Son las 10:45 del 24 abril del 2020, año bisiesto. Mi marido Alessandro baja del auto a recibir las llaves de Flaminia, nuestra vecina de casa en Forte dei Marmi, Italia. Este viaje comenzó un mes atrás en Buenos Aires y llegó a la mitad de su recorrido: porque tiramos la moneda y el destino será el que decida si tomamos la decisión correcta. ¿Hicimos bien en volver o era mejor quedarnos en Argentina?

Somos una familia Ítalo argentina, me llamo Viviana, soy Argentina con honor y honra, nací en un pequeño pueblo llamado La Francia, mi marido es italiano y mis hijos también, nacieron en Milán.

Cuando se anunció la pandemia nos encontrábamos en capital, zona Recoleta, ahí pasamos gran parte del año por trabajo, pero nuestra residencia es en Milán, uno de los lugares con más casos infectados y muertos. Con la situación como estaba no había miras de volver a Italia y, antes de que se anunciara la cuarentena obligatoria en Argentina intuyendo lo que sucedería, yo insistía en volver a mi pueblo, donde mis hijos tendrían un patio donde correr y, cualquier cosa que pasara, estaría cerca de los míos.

Por el contrario, mi marido en silencio sufría por su Italia y por sus padres ya ancianos, considerando la posibilidad de volver.

¿Volver a una Italia devastada? ¿Sumergida en el infierno? En vez de quedarnos en Argentina donde las cosas estaban partiendo bien...Además,¿ cómo volver ? Argentina había cerrado las fronteras, todos los vuelos comerciales estaban cancelados. No había forma de partir. Miedos, incertidumbres, apegos, que sé sumaban a la información desmesurada; cada uno se sentía responsable y distante de aquellos a los cuales quería cuidar. Un tira y afloje de sentimientos típico de la unión de dos personas con familias tan distantes entre sí.

La cuarentena en Argentina comenzó y el núcleo familiar, ese nuestro pequeño mundo era el importante y había que cuidar de él para poder cuidar de los demás.

Yo soy del dejarme llevar, adaptarme a la situación que me toca. En cambio a Alessandro le gusta programar, proteger y tener distintas opciones abiertas, así que el 31 de marzo partió con la operación “retorno a Italia”, se comunicó con la Camera di Commercio Italiana en Argentina, de la cual es socio. El secretario general Claudio Farabola lo contacto con Marco Petacco, cónsul italiano de grande energía y eficiencia, el cual nos advirtió la posibilidad de que la embajada italiana organizara una vuelo de “repatriados” hacia Italia.


Vuelo no fácil de definir: en Argentina las fronteras estaban cerradas y en Italia las reglamentaciones del Ministerio de la Salud cambiaban a medida que avanzaba la pandemia.

Te todas formas, el mismo día, recibimos un e-mail de la Embajada italiana.

Nos incluyeron en una lista junto con otras familias italianas que habían quedado varadas en Argentina. La primera fecha anunciada fue el 9 de abril. Así que comencé a preparar valijas, no muy convencida de la decisión. No pensaba en el peligro, solo sentía que partiendo en ese vuelo, estaba dejando a mi familia y a mi patria al vaivén del destino. Me preocupaba el irme y el no saber cuándo volvería (y aún no lo sabré).

La espera de la confirmación del vuelo se hizo larga para mi marido y resulto buena para mí, para procesar la idea.

El vuelo del 9 de abril fue pasado al 12 y el del 12 al 15 y el del 15 ya no se sabía a cuándo. Las normativas cambiaban todo el tiempo. Italia cada día mostraba imágenes peores de una guerra silente sin conocer ni ver a su rival: solo el sufrimiento tremendo de su gente.

Mi marido desesperado y yo juntando el aliento cantando el himno argentino cada noche a las 9 desde el balcón junto a mis hijos. Encerrada, pero felizmente en mi patria.

Seguían pasando los días hasta que el 20 de abril recibimos una llamada de la embajada y una email de confirmación, con decenas de formularios para rellenar, con auto certificaciones y permisos. Se partiría el 23 de abril con un vuelo especial de Alitalia . Al día siguiente recibimos los pasajes. Todos, menos el mío..

Tensiones, dudas de porqué no. ¿Quizás por Argentina? Pero mis hijos son italianos. ¿Qué podría haber pasado? Mi marido hizo un par de llamadas. Un ángel guardián amigo suyo siempre vigila sobre nuestra familia. Se solucionó, y ahora era cuestión de esperar.

El 23 de abril nos preparamos para partir, que tensión ya solo el traslado al aeropuerto, la ciudad bajo asedio, conseguir un auto donde entremos todos, llenar los formularios para que no nos paren, corriendo a mis hijos de 2 y 4 años para que se pongan guantes, barbijos, que no toquen nada, que no lleven las manos a la boca..

Desde casa hasta al aeropuerto nos frenaron tres veces para pedir formularios y vimos retener y secuestrar autos de aquellos que no cumplían con los requisitos. Me parecía estar sumergida en una película de suspenso y ciencia ficción.

En el aeropuerto la tensión se vivió en cada momento. La fila de gente esperando afuera, los señores en barbijos que se paseaban inspirando respeto, los de blanco inmaculado que medían la fiebre.

Estábamos tan llenos en alcohol en gel que corríamos más peligro de prendernos fuego que del virus en si..

Al llegar al check-in nos encontramos con otra sorpresa. Nuestra niñera Tania no estaba incluida en el avión. Y les aseguro que mi marido es capaz de viajar sin mí, pero a ella no la deja.Habían cambiado las normativas, solo 110 pasajeros podían viajar y no se habían percatado que era del núcleo familiar y la habían trasladado a un vuelo que saldría el sábado siguiente.

En marcha otra vez Alessandro a tratar de solucionar todo. Y lo logró...

Cada uno de los pasajeros vivía la situación a su manera. El aeropuerto vacío, como nunca lo vi. La gente con miedo a tocarse, solo una que otra mirada. La tensión de lo incierto se vivía en el aire.

Y el ultimátum, retener el respiro antes de entrar al avión. Personal médico nos recogía los varios documentos y medía la temperatura: 37,5 y te dejaban a tierra. Y te mandaban a casa en observación.. Pasamos...

El avión partió sin retardo y llegó a Roma en anticipo luego de 12 horas. No quiero ni contarles lo que fue con los niños dentro del avión.

A ese punto creo que me relajé de tantas reglas, mis manos y las de ellos estaban rojas de tanto alcohol en gel y los tapabocas ya perdían sus elásticos.

Porque al final quién lo controla. Quién sabe dónde se esconde y si al mínimo error se escabulle entre nosotros. Quién sabe si al tirar la moneda elegimos el justo azar. Quién sabe cuál era la mejor decisión para nosotros...aún nadie lo sabe.

Argentina actuó en tiempo, logró calmar la curva, pero le tocará un largo invierno por delante.

Italia sufrió un “bastonazo in testa” inesperado y sin reacción temprana. Pero poco a poco comienza a ver la luz en el camino... o así parece..

En esta pandemia parece ser todo prueba y error...

Hoy estamos en Italia, terminamos la cuarentena obligatoria, pero aún no podemos ver a la familia de mi marido.

No sé aún cuál era la justa decisión. Solo sé, es eso lo que trato de trasmitir a mis pacientes, que cada uno debe comenzar por cuidar de su mundo, su pequeño mundo, que comienza primero por uno mismo, se traslada a la familia y se potencia al resto del universo. Y como se dice en Italia: “che Dio ce la mandi buona” (la buena suerte) a nosotros y a todos...