
La soledad es una experiencia compleja que puede percibirse de maneras diversas, con implicaciones tanto benéficas como perjudiciales. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), este fenómeno representa un riesgo para la salud equiparable, e incluso superior, al tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la obesidad o el sedentarismo.
El médico y académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Benno de Keijzer, explicó en entrevista con Gaceta UNAM que este sentimiento se ha intensificado por factores como el avance de la urbanización, transformaciones en las estructuras familiares, el individualismo promovido por el sistema capitalista, las crisis económicas recurrentes y, más recientemente, los efectos sociales de la pandemia por Covid-19.
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El sentirse solo o sola puede manifestarse como un malestar subjetivo, vinculado a sensaciones de angustia y ansiedad que se traducen en síntomas tanto físicos como emocionales, dolores de cabeza, insomnio, tensión muscular, entre otros, explica la Psicóloga Silvia Sofía Sánchez Barrón, del Centro Cultural Aragón del INAPAM.
Por otro lado, una investigación reciente publicada en la revista Aging & Mental Health revela que, en Estados Unidos y los Países Bajos, las personas de mediana edad experimentan mayores niveles de soledad en comparación con los adultos mayores.
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El estudio, liderado por un equipo de la Universidad de Atlanta, en Estados Unidos, analizó la prevalencia del aislamiento emocional en relación con variables demográficas y condiciones de salud, con el objetivo de identificar qué factores inciden en este fenómeno a lo largo del ciclo vital.

¿La soledad en la vejez es universal?
El estudio publicado el 21 de abril, con datos de más de 64,324 personas en 29 naciones de Europa, América del Norte y Medio Oriente, revela que la soledad, considerada una preocupación creciente de salud pública, no afecta de forma uniforme a las poblaciones mayores del mundo.
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La investigación muestra que la relación entre edad y soledad difiere notablemente según el país, y que variables como el estado civil, la ocupación y el bienestar psicológico influyen decisivamente en estas disparidades. El análisis se basó en datos anteriores a la pandemia de COVID-19, lo que permite observar cómo las estructuras sociales y demográficas condicionan la vivencia de aislamiento emocional con el paso del tiempo.
Para ello, el equipo liderado por la investigadora Robin Richardson utilizaron información procedente de tres encuestas longitudinales, la Encuesta de Salud, Envejecimiento y Jubilación en Europa (SHARE), la Encuesta de Salud y Jubilación (HRS) en Estados Unidos y el Estudio Mexicano de Salud y Envejecimiento (MHAS). Estas fuentes incluyen a individuos de entre 50 y 90 años, proporcionando datos sobre su estado de salud, condiciones de vida y perfil socioeconómico.
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La soledad se midió mediante la versión abreviada de la Escala de Soledad de UCLA, que indaga con qué frecuencia los participantes se sienten excluidos o desconectados de su entorno. Para identificar desigualdades en función de la edad, los investigadores aplicaron el Índice de Concentración (COIN), una herramienta estadística que permite visualizar cómo se distribuye esta emoción a lo largo del espectro etario en distintos contextos nacionales.
Entre los hallazgos, se detectó que en gran parte de los países, los adultos mayores tienden a reportar mayores niveles de soledad. No obstante, hay excepciones. En Estados Unidos y Países Bajos, por ejemplo, las personas de mediana edad presentan mayores índices de aislamiento. En contraste, naciones como Austria, Alemania e Israel no evidencian diferencias relevantes relacionadas con la edad. En Letonia y España, en cambio, las desigualdades fueron particularmente marcadas, con los adultos mayores mostrando niveles mucho más elevados de soledad.
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Además, los promedios nacionales también variaron significativamente. Dinamarca se destacó por tener los niveles más bajos, con una puntuación media de 0.4 en la escala UCLA, mientras que Grecia y Chipre registraron los más altos, alcanzando una media de 1.7.

La soledad en México
El estudio internacional sobre desigualdades etarias en la soledad reveló que México es uno de los países donde esta emoción se concentra con mayor intensidad entre los adultos mayores. Esto se traduce en un índice COIN positivo y significativo, lo cual sugiere que, en nuestro país, la edad avanzada se asocia con un aumento en la experiencia de la soledad.
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Tal como concluye el documento, “la soledad no es una consecuencia inevitable de la edad sino que puede estar determinada por los entornos dentro de los países (por ejemplo, la cohesión social)”, y en el caso de México, la falta de cohesión podría estar contribuyendo a esta problemática.
Una de las cifras más destacadas que podría explicar esta desigualdad en México es el porcentaje de adultos con educación inferior a la secundaria, que alcanza el 82,1 %, el más alto de los 29 países analizados. Esta característica estructural del país podría estar vinculada a la exclusión social, económica y cultural que muchas personas mayores enfrentan, reforzando sentimientos de aislamiento. Además, el estudio señala que “la prevalencia de numerosos factores demográficos y de salud difirió considerablemente entre países”, siendo otro dato relevante que México presenta niveles bajos de salud autopercibida entre sus adultos mayores.
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La combinación de factores como no tener empleo, no estar casado y presentar signos de depresión fueron identificados como los principales contribuyentes a la soledad relacionada con la edad. En México, estos factores también están presentes de forma significativa en las generaciones mayores. El informe enfatiza que “el 20% de la desigualdad total por edad en la soledad no fue explicada por los factores investigados”, y este residuo inexplicado se concentró entre adultos de mediana edad, lo cual apunta a condiciones particulares del contexto mexicano que deben ser mejor exploradas.
Finalmente, enmarca que “nuestros resultados sugieren, en general, que los entornos dentro de los países pueden ser impulsores importantes de la relación entre la soledad y la edad”, un llamado claro a considerar el entorno comunitario, familiar y cultural como claves para atender este problema.
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En el caso de México, este hallazgo podría interpretarse como una oportunidad para fortalecer políticas públicas y redes comunitarias enfocadas en el bienestar emocional de las personas mayores, donde el tejido social puede ser una herramienta poderosa contra la soledad.

¿Cuál es la importancia de atender la soledad en los adultos mayores?
La soledad en los adultos mayores va más allá de la ausencia física de compañía. Es una sensación profunda que puede persistir incluso en contextos donde existe interacción social. Como lo explica la psicóloga Sánchez Barrón, estar rodeado de otras personas no garantiza sentirse acompañado: “estoy en un grupo, me saludan, conversamos y convivimos, pero si no es lo que yo espero, entonces me siento sola”. Esta desconexión entre la expectativa emocional y la experiencia real puede derivar en un aislamiento tanto emocional como social, afectando directamente la salud mental y el bienestar de los mexicanos.
Según datos de los Servicios de Atención Psiquiátrica (SAP) de la Secretaría de Salud señalan que 3.6 millones de personas adultas presentan cuadros de depresión, de los cuales uno por ciento son severos. Esta cifra evidencia una necesidad urgente de atención, especialmente si se considera que la depresión y la soledad suelen estar estrechamente vinculadas. El deterioro emocional y la falta de redes de apoyo pueden contribuir a un ciclo difícil de romper sin la intervención adecuada.
A nivel regional, el panorama tampoco es alentador. La Organización Mundial de la Salud (2021) advierte que entre el 25% y el 32% de las personas mayores en América Latina experimentan sentimientos de soledad, y una de cada cuatro vive en aislamiento social. Este fenómeno no solo implica una pérdida del contacto cotidiano, sino también una disminución en la calidad de vida y un mayor riesgo de enfermedades físicas y mentales. Por ello, se vuelve fundamental fomentar estrategias que fortalezcan la inclusión social y emocional de esta población.
En México, el Instituto Nacional de las Personas Mayores (INAPAM) ofrece espacios clave para combatir estos desafíos. Los Centros Culturales y Residencias de Día son entornos diseñados para promover la participación activa de los adultos mayores mediante actividades culturales, recreativas y de activación física. Además, brindan atención psicológica y gerontológica.
Asistir a estos lugares puede mejorar la calidad de vida, reconstruir lazos sociales y reducir el sentimiento de soledad. Buscar ayuda y participar en este tipo de programas puede marcar una gran diferencia en el bienestar integral de las personas mayores.
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