La contradicción proviene de la extraña tradición y costumbre que dicta "sacrificar a toda la familia del toro que haya matado a un torero".

En teoría, este acto de venganza taurina lleva al criador a matar a los descendientes del toro que cometió el crimen, siempre y cuando estos continúen aún con vida.

El sector de la tauromaquia generalmente apoya este accionar ya que, según ellos, el comportamiento agresivo del toro se vincula y transmite genéticamente a sus descendientes, por lo que sus hijos son más proclives asesinar otro torero. Los organizadores del evento aseguran que para evitar estos episodios, los familiares evidentemente deben morir.

Defensores de los animales desde hace años denuncian esta tradición, bajo el lema de que este supuesto "acto de prevención", los tradicionalistas de la arena no hace más que intensificar más la desigual condición del toro en la arena. Se trata de un animal que simplemente defiende su vida.

Este accionar se aplicó con los toros que mataron a Manolete en 1947, Paquirri en 1984 y a José Cubero en 1985.

Diferente fue el destino  del toro responsable de la muerte de Victor Barrio en 2016. La fuerte oposición social permitió que su familia aún continúen con vida en relación a la polémica "venganza taurina".