Hay noticias que no se propagan, que prefieren silenciarse. El poderío económico de la industria de las drogas legales tiene la capacidad no sólo de influir sobre la toma de decisiones de los gobiernos, sino también de accionar sobre los flujos periodísticos. Vale repetir hasta el cansancio que aquello que no toma trascendencia en agenda y no logra convertirse en un problema no amerita intervención de las políticas públicas.

El caso de la empresa tabacalera Brown & Williamson es, posiblemente, un suceso emblemático en la ruptura de este tipo de cepos informativos sobre el daño que las drogas legales producen en la salud pública.

A comienzos de 1996, en el mítico programa 60 minutes, emitido por la cadena estadounidense CBS, el doctor Jeffrey Wigand quebró su acuerdo de confidencialidad con Brown & Williamson y reveló que la empresa había introducido aditivos químicos en el tabaco para "reforzar el impacto" y potenciar deliberadamente los efectos adictivos del cigarrillo. El uso de productos químicos como el amoníaco para mejorar la absorción de la nicotina en los pulmones, afectar el cerebro y el sistema nervioso central de una manera más rápida, evidenció un plan sistemático que permitiría incrementar las ventas de tabaco y generar así un mercado cautivo a expensas de la salud de la población. Una verdadera política de negocios de tinte criminal.

En 1997, la empresa Liggett Group admitió públicamente que el tabaco es adictivo, y asumió el compromiso de facilitar una serie de investigaciones sobre las manipulaciones en los niveles de nicotina de los cigarrillos para aumentar su poder adictivo. Ese mismo año, y a raíz de la demanda iniciada por cuarenta estados, todas las tabacaleras de Estados Unidos acordaron desembolsar la suma de 368.500 millones de dólares en concepto de reparación de daños y perjuicios derivados del tabaquismo.

En su blog #MalditaNicotina, Juan Pablo Parrilla también brinda fuerte sustento a la información sobre los recursos utilizados por las tabacaleras para potenciar la capacidad adictiva del tabaco. Otro buen ejemplo es la incorporación de azúcar en los cigarrillos, práctica aún utilizada. Según Parrilla, las tabacaleras alegan que la función del azúcar es saborizar y que su consumo está permitido, pero omiten informar que su combustión genera acetaldehído, una sustancia cancerígena que pasa a la sangre en una porción pequeña, pero suficiente para lograr que el cerebro sea más receptivo a la nicotina.

¿Puede la industria de las drogas legales premoldear mercados cautivos, no sólo mediante la manipulación de sus productos, sino también a través de los intangibles que rodean a su comercialización? A veinte años de la denuncia de Wigand en CBS, una reciente investigación de Los Angeles Times puso bajo la lupa la posible relación entre la empresa farmacéutica Purdue Pharma y la epidemia de analgésicos opiáceos en Estados Unidos.

OxyContin es el nombre comercial del clorhidrato de oxicodona, un analgésico opioide comercializado en los Estados Unidos sólo bajo prescripción médica, que se utiliza para aliviar dolores moderados a severos. Su consumo sostenido puede generar tolerancia, dependencia física y síndrome de abstinencia, lo cual lleva a la persona a incrementar cada vez más las dosis para obtener los efectos deseados. Su uso indebido provoca sentimientos de grandeza, euforia, relajación y bienestar, efectos similares a los causados por la heroína.

Purdue Pharma lanzó OxyContin hace dos décadas, con un fuerte emblema de marketing, que iba directo a demostrar la vulnerabilidad de su competencia. A diferencia de otros analgésicos genéricos con oxicodona, una sola tableta del producto permitía aliviar el dolor por doce horas "de forma suave y sostenida". Con la fuerza de esa promesa, OxyContin atrapó mercado, se convirtió en el analgésico de mayor venta en Estados Unidos y generó ingresos por 31 billones de dólares para la compañía. El medicamento es muy popular: durante el 2014 se emitieron 5,4 millones de recetas de OxyContin. Pero el asombroso éxito comercial del producto estrella de Purdue Pharma enmascara un problema fundamental: no dura doce horas.

La investigación periodística desarrollada por Los Angeles Times, basada en documentos confidenciales de la empresa farmacéutica y otros registros, demuestra que Purdue Pharma siempre estuvo al tanto de la ineficacia del medicamento en brindar doce horas de alivio. Los ensayos clínicos realizados previos al lanzamiento al mercado, y los reclamos posteriores de la comunidad médica y de su cadena de representantes comerciales, confrontaron la evidencia científica y empírica con los intereses de la empresa. Incluso la Agencia de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés) habría sido complaciente al momento de aprobar la droga, en 1995 y validaron características que no se cumplían.

No obstante, la empresa no se apartó jamás de su emblema de marketing. Reconocer que el valor diferencial del OxyContin no era tal implicaba poner en riesgo un mercado 100% cautivo, dispuesto a pagar cientos de dólares por frasco con tal de obtener esas doce horas prometidas de alivio al sufrimiento. Cuando, a fines de los noventa, los doctores comenzaron a recetar OxyContin a intervalos más cortos, para suplir las brechas sin analgesia, los ejecutivos de Purdue Pharma redoblaron la apuesta e instaron a la comunidad médica a prescribir dosis más altas del producto, sin modificar la frecuencia establecida de dos pastillas por día. Una estrategia altamente riesgosa.

Cabe recordar que la oxicodona es un opiáceo semisintético derivado de la tebaína (alcaloide presente en el opio). Investigaciones demuestran que cuan más potente la dosis de un opiáceo, mayor es el potencial de dependencia, de sobredosis y de muerte. Actualmente, más de la mitad de los usuarios de más de tres meses de OxyContin se encuentra recetado con dosis de 60 miligramos diarios, consideradas de extremo peligro por funcionarios de salud pública.

Según un estudio desarrollado por el gobierno federal, más de siete millones de estadounidenses han abusado del OxyContin en los últimos veinte años. Entre 1997 y 2007, la dosificación de medicamentos opioides en miligramos por persona aumentó un 400 por ciento. Y entre 1999 y 2014, más de 190 mil personas murieron por sobredosis relacionadas con opioides de prescripción, como el OxyContin y otros analgésicos.

La investigación de Los Angeles Times muestra cómo Purdue Pharma, autorizada por la FDA, amparada en un marco legal, bajo estricta regulación estatal, modeló su propio mercado y contribuyó al nacimiento de la actual epidemia de drogas de prescripción en Estados Unidos.

 

@woodesteban

 

El autor es analista, investigador y consultor en asuntos de políticas sobre drogas. Licenciado en Comunicación Periodística (UCA) y magíster en Políticas Públicas para el Desarrollo con Inclusión Social (FLACSO)