El tarifazo y las mentiras de campaña

Por Walter Schmidt

Votar es el acto democrático a partir del cual se elige un Presidente y se legitima a un gobierno a través de la voluntad popular, el voto de una mayoría.

Pero, ¿qué votamos?¿Y a quién?¿Votamos sobre una realidad ficticia producto de las muchas mentiras que se construyen en una campaña electoral? Y si es así, ¿de qué sirve votar?

"Venimos de una mentira e iniciamos otra mentira", podría ser el disparador de esta nota, cuyo único objetivo es dejar en evidencia una ínfima parte de las mentiras que utilizan los políticos para llegar, mantenerse y a la hora de irse de la cima del poder.

¿La sociedad en general sabía cuán corrupto era el kirchnerismo y los problemas económicos que ocultaba bajo la alfombra por la pésima gestión económica?¿Por qué si Mauricio Macri pregonó decir la verdad y ser sincero, él y su equipo nunca dijeron en campaña que iban a devaluar y a aplicar un tarifazo que todos los políticos consideraban inevitable de antemano?

Macri, Daniel Scioli, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, Nicolás del Caño -todos candidatos presidenciales- sabían que el próximo gobierno que sucediera a Cristina Fernández debería enfrentar una "bomba de tiempo" que era el congelamiento de muchos años de las tarifas de servicios públicos, la fiesta de los subsidios energéticos y la falta de nuevas fuentes de energía (petróleo, gas), la deuda con los holdouts, la falta de estadísticas, la inseguridad, la precarización del empleo, una provincia de Buenos Aires todavía sin cloacas ni acceso del agua potable para todos, un nivel preocupante del narcotráfico, una deserción escolar importante, etc.

De mínima,  todos sabían que un "ajuste" sería inevitable. ¿Por qué no lo dijeron o lo plantearon crudamente?

La campaña electoral se transformó en un debate ideológico versus una propuesta marketinera, pero ninguno describía la dura realidad que convertiría al 2016 en una año durísimo para el bolsillo y las expectativas de los argentinos.

Una de las frases tristemente célebres, casi un sincericidio que se le atribuye a Carlos Menem en los '90, es haber admitido: "Si hubiera dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie".

A pocos meses de asumir la Presidencia, el 1 de marzo de 2016 en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional, Macri ensayó la misma lógica: "Si yo les decía a ustedes hace un año lo que iba a hacer y todo esto que está sucediendo, seguramente iban a votar mayoritariamente por encerrarme en el manicomio".

Días atrás, ante la consulta sobre el rol del peronismo opositor, del sindicalismo, el tarifazo y sobre todo de la compleja situación económica que aún no mejora en el esperado segundo semestre, un importante funcionario de la Casa Rosada confesaba: "el mejor objetivo para este año era evitar una crisis".

Está mas que claro. Los problemas del narcotráfico, la educación, la inseguridad, la transparencia, el acceso y funcionamiento de la Justicia, la protesta social y los cortes de calle, la deserción escolar, la juventud, parecen haber quedado para abordarse a partir del 2017, siempre y cuando Cambiemos triunfe y mejore su presencia en el Congreso Nacional, para ya no depender tanto de los "favores" de los bloques peronistas.

El 25 octubre de 2015, el día de la primera vuelta electoral, Cristina Kirchner aseguraba: "Luego de tres períodos consecutivos de gobierno dejamos en un país normal. Acá no hay que nadie tenga miedo a perder su trabajo. Un país con plena ocupación , con una actividad y crecimiento económico único en Latinoamérica".

¿Era normal el cepo cambiario, el nivel de reservas en el Banco Central, el nivel de precarización laboral, la cifra alarmante de la deserción escolar, la deuda todavía pendiente de cloacas y acceso al agua potable, el sistema de retornos de la obra pública ilustrada por los bolsos de José López y las pilas de dólares en La Rosadita? Parece tener poco de normal.

Ni la ex Presidenta ni su pésimo ministro de Economía, Axel Kicillof, advirtieron no sólo que dejaban sin solucionar el pago a los holdouts, la deuda al Club de Paris y la sequía de inversiones, sino que ocultaron los índices de la economía real y el hecho de que las tarifas de servicios públicos estaban congeladas desde hacía muchos años y que en algún momento debían actualizarse para permitir la inversión del sector. ¿Era normal que alguien que viviera en Recoleta, sobre Avenida Del Libertador, pagara 50 pesos de gas o de luz y sus viajes al exterior por Aerolíneas Argentinas o sus compras en el shopping con el programa Ahora 12 fueran subsidiados por el Estado?

Scioli tampoco describió la herencia que dejaba el kirchnerismo, por miedo a perder los votos de los ultra K y de un sector del peronismo. Y Macri, ocultó lo que iba a hacer si llegaba a la primera magistratura y solo lo blanqueó, una vez que había llegado a la Casa Rosada.

¿Qué culpa tiene el ciudadano si la dirigencia política le miente, describe una situación inexistente, un escenario que no es tal y luego lo obliga a votar por una realidad ficticia?

A esta altura, son mas las preguntas que las respuestas. ¿Habrá llegado la hora de cambiar el sistema político para evitar que siga siendo un negocio? Probablemente. El problema es que, por ahora, nadie asoma con la voluntad de hacerlo.