El estadio Maracaná se convirtió en una marea amarilla de felicidad (Nicolás Stulberg)
El estadio Maracaná se convirtió en una marea amarilla de felicidad (Nicolás Stulberg)

La intensa lluvia que sorprendió en la tarde de Río de Janeiro no opacó el clima festivo de los hinchas. Desde temprano los fanáticos fueron arribando al Maracaná con la ilusión de celebrar la coronación del único título que le faltaba al Scratch.

Algunos se animaron a los disfraces, otros llegaron con las camisetas de sus respectivos equipos locales, pero la mayoría estaba con la tradicional remera verdeamarelha de su selección. Un puñado de argentinos se animó a observar el partido con la albiceleste y, como era de esperar, no pasaron desapercibidos. Las canciones referentes a las burlas a Maradona y a los escasos títulos criollos de los últimos tiempos se hicieron sentir a cada minuto.

El estadio repleto se convirtió en una marea amarilla de pasión, y el tiro libre que despertó el jolgorio confirmó que la alegría era brasileña. Antes de la ejecución del delantero del Barcelona, desde las gradas se escuchó un olé, olé, olá, Neymar, Neymar… y el astro no falló. El golazo hizo vibrar las instalaciones para que el sueño dorado sea cada vez más firme.

Neymar en la ejecución del tiro libre que derivó en el 1 a 0 (Nicolás Stulberg)
Neymar en la ejecución del tiro libre que derivó en el 1 a 0 (Nicolás Stulberg)

Sin embargo, cuando Maximilan Meyer emparejó las acciones los fantasmas del Mundial sobrevolaron en el Maracaná. Los rostros de preocupación representaron los recuerdos de lo que había sucedido dos años antes ¿Sería capaz el combinado germano de aguar otra vez la fiesta sudamericana?

Tras la finalización de los 90 minutos reglamentarios, la música de la Guerra de las Galaxias y Rocky aportaron para el suspenso y la acción. De modo que en el suplementario las emociones se convirtieron en un manojo de nervios, y el fastidio por los constantes contragolpes desperdiciados generaron la angustia.

Como la media hora de alargue no modificó el marcador, el título tuvo que resolverse a través de los penales. Mientras los entrenadores elegían a los tiradores, los encargados de los parlantes optaron por cambiar las cortinas musicales y con una samba brasileña intentaron relajar a los protagonistas e hinchas. Algo que nunca sucedió.

El plantel de Brasil en lo más alto del podio por primera vez en su historia (Nicolás Stulberg)
El plantel de Brasil en lo más alto del podio por primera vez en su historia (Nicolás Stulberg)

Cada remate alemán fue acompañado por una ensordecedora silbatina que se silenciaba inmediatamente con las conversiones germanas. En cambio, durante los disparos locales la tensión se robaba el protagonismo hasta que la pelota tocara la red. En esos instantes el desahogo le daba lugar a una nueva ola de reprobación hacia los europeos.

La tendencia se repitió hasta el quinto penal. Los nervios de Nils Petersen convirtieron a Weverton en héroe y antes del turno del capitán, la torcida ya se sentía campeona. Los celulares iluminaron las tribunas porque todos los presentes se querían llevar el recuerdo del último gol.

Como si se tratara de una película de Hollywood, Neymar tomó el balón y selló el 5 a 4 para que Brasil pueda festejar en su propia casa. El pentacampeón del mundo logró subirse a lo más alto del podio por primera vez en su historia y rompió con la maldición que sufrió durante tanto tiempo. En Río de Janeiro ya no se hablará más del Maracanazo.