
El actual presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, es un autor prolífico: lleva escritos más de veinte libros. Fundamentalmente libros de Derecho, pero también una colección dedicada a la historia de Boca en cuatro tomos, Cien años de multitud, y dos novelas: El Molde y la receta, una obra sobre la sanción de la Constitución Nacional de 1853, y otra, corta, que acaba de publicar este mes por editorial Sudamericana: Angelito.
El personaje central de la trama, Angelito, es un joven que vive de la caridad ajena, lucha contra la imposibilidad de recordar su origen, y se pregunta si esa orfandad -de padres y de recuerdos- es causada por alguien que le impide acceder a esa parte de su memoria, “porque tal vez quiera evitarme un dolor, el dolor de saber”, o si aquello que lo bloquea “debería ser la enfermedad sin nombre”.
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Con estos dilemas como motor de la acción, Angelito recurre a la ayuda de terceros para develar la verdad sobre su origen. La primera de esas experiencias es con un hipnotizador quien -tras fracasar en el primer intento- lo lleva a un estado de inconsciencia. Pero el camino de la memoria hacia el pasado termina traspasando el propio nacimiento y se remonta a sus abuelos, o tal vez a sus bisabuelos, quienes transitan mares y hablan otras lenguas. Ante el exceso de clarividencia y la confusión de voces, Angelito decide abandonar el método de la hipnosis y probar con otras formas.

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Es así como recala en un especialista en “fondo de ojo”, quien asegura tener el don de ver el pasado grabado en la retina. Con una lupa de joyero, indaga en los ojos de Angelito hasta poner en foco la imagen de un circo: un hombre subido a una rueda de bicicleta gigante y una mujer subida a un trapecio. ¿Sus padres?, se pregunta el protagonista.
“Y espero que aquel equilibrista, que podría ser mi padre, o aquella écuyerè o trapecista, que podría ser mi madre, decidan parar la función, tomar el micrófono del maestro de ceremonias y decidir al fin -ante un público atónito que oscila entre la curiosidad y la indignación, reclamando por mitades que la explicación no se detenga o que le devuelvan la entrada- que han venido a buscar a quien abandonaron años atrás”.
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El único dato sobre su llegada al orfanato fue un papel encontrado en su cuna que decía “Cuiden a mi angelito”. A partir de allí, el joven intenta darle algún sentido a los hechos inconexos de su memoria y siente que “no es una casualidad que mi nombre remita a un ser alado y que tal ello explique mi afición por los aviones”. Entonces imagina que profundizar en el estudio de los aeroplanos le puede deparar más resultados que los obtenidos con el hipnotizador y el oculista, yendo más allá de su primer recuerdo para obtener finalmente una visión de su origen.

Los dilemas sobre su nombre (¿el papel decía “Angelito” o “angelito”?), que atan su esperanza de identidad a la existencia de una mayúscula, la fuga del orfanato, los tres intentos frustrados se conseguir ser adoptado por una familia, el cambio de nombre, la cárcel y la desaparición, la guerra, todos los escenarios por lo que transita el protagonista tienen su cuota de inquietud y algunas veces de absurdo. Son retazos de la historia de nuestro país convertidos en una metáfora.
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La constante que atraviesa todos los recuerdos de Angelito es la presencia de los aviones. Siempre hay aviones. Aviones que sobrevuelan un estadio de fútbol, aviones asesinos sobre la Plaza de Mayo, aviones fantasmas sobre el Río de La Plata, aviones sobre el mar en la orfandad de aquella guerra.

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“Ya he volado despacio lo suficiente. Es tiempo que baje en caída libre, como aquella vez sobre el Río de la Plata, aunque ahora con las prótesis aladas. Tengo a mi favor la eternidad del último instante, que es como la última comida que no se le niega a un condenado a muerte, para ver completa la película que siempre vi por partes”.
Quién es Horacio Rosatti
♦ Nació en Santa Fe, Argentina, en 1956.
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♦ Es Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales (UNL), doctor en Historia (UCA), posdoctor honorario en Derecho (Universidad de Bolonia, Italia) y máster en Evaluación de Impacto y Gestión Ambiental (UCSF).
♦ Actualmente es presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y del Consejo de la Magistratura de la Nación.
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♦ Fue Intendente de Santa Fe, Convencional Constituyente, Ministro de Justicia y Presidente de la Asociación Argentina de Derecho Constitucional , entre otros cargos.
♦ Escribió más de veinte libros, entre los que se encuentran Ensayo sobre el prejuicio, Ensayo sobre la justicia y Ensayo sobre la muerte.
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“Angelito” (Fragmentos)
I- Desaparecidos
Una vez leí una novela en la que el personaje principal decide, al cumplir tres años de edad, dejar de crecer. En uno de los primeros capítulos él recuerda y describe detalladamente el parto que lo trajo al mundo. ¡Cuántas veces me he reprochado no recordar el parto que me trajo al mundo!
¿Cómo he podido olvidarlo? ¡Tantas naderías he recordado después, a partir de mi demorado primer recuerdo, y no he guardado del olvido el momento del verdadero comienzo! Cuando me atormenta esta idea, me digo que debo intentarlo de nuevo: la mente en blanco para vaciar la alacena, los ojos cerrados mirando hacia adentro, la oscuridad y el silencio dominando el ambiente para sentirme como un astronauta perdido que navega en el confín del universo… pero el milagro no sucede.
El ejercicio se reitera y el resultado también: cuando fuerzo mi memoria, al punto de no saber cuánto hay de recuerdo y cuánto de invento en lo que encuentro o imagino, lo único que veo es “una mano y un giro”. La mano me empuja y me hace girar. Y después de girar ciento ochenta grados, o sea después de dar media vuelta, como en una película de ciencia ficción en la que el actor atraviesa un espejo para entrar en una nueva dimensión que le impedirá en el futuro volver atrás, yo quedo del otro lado del mundo. Del lado del orfanato.
Muchas noches soñé con la mano que me empujó para hacerme girar. En el sueño la mano reaparece para hacer girar la cuna en el sentido contrario, otra vez ciento ochenta grados, y colocarme del lado del mundo en el que nací. Pero mi ansiedad es tan grande que, mientras estoy girando hacia mi origen, me despierto. Nunca he sabido si la ansiedad es una especie de alegría o de temor reprimidos, y tal vez nunca sepa si el inconsciente es el que me impulsa a despertar.
Sentado en la cama, sobresaltado, todavía traspirando, me he preguntado mil veces: “¿Es la mano de mi madre?” y “¿qué causa motivó mi abandono?”. Las preguntas siempre son las mismas y en ese orden. Si me fuera concedido acceder a una sola de las respuestas, no sabría cuál elegir: si el “quién” o el “por qué”. En las horas de insomnio que siguen al despertar del sueño de “la mano y el giro” he escogido a veces el “quién” y a veces el “por qué”. Cuando he elegido el “por qué” me he dicho que “si supiera el por qué tal vez podría deducir el quién” y cuando he elegido el “quién” me he dicho que “si fuera mi madre no querría saber el por qué”. Y entonces, para encontrar consuelo y poder volver a dormir (no ya esas noches que considero perdidas, sino las siguientes), me he dicho que abandonarme en un orfanato supuso en alguna medida un acto de preocupación y aun de cariño, que peor hubiera sido eliminarme, que tal vez esa era su idea original, pero que —no pudiendo o no queriendo hacerlo— optó por el mal menor, dejándome al cuidado y la caridad ajenos.
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