Mariana Skiadaressis: “¿Cómo que el amor no duele?, ¿estamos todos locos?”

La autora de “Siempre las sombras” conversó con Infobae sobre los “discursos disciplinantes y adormecedores”, el momento que atraviesa el feminismo y por qué “si no creemos en la política estamos fritos”

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

Toda de negro —su ropa, su pelo, sus borcegos, incluso la tapa de su nuevo libro—, Mariana Skiadaressis toma un trago breve de su segundo café y continúa conversando. Estamos en un bar del centro porteño. Es de día; tres y media de la tarde. Afuera hace frío aunque el cielo diga lo contrario: es el sol de otoño que se esconde entre los edificios amurallados. Cada tanto revisa su celular, contesta algún mensaje laboral y continúa. Al principio las respuestas son breves, específicas, concretas; luego, a medida que el tiempo avanza, que nos metemos más adentro de su novela, Siempre las sombras (Nudista, 2022), ensanchará sus definiciones hasta transformarlas en ideas, en conceptos, en observaciones agudas sobre un presente que se vuelve inabarcable. Por eso este libro, este artefacto ficcional, esta historia: una forma de capturar las contradicciones de una época mediante preguntas, respuestas y una ficción que interpela a mansalva.

Lara es una chica que trabaja en publicidad. Asiste a rodajes en representación del cliente y se relaciona con la productora contratada. Su tarea es pendular entre el lenguaje audiovisual y las relaciones públicas. Es una chica independiente, tiene determinación, humor y sensualidad, aunque poco a poco, durante la narración, se quita el traje de la seguridad y expone, como todos, como todas, algunas debilidades. “No soportaba la idea de estar sola, me desestabilizaba (...) Mi deseo era tener una pareja estable (...) Solo quería estar pegadita a alguien que me cuidara”, dice Lara. Su padre murió cuando era adolescente; una enfermedad lo fue deteriorando. Su madre nunca estuvo muy presente ya que tenía que cuidar a su marido. Al morir, volvió a formar pareja y se internó en un country. “El dinero y la superficialidad eran para mamá una forma de rellenar su propio agujero existencial”, se lee.

Tras la muerte de su papá, Lara encontró en el alcohol, en la noche, en el sexo algunas delicias reparadoras. “Si bien andaba con mujeres también, solo las pijas llenaban mi vacío existencial (...) Consumir y coger me mantuvieron al margen del dolor por mucho tiempo”. Ella sale con Adrián, unos años mayor, y la relación no parece rumbear hacia el noviazgo y la convivencia. Está aburrida, quiere otra cosa. Entonces conoce a Dante, Dante Davinci, más chico que ella, más joven, “el niño”, y se deja llevar por ese romance. Cuando aparecen los celos, algunas faltas, algunos offside, ella promete, da un paso más, se entrega y se vuelven “un único monstruo de dos cabezas”. Siempre las sombras es la historia de un romance, de un amor y de todo el dolor que eso conlleva. De lo que se pierde y de lo que se gana en los vínculos. De cuánto de uno continúa en esa relación, cuánto queda en el pasado, cuánto muta en algo nuevo.

(Gustavo Gavotti)
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Ahora, Skiadaressis cuenta que el personaje de Lara apareció desde una incomodidad. ¿Cuál? “Esta cuestión del feminismo del disciplinamiento, de que hay que ser de una manera, que el amor no duele y que si duele andate de ahí, hermana... todas esas cosas son discursos que me incomodaron siempre y muchísimo. Es como: ¿qué dice, señora? ¿Cómo que las relaciones tiene que ser de una manera y no de otra? ¿Cómo que el amor no duele? ¿Estamos todos locos? A partir de esas cuestiones leí una nota de una influencer que decía que su novio era un violento y como que lo escrachaba al tipo. Yo vi eso y dije: esta mina, que tuvo este novio tanto tiempo y que ahora decide escracharlo porque se separa, me parece súper deshonesto. Yo también tuve historias medio raritas; uno elige estar ahí con el tipo que es medio jodido. No es que me desperté un día y tenía un señor violento al lado. Eso no existe. Hay una cuestión del deseo que no es racional”.

“Esa nota, no sé por qué, me molestó muchísimo —continúa—, entonces se me ocurrió eso: ¿y si escribo una historia donde una mina está con un tipo que no la trata bien y que no la pase bien y que no se sabe qué puede pasar? Empecé a armar en mi cabeza escenas, un arco narrativo, un inicio y un final, y después fui rellenando la estructura. Fue eso: los discursos del bien decir me dispararon a hacer lo contrario, como una forma reactiva. Me interesa que estos discursos del buen decir no se lleven puesto todo. Son discursos disciplinantes y adormecedores. A la vez que me interesa mucho el psicoanálisis; mis padres son los dos psiquiatras y psicoanalistas, y tengo una pata siempre metida en ese barro. Y hay algo del deseo que me interesa explorar. Entonces traté de hacer este experimento con el personaje de Lara: tratar de armarlo desde un goce que no tiene un porqué pero que sí se puede sostener estructuralmente con lo que la rodea”.

(Gustavo Gavotti)
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Del barrio de Flores. “Porteñísima”. Mariana Skiadaressis lee desde que tiene cinco años. Su madre es una “lectora voraz” y ella se alimentó de toda esa voracidad. “Cuando era chica no había pantallas, era más de las muñecas y esas porquerías, pero en mi casa había muchos libros y mi mamá me compraba muchos a mí”. A los ocho ya leía novelas con frecuencia, ya era una lectora. En ese entonces, una vez por semana leía Elige tu propia aventura. A La historia interminable de Michael Ende la leyó unas quince veces. “De María Elena Walsh me leí todo, pero se me fue desgranando con el tiempo”. Pronto llegaron Cortázar, Benedetti, Pizarnik, Gelman, Peri Rossi, el realismo latinoamericano. “A los 16 me enganché con Borges, ahí me volví más sofisticada”, dice, irónica. Cuando terminó la secundaria se hizo esta pregunta: ¿qué me gusta hacer? La respuesta que encontró fue: leer. “Estudié Letras para seguir leyendo”, asegura.

Ahí, en Letras, leyó la literatura universal, “y cuando salí dejé de leer eso para leer lo que sale hoy. Me interesa mucho la literatura contemporánea. Estoy siempre atrás de las editoriales independientes, que son mis recomendadores”. Un día un amigo de la facultad le habló de un taller. El taller de Diego Paszkowski. “Yo escribía unos poemitas, unas porquerías”, dice. “Ahí estuve como seis o siete años escribiendo cosas medio inconexas pero agarré un ritmo de escritura. No tenía la idea de ser escritora, era un hobbie. Y en un momento de mi vida, me estaba divorciando de mi primer marido, se me ocurrió una idea para una novela. Fue algo personal, un clic adentro”. La felicidad es un lugar común, su primera novela, se publicó por Entropía en 2018, pero pasó más de un año hasta que finalmente llegó a las librerías. Ese año de espera escribió otra novela, esta novela, Siempre las sombras. Y hay tercera: “está, le falta una parte, pero está”, dice.

(Gustavo Gavotti)
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En la mesita del café están los pocillos, sobres de azúcar, de edulcorante, la grabadora y el libro, Siempre las sombras, cerrado, con su tapa negra y enigmática. Mariana lo mira, apoya su mano sobre él y dice: “Quería construir el personaje de Lara psicoanalíticamente: ella tenía su deseo un poco roto, un deseo que socialmente no está aceptado del todo, pero ¿de dónde parte eso? Quise que parta, entre otras cosas, de este agujero: el padre, su muerte y cómo eso la dejó agujereada, como que le falta una parte estructurante en su psiquis, y que en esta historia trata de llenarla con Dante a cualquier precio. Después está cómo se configura toda esta cosa deforme de querer estar con este tipo, que me parece son las cosas más oscuras del deseo que son muy poco razonables. Sí, quise que esa ausencia del padre sea un poco el motivo por el que ella quiera tener una figura masculina que la sostenga”.

El otro extremo del triángulo familiar de Lara, un extremo vivo, es su madre, “una madre superficial que también le resta estructura a Lara como para seguir abonando a su deseo roto. Muchas veces no hay un padre pero sí una madre fuerte. Quería hacer una madre que sí estuviera pero que le chupara todo un poco. Una persona muy superficial que no se hizo cargo de su hija cuando debía y después ya está, ya es grande. Hay una ausencia de los padres fuerte”. Cada tanto la madre de Lara le manda un mensaje, la va a buscar a Capital en su auto y la lleva a su country a pasar el día. “Encerrarse en un lugar para no ver nada, donde no pasa nada, es parte de una gran hipocresía que a mí no me gusta. Pero bueno, si querés vivir en un country sé feliz. Ahora cada vez más conozco gente que vive en country pero cuando escribí la novela conocía a muy poca y me parecía recontra superficial y recontra fuera de la realidad. Por más guita que tengas, si no te cruzás con la gente, ¿qué estás haciendo? No lo comprendo y me resulta algo negativo, que no está bien, no importa cuánta guita tengas. Tampoco conozco gente de tanta guita”.

(Gustavo Gavotti)
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—En un momento aparece Bragat, el gobernador patagónico, y una fiesta de lujo. ¿Hay cierto contraste en ambos “encierros”?

—No son comparables conceptualmente pero sí estéticamente: están aislados. Los políticos están encerrados en una casita de cristal y les cuesta un montón salir a la realidad porque están rodeados de asesores y de ministerios y de cosas que los dejan ciegos respecto de lo que pasa en la calle. Creo que cualquiera que llegó a la política, por lo menos del panperonismo, ha tenido relación con la calle. Las condiciones de poder dejan a la gente aislada. Lo he visto.

—Lara reconoce cierta demagogia en él, pero también ve una esperanza necesaria.

—Es que si no creemos en la política estamos fritos. La política es la única herramienta de transformación de la realidad recontra fuerte y útil que hay en este momento. O nos come el mercado o nos ayuda la política. Es la política lo único que puedo sacarnos adelante de este capitalismo salvaje. Igual la política está recontra debilitada, está hecha mierda, no acá, en todo el mundo. Su poder se va reduciendo frente a la cuestión más trasnacional que son las empresas, que ahora tienen más poder que los Estados mismos. Me parece que el Estado es fundamental en la vida de las personas, y por más que en la política haya corrupción, sin la política estamos fritos, sin la democracia estamos fritos.

—Mencionabas al mercado. ¿Cómo ves su penetración en los discursos de la literatura argentina, incluso en los discursos politizados?

—Hoy la que va es la literatura que tiene discursos sobre cuestiones de género, cuestiones ambientalistas, cuestiones de violencia pero quizás más realistas que ficcionales. Hay un mercado más para esta literatura que reivindica cosas. Eso es lo que está como más de moda hoy. Y hay que posicionarse del lado del bueno, de la víctima, del que la pasa mal.

(Gustavo Gavotti)
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—¿Lara es una víctima?

—No, porque ella elige estar ahí. Es una mina que tiene todo más o menos resuelto: se mantiene, tiene una vida social, un laburo, no necesita de nadie, sin embargo quiere estar con ese chabón pero no por necesidad, porque quiere estar ahí. No es una víctima. Creo que hay que revisar ese lugar de víctima. ¿Viste ese libro de Virginie Despentes, Teoría King Kong? Ahí dice: “tenemos que salir a la calle y estar dispuestas a ser violadas”. ¡Y sí, es así! A mí me tocaron el culo quinientas veces, a todas, ¿y qué?, ¿somos víctimas? Qué se yo. Nada es blanco ni negro. Nada es tan suavecito y hermoso como dicen ahora en estos discursos del bien decir. Meter las patas en el barro me parece necesario porque sino se convierte todo en algo esmerilado.

—Dante, su pareja, tampoco sería un victimario.

—No mató a nadie, no es un criminal. Tenés un amigo que es un poco raro: lo querés o no lo ves más. ¿Habría que hacer leyes más severas? Desconozco. Son esos bordes de la violencia que están en todos lados. Hay una justicia que se encargará de juzgar a quienes verdaderamente son criminales.

—¿Cómo ves la maduración del feminismo, de sus discursos, en relación a estos temas, sobre todo teniendo en cuenta que ya transcurrió un tiempo desde su irrupción mainstream?

—Después de tanta corrección política, después de que empezaron a salir toda esa cantidad de críticos, ahora veo esos discursos un poco más blanditos porque no podés ser un extremista del bien decir o del bien hacer y que todo sea de una manera porque eso se resquebraja solo. Quizás soy optimista, pero veo toda una crítica de un montón de gente y esos discursos extremistas se fueron ablandando.

(Gustavo Gavotti)
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—¿Es una novela sobre violencia género?

—Él nunca le pega ni nada. No sé, es raro. Lo quise hacer en un borde. ¿Es una violencia psicológica? ¿Él no es consciente? La pensé como una novela sobre el deseo femenino, no como una novela sobre violencia de género, para nada. Pero puede ser. Son las lecturas las que completan el sentido de una obra, más allá de lo que yo quise hacer. Ella elige estar ahí, no es que no ve la violencia. Ella en un momento hace la cuenta de cuántas cajas necesita para llevarse sus cosas y mudarse. Eso es que la ve. Pero en realidad tampoco tiene la determinación de irse porque no está pensando: “ay, pobrecita yo, soy una víctima”. No lo es. Ella duda en irse, son las dudas que tenemos todos. Vos estás con una pareja y decís: “lo mando a la mierda, no lo aguanto”. En esta pareja está esa duda.

—Sí es una novela de amor.

—El amor es un tema que me interesa, sí, también la intimidad. Así que podría pensarse como una novela sobre el amor, pero justamente porque dice lo que no se dice. Me interesa siempre estar tratando de meter el dedo en lo que no se ve o en lo que no se dice, porque me parece que es lo más interesante de una época. Si te quedás con lo que dicen los discursos más genéricos no pasa nada.

—Y aparece la maternidad como tema. Sin spoilear nada de la novela, ¿qué ves en ese gran tema y la forma en que hoy se construyen esos discursos?

—Para mí la maternidad es un gran interrogante. Solamente me interesa que se disparen preguntas acerca de eso. No me puse a pensar la maternidad en particular... nunca. Pero sí es algo que anda rondando en los discursos sociales: “la maternidad esto”, “la maternidad lo otro”. También está todo el mundo diciendo qué es la maternidad y a mí eso ya me expulsa. Yo soy madre y trato de no juzgar ningún tipo de maternidad, y que sean mejores las preguntas disparadoras. No sé, hoy es raro. Me parece que está como de moda la maternidad. Y es tan amplio el tema que es muy difícil abordarlo con seriedad, quizás sacando las cuestiones más históricas, más etnográficas, pero desde la subjetividad para mí es un interrogante absoluto que no hay que cerrar, esa es la mejor manera de tratarlo.

—La última: ¿Lara es feminista?

—No. No le interesa. Es una mujer del siglo XXI como cualquier otra. No tenés que ser feminista para trabajar y ganar tu guita. Es una cosa de supervivencia, no tiene que ver con el discurso feminista. En el siglo XXI debe haber muy pocas mujeres que quieren casarse y tener hijitos en el sentido clásico y que las mantenga un señor. No sé, por ahí porque soy porteña, no conozco a nadie que quiera eso. Lara es una mujer del siglo XXI sin etiquetas.


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