Todavía no sabía por qué tenía tantas ganas de ir a Costa Rica. Era como un impulso muy fuerte que salía de adentro y que me decía que tenía que ir allá.

En el momento de definir nuestro viaje con mis amigas, no dudé en decirles que ese era el destino. Y ahí comenzamos a armar un mapa con todos los lugares que íbamos a conocer en un mes de viaje. Habíamos seleccionado varias playas y puntos turísticos para visitar, comenzando por Santa Teresa, una playa que queda del lado del pacífico.

Llegamos al aeropuerto de San José y sabíamos que teníamos que tomarnos un bus que nos llevaría hasta un ferryen Puntarenas. El ferry te cruza y de ahí continua el viaje con otro bus a Cobano y de ahí otro hasta “La Tere”. Para lograr eso estábamos con los horarios muy justos,entonces, apareció Thomy en nuestras vidas.

Vimos que había un chico con tablas de surf y no dudamos que iba al mismo lugar que nosotras. Por suerte Sofi salió a correrlo para preguntarle si nuestra teoría era cierta y si podíamos viajar con el.. Desde ese momento, este brasilero se quedo en nuestras vidas (pero esa es otra historia).

Viajamos con él en el auto, tomamos el ferry y continuamos hasta Santa Teresa. Llegamos de noche, sin entender muy bien como era el lugar. Cuando nos levantamos, entendimos que estábamos en donde teníamos que estar.

Dicen que Santa Teresa es mágico, que te atrapa y que es el último destino que tenés que hacer porque no te deja ir. Y así fue. Estuvimos hospedadas en Zeneidas, un hostel que tiene salida directa a la playa, lleno de tablas de surf y gente que vibra muy alto.

Nuestros días en La Tere fueron pasando entre desayunos con fruta, granola y mate a la mañana, y metidas en el mar bien temprano para surfear. Nos sentíamos en casa, todos los días chequeábamos las olas. Pero no éramos las únicas... un montón de gente en la misma sintonía, compartía con nosotras esos momentos. Y con el pasar de los días, bajar a la playa era encontrarse con un montón de amigos del mar (como me gusta llamarlos) que estaban disfrutando de la mañana con un mate en la arena, surfeando o leyendo un libro.

Cuando no estábamos en el agua, salíamos a caminar por las largas playas de Santa Teresa, juntando caracoles y compartiendo historias y experiencias. Y no hubo un día que no nos juntemos todos al fin de tarde para ver como se pone el sol sobre el mar.

Los atardeceres nos regalaban cielos diferentes todos los días, rodeadas de gente que estaba viviendo ahí, viajeros que recién llegaban y algunos que se iban. No importaba el tiempo, no importaba la rutina, solo importaba estar ahí,presentes, disfrutando del regalo que la naturaleza nos estaba haciendo.

A la noche hacíamos fogones, o íbamos con pareos a la playa a ver la luna. Ahí entendí como influye la luna en las mareas, viendo una una llena que imantaba el agua a medida que se elevaba en el cielo.

Vimos tortugas desovando, y de noche a sus crías yendo al mar. Vimos monos, perezosos y aprendimos que los lagartos tienen cada uno su árbol, y que luchan a muerte si otro viene a sacárselo.

Disfrutamos de olas hermosas, que vienen viajando desde muy lejos para surfearlas por poco tiempo. Pero ese poquito tiempo es suficiente para hacerte muy feliz.

También fuimos a Montezuma, una serie de cascadas hermosas que para llegar tenes que ir metiéndote por la selva, escalar y caminar por senderos angostos.

Anduvimos en cuatriciclos, con pañuelos atados en nuestra nariz y boca, porque el clima es tan seco, que el polvo no te deja respirar. De hecho, al ser tan seco, las hojas verdes parecen marrones y el paisaje cerca del camino suele estar teñido de color tierra.

Llevé junto a mi equipaje mi cámara digital y mi cámara de rollo. Y fue muy especial revelar esas fotos un tiempo después. Es que a veces quedan rollos sin revelar, y que hermosa sorpresa cuando el papel te hace viajar otra vez a ese lugar y a esos momentos.