En las primeras líneas de su gran novela "Conversación en La Catedral", Mario Vargas Llosa le hace preguntar a uno de sus personajes, un habitué del bar que da nombre al libro, a su interlocutor:
–¿Cuándo fue que se jodió el Perú?

Me asaltó esa escena ayer al ver en todo su viejo esplendor a la restaurada estación central del Ferrocarril Mitre.

Me asaltó con nostalgia. Hace más décadas de las que quiero acordarme, mi abuelo, ferroviario desde los años en que ese sistema de transporte era inglés, me llevaba a un parque de diversiones cercano, y luego, en tren, hasta la estación Núñez, a un par de cuadras de nuestra modesta casa…

Por cierto, el lujo y la grandeza de esa terminal me impresionaban, pero no tanto –era yo un niño– como la locomotora a escala protegida por una caja de vidrio sobre un pedestal, que al mínimo costo de diez centavos… echaba a andar con la misma perfección que sus hermanas gigantes.

Muchos años después, al descubrir al enorme poeta Raúl González Tuñón, leí –fascinado– su poema "Eche veinte centavos en la ranura", alusión a unas máquinas proyectoras que por ese precio mostraba a través de un visor películas tan breves como ingenuas…

¿Por qué me he demorado en este introito?
No porque sí.

Porque al ver restaurada la gran terminal de Retiro, nuevamente orgullosa de su arquitectura, sus mármoles, sus bronces, sus vidrios que dejan entrar la luz a raudales, y a mis años de hoy, me pregunté lo mismo que aquel personaje de Vargas Llosa:
–¿Cuándo fue que se jodió la Argentina?

Las respuestas son muchas: exigiría un libro que no pienso escribir, y muchos otros que, de distintos bandos ideológicos, ya están escritos…

Lo único que sí sé (y esta verdad nadie puede arrebatármela), que cuando esa terminal era nueva y la locomotora en escala marchaba a diez centavos por cabeza, mi país, este país, estaba entre los ocho o diez más ricos del planeta.

Que no tenía deudas asfixiantes porque no gastaba más de lo que ganaba, como todos los gobiernos populistas que hemos padecido.

Que en un viaje Retiro-Rosario, en uno de cuyos vagones viajaba el Príncipe de Gales, aquel rey que abdicó al trono por amor, el maquinista batió un récord: ¡tres horas y media!
El maquinista se apellidaba Savio. El príncipe lo felicitó así:
–Usted es el mejor maquinista del mundo, y al darle la mano se la doy a todos sus colegas ingleses, que deberían aprender de su ejemplo.

La Argentina era el granero del mundo. Sus libros de lectura no reemplazaban las palabras "Mamá" y "Papá" por la de líderes políticos. Un tango rezaba "No se conocía cocó ni morfina | los muchachos de antes no usaban gomina". Cocó, por si algún distraído no lo advirtió… era la letal cocaína.

Los inmigrantes trabajaban de sol a sol, y con un sueño: que sus hijos y sus nietos fueran "dotores". ¡Y lo lograban!

Los jueces eran como fantasmas. Nadie los conocía. Se negaban a su aparición pública. Su lema era "Los jueces hablan a través de sus sentencias". Sentencias que, salvo error u omisión… no se demoraban varios almanaques.

Si algún augur hubiera anunciado que esta tierra de promisión –un eslogan cierto– sería un día (¿y para siempre?) un país narco… lo hubieran tomado por loco. Con chaleco de fuerza incluido…

El ladrón no mataba: robaba. Mal, por cierto, pero con un mínimo código…

La violación era, es y será uno de los delitos más execrables, y sus autores jamás favorecidos por jueces "garantistas". Pero, de entre los delitos bestiales, era uno de los más raros…

Los secuestros eran extraños. Tanto, que el crimen en Rosario de un joven llamado Ayerza, asesinado por una falla de sonido en el teléfono, fue un escándalo histórico.

Mal que bien, bien que mal, en materia política se habló siempre, en tono condenatorio, de "la mano en la lata". Pero ni en la peor de sus pesadillas –un delirium tremens–, un borracho hubiera imaginado a la corrupción como una forma de gobierno…

Las motos eran caras y no muy populares: los porteños preferían patinar sobre cuatro rueditas en la vasta costanera. De aquella ingenuidad a los motochorros criminales, lector, saque la cuenta…

Cualquier nativo bienpensante sabe que esta lista del delito, la decadencia económica, la mediocridad política, la corrupción como triste marca de fábrica, y el difícil futuro, podría extenderse hasta el infinito.

Pero… ¿quién lo ignora, quién no lo padece?

Prefiero retroceder a los diez años y, con los diez centavitos ganados por mi abuelo ferroviario con el sudor de cada día, hacer andar la locomotora.

Aquella locomotora de los sueños.
Del país que fuimos…, antes de que no preguntáramos, como el personaje de Vargas Llosa, cuando nos jodimos…