducción de la cifra, si es que esta fuere menor, una dispensa o una reducción a la gravedad del hecho, pero si seguimos reclamando el esclarecimiento de un número indeterminado de crímenes, sepamos de antemano que jamás lo lograremos si no sabemos cuántos son.

El principal asesino serial de Argentina (Robledo Puch) es tal vez el único detenido que realmente cumplirá prisión hasta el último día de su vida. Hechos aberrantes fueron los que cometió, entre ellos, once homicidios. No cuatro, pero tampoco sesenta. Ricardo Barreda mató a su familia, no sólo a su esposa, pero tampoco a todo el barrio. Otros mataron a sus padres, todo aberrante y deleznable, pero acotado a lo estrictamente imputable a cada uno en cada caso.

Indignada se muestra buena parte de la sociedad por haber osado el Presidente ponerle un nombre a lo que nadie quiere nombrar y por decir que no conoce una cifra que nadie parece conocer, pero que estamos obligados, por usos y costumbres, a mantener como inamovible.

¿Podríamos sostener que por acción de los jóvenes y no tan jóvenes que tomaron la metralla, pusieron bombas y varios otros actos de justicia popular, murieron 35 mil personas? Seguramente, no. ¿Cuántos serán? ¿Le importa a alguien cuántos murieron de ese "otro lado" para el cual el idioma castellano no tiene definición? ¿Qué pañuelo ponemos sobre la cabeza de la madre del capitán Viola? ¿Qué leyenda sobre la frente del hijo del coronel Larrabure? ¿Qué venda sobre los ojos de la familia Lambruschini o sobre Claudia Rucci?

Tan dignos aquellos de compasión como lo son las señoras Donda, Hebe Pastor y Estela Carlotto. ¿Quién marcha por ellos? ¿Qué organismo oficial se ocupa de su padecer? ¿Quién les explica por qué, si no hubo algo que habrá que definir de alguna forma, murieron como murieron?

Tiempos complicados los de aquella adolescencia, tiempos raros en los que, a pesar de todo, nuestros viejos salían a sentarse en la vereda mientras andábamos en bici, tal vez porque la violencia era política y no social (no tengo la respuesta). Pero, sin lugar a dudas, tiempos a los que jamás deberemos regresar a fuerza de sincerarnos con nosotros mismos y con las nuevas generaciones, a las que necesariamente habrá que contarles todo lo que pasó, por mucho que le moleste a un grupo de señoras que no quiere recordar y a un grupo de jóvenes que no quiere aprender.

El autor es Capitán de Fragata (RN), maquinista naval superior (veterano de guerra de Malvinas), licenciado en Administración Naviera.