La cifra es contundente: un argentino cada tres es pobre. Ser pobre implica muchas cosas: cargar una condición denigrante, tener carencias de todo tipo, ser abandonado por el Estado y la sociedad, no tener alimentos, no tener agua ni cloacas. No disponer de dinero para consumir lo elemental. En síntesis: no tener ni presente ni futuro, ser un ciudadano, si lo es, de tercera.

La reciente investigación a cargo del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, que conduce el sociólogo Agustín Salvia desde hace muchos años, concluye que la pobreza, que oscilaba en el 27% de la población a lo largo de los últimos años del cristinismo, se ha elevado. Se puede afirmar que aproximadamente cuatro millones y medio de personas viven en hogares donde hay riesgo de pasar hambre. Agrega que casi la mitad de los hogares del país (el 48 por ciento del total) vio atacados sus derechos básicos a la alimentación, a la salud, a la vivienda, a la educación, al empleo y a la seguridad social.

Salvia consideró, según las investigaciones, que el 43% de la fuerza de trabajo disponible urbana tuvo un empleo decente y que el 9,4% se encuentra desocupada. Siguiendo al Observatorio de la UCA, en la estructura de la fuerza de trabajo disponible urbana, el 54% del total pertenece al sector microinformal, el 31,1%, al sector privado formal y el 15%, al empleo público.

Queda claro que la problemática se ha agravado y nos incumbe a todos. La herencia recibida fue dramática, pero las medidas adoptadas por el PRO ampliaron las dificultades. En esta fotografía, el Observatorio no quita ni pone; sus acotaciones son críticas y si el Gobierno las olvida, el problema se multiplica.

Traduciendo las cifras a la vida cotidiana y a la comparación con respecto al pasado y a otros países puede decirse lo siguiente:

2. La Desigualdad, escrita con mayúscula, se incorporó a la vida cotidiana en la Argentina; forma parte del palpitar social. Si sólo el 43% de la población tuvo un empleo decente, con un 54% de insertos en el trabajo pero en condiciones informales (trabajan en negro, no tienen protección social de ninguna naturaleza), todos son responsables. Si se señala críticamente a los empresarios, dirán que si pagan en blanco, más los impuestos, se verían obligados a cerrar sus instalaciones. Si se responsabiliza al Estado, se argumentará que se no se pensó en la alternativa más feliz: la desigualdad y el empleo partido por la mitad sólo se solucionan con más trabajo. Para que se llegue a esa meta hay que crear condiciones para grandes inversiones, que levanten fábricas o empresas de todo tipo. Instalar será invertir en un mercado con demanda sostenida.

Por último, habrá que cambiar la estructura impositiva. Tal como rige la actual todo se distorsiona. Es increíble el impuesto al trabajo, el impuesto al cheque, la altura del IVA y otras resoluciones tributarias irrisorias e inadecuadas. El blanqueo propuesto, en estos momentos en buenas manos técnicas, podrá servir para evitar adquirir préstamos externos y así mantener equilibrado al Estado. Pero en los hechos no va al fondo de la cuestión. Que consiste en blanquear todo, incluyendo, por supuesto, al mercado de trabajo informal o en negro.

 

@dmuchnik

 

El autor es periodista, escritor y licenciado en Historia.