
“¡Matarme no hará regresar a ninguna de las víctimas! ¡El Estado me está asesinando! ¡Nunca sabrán dónde están los otros! ¡Bésenme el culo!”, gritó John Wayne Gacy mientras lo ataban a la camilla donde le aplicarían la inyección letal. Mientras el líquido mortal entraba en sus venas, más de un millar de personas estaban reunidas en el patio del Ayuntamiento de Chicago con globos y pancartas que celebraban la esperada muerte de “Pogo el payaso”, el asesino en serie responsable de la violación y la muerte de decenas de varones de entre 14 y 21 años. Sufrió mucho al morir, porque el proceso demoró 18 minutos, aproximadamente cuatro veces más de lo habitual en ese tipo de ejecuciones.
John Wayne Gacy no quería morir. Pasó los últimos catorce años de su vida, desde que lo condenaron el 12 de marzo de 1980, presentando un recurso tras otro para escapar a la pena de muerte, mientras dedicaba su tiempo en la celda de la cárcel de Crest Hills, Illinois, para desarrollar la vocación que había descubierto en la cárcel: pintar al óleo. Pintaba obsesivamente, casi siempre a sí mismo como “Pogo”, aunque a veces se le daba por dibujar y colorear a Blancanieves.
Su carrera criminal había durado seis años, de 1972 a 1978, durante los cuales engañó, secuestró, violó y asesinó a por lo menos 33 adolescentes y jóvenes sin ser atrapado, oculto detrás de la fachada de un exitoso empresario que llegó a fotografiarse con una primera dama de los Estados Unidos porque se destacaba por sus actividades benéficas, que realizaba disfrazado de payaso. Todos adoraban a su personaje, “Pogo el payaso”, mientras Gacy cometía sus crímenes sin utilizar ningún disfraz.
Esa cadena de crímenes terminó abruptamente el 21 de diciembre de 1980 cuando, ya acorralado como sospechoso de la desaparición de un adolescente, volvió a su casa después de consultar con su abogado. Sabía que iban a librar una orden de allanamiento, que levantarían los pisos de la vivienda y que no tendría escapatoria porque allí estaban los cuerpos de muchas de sus víctimas. El letrado le aconsejó que se entregara y confesara voluntariamente para evitar la pena de muerte, pero Gacy no fue directamente a la comisaría, sino que decidió cambiarse antes de traje. Eso marcó para él la diferencia entre la vida y la muerte, porque cuando llegó a su casa la policía lo estaba esperando con la orden judicial firmada, picos, palas y otras herramientas para cavar. Uno tras otro, fueron apareciendo 16 cadáveres enterrados. En los años siguientes encontrarían más, allí y en otros lugares que había elegido para deshacerse de sus víctimas.

La maldición de un nombre
Dicen que los nombres marcan a las personas, para bien o para mal. Este último fue el caso de John Wayne Gacy, cuando nació el 17 de marzo de 1942 en los suburbios de Chicago. Fue el segundo de los tres hijos de John Stanley Gacy y Marion Elaine, un típico matrimonio de clase media baja norteamericana. John padre era un maquinista ferroviario amante de la pesca, los deportes duros y la bebida, cuya mayor aspiración era tener un hijo varón para educarlo como “un verdadero hombre”. Por eso, el nacimiento del chico le dio una alegría que le hizo olvidar la frustración que había sentido con la llegada de Karen, su primogénita.
En el momento de inscribirlo en el registro civil, el bueno de John Stanley no dudó, porque tenía pensado el nombre para su hijo varón desde hacía mucho tiempo: no lo anotó como John Wayne porque quería que fuera un gran actor como el protagonista de La Diligencia, sino porque ese nombre representaba el arquetipo de masculinidad dura que él tanto admiraba. Para decirlo todo, quería un hijo tan macho como el otro John Wayne, el famoso.
Esas ilusiones paternas no demoraron en dar paso a la decepción. El pequeño John Wayne distaba de ser lo que su padre pretendía: era un chico obeso, que evitaba jugar con los otros pibes del barrio y prefería quedarse en casa, pegado a las polleras de su madre y de sus hermanas. En la escuela se mostraba tímido y solitario y sus notas estaban lejos de ser mínimamente buenas. “Mamá era la confidente de John. Él se le acercaba y le contaba muchas cosas que no se atrevía a decirle a papá. Creo que mi papá pensaba que le ocultaba secretos y eso le molestaba. Entonces discutía con mamá y a veces discutían muy fuerte”, contaría muchos años después Karen, la hermana mayor del asesino.

Decepcionado al ver que su hijo se desviaba del camino que él había soñado al elegirle el nombre, el padre del pequeño John decidió enderezarlo a los golpes. Cuando volvía del trabajo, John padre se encerraba en el sótano de la casa, donde tenía un taller, y le daba a la botella de brandy. Ya entonado, subía cinturón en mano para “corregirlo” y le pegaba al tiempo que le gritaba “maricón”, “estúpido” y “nene de mamá”. Ya fuera por esos golpes o simplemente porque no quería desilusionarlo, al llegar a la pubertad, John Wayne intentó por todos los medios cumplir con las expectativas de su padre. Tenía doce años cuando se inscribió en los boy scouts y se ganó las “insignias de supervivencia” en un campamento.
Exhibió con orgullo su logro, pero por dentro al chico le pasaban otras cosas. Uno de sus amigos de entonces, Barry Basheley, recordaría años después –cuando John Wayne ya esperaba su ejecución en el pabellón de la muerte– que una tarde, mientras jugaban en su casa, Johnny se bajó los pantalones y le mostró que tenía puesta una bombacha de su madre. “¿Por qué usás eso?”, le preguntó extrañado. “Porque me gusta verme vestido de mujer”, le contestó John Wayne, una respuesta que habría horrorizado a su padre y también al varonil actor de Río Bravo.
Aún así, seguía tratando de complacer a su padre. En el colegio secundario salió con varias de sus compañeras, con las que solía pasear cerca de su casa para que John Stanley lo viera y se pusiera contento. También intentó practicar algunos deportes, pero pronto tuvo que desistir: se desmayaba cuando corría. Los médicos le descubrieron un coágulo en la cabeza y le recetaron medicamentos para disolverlo, pero John padre no creía que su hijo tuviera un problema de salud, sino que fingía los desmayos para dejar de estudiar y de hacer deportes. Para “curarlo” usó su medicina preferida: los golpes.
Durante los años siguientes pasó por cuatro colegios, pero no llegó a graduarse. Harto de los maltratos de John padre –al que, sin embargo, seguía queriendo satisfacer– se fue de su casa y de la ciudad para trabajar en una funeraria de Las Vegas. “No podía hablar con mi padre. Estaba destrozado. Yo era un tonto, un estúpido que nunca llegaría a nada. Decidí mandar todo al diablo”, explicó años después, en una entrevista que dio en la cárcel. Duró apenas tres meses en el empleo: lo echaron al descubrirlo acostado junto a un cadáver.

Una fachada matrimonial
Alejarse de su padre no mejoró las cosas, porque aún a la distancia seguía tratando de cumplir con su mandato. En 1962 se mudó a Springfield, Illinois, donde consiguió trabajo en una zapatería. También retomó los estudios secundarios, los terminó y se inscribió en la Escuela de Negocios. Hacía todo lo posible por mostrarse sociable. En la zapatería conoció a una clienta, Marlynn Myers, con quien se casó en septiembre de ese año. Se mudaron a Waterloo, donde trabajó como gerente de un restaurante de la cadena Kentucky Fried Chicken, cuya franquicia pertenecía a la familia de su mujer.
Por entonces comenzó a frecuentar la Cámara de Comercio, donde primero integró la comisión directiva y después fue elegido vicepresidente. Se codeaba con los empresarios de la ciudad y empezó a participar de actividades benéficas. También se interesó por la política, y tuvo un papel relevante en la campaña electoral del gobernador de Illinois, Otto Kerner. Su nombre salía en los diarios, como un importante miembro de la comunidad.
En la intimidad, el matrimonio funcionaba a medias. “John Wayne contrajo nupcias en 1964, y debido a sus problemas sexuales, muy rara vez conseguía una erección y en una ocasión que la consiguió, engendró a su hijo, Michael. Aquel año también tuvo su primera experiencia homosexual”, escribió profesor de sociología de la Universidad de Alabama, Dennis L. Peck, en un estudio sobre su caso.
La impotencia lo hizo buscar otros rumbos para ver si de esa manera funcionaba. Así, en las reuniones con empresarios que visitaban la ciudad para participar de los eventos de la Cámara de Comercio, John Wayne encontró una actividad sexual que lo satisfacía. Luego de los encuentros, invitaba a varios de ellos al Hotel Clayton House, donde veían películas pornográficas y tenían sexo grupal con prostitutas. Marlynn se enteró, porque era un secreto a voces, pero dispuesta a salvar su matrimonio, en lugar de reprochárselo le pidió a John Wayne que la invitara a participar. Se integraron a un grupo swinger. En una visita que les hizo la hermana de John, Karen, Marlynn le contó lo que hacían. “Me dijo que a veces regresaban a casa con otras personas. Yo creí que era una broma, pero cuando me di cuenta de que era en serio la imagen de mi hermano y de mi cuñada se me vinieron abajo”, contaría muchos años después, cuando Gacy ya estaba en el pabellón de la muerte.

Violar a un chico
Durante un tiempo, esa actividad sexual compartida con Marylinn pareció estabilizarlo. Se sentía un tipo normal e, incluso, exitoso: era empresario, un reconocido miembro de la comunidad, era padre de otra hija, Christine, y había encontrado una vida sexual que lo unía a su esposa. Fue un espejismo que duró poco, porque seguía queriendo más: no podía dejar de desear a los adolescentes varones, le gustaban más que cualquier mujer. Mucho más.
El deseo se volvió incontenible y la oportunidad de hacerlo realidad se le presentó una noche de 1967, mientras su esposa y sus hijos estaban de viaje, y pudo invitar a un adolescente de 15 años, Donald Vorgese, a su casa. El chico era hijo de un senador amigo de John Wayne. Lo emborrachó y lo obligó a practicarle sexo oral; después le dio quince dólares y le dijo que si contaba lo que había pasado nadie le creería. Después de unos días de duda, Donald se atrevió a hablar con sus padres. En marzo de 1968, John Wayne fue detenido y acusado de sodomía. Dijo que su víctima mentía y se ofreció a someterse al detector de mentiras. El resultado fue desastroso para él: “La única cosa verdadera que dijo fue su nombre”, concluyó el informe del técnico.
El caso se hizo público y no demoraron en aparecer otras víctimas –adolescentes acompañados por sus padres– que también lo denunciaron. Fue juzgado y condenado a diez años de cárcel en centro penitenciario estatal de Anamosa. Para Marlynn fue demasiado: pidió el divorcio. John Wayne volvería a verla nunca, como tampoco a sus dos hijos.

Pese a que la condena era larga, de manera insólita Gacy fue liberado por buena conducta después de 18 meses, el 18 de junio de 1970. Volvió a Illinois, donde salvo su familia de origen, nadie sabía de su condena ni de sus causas. Allí fundó una compañía constructora, PDM Contracting, y compró una casa en el suburbio de Norwood Park Township. Se sumó a la Cámara de Comercio y también se afilió al Partido Demócrata y volvió a realizar actividades benéficas. Mostraba orgulloso la portada de un diario local donde se lo veía fotografiado junto a la primera dama de los Estados Unidos, Rosalynn Carter. En el living de su casa exhibía la fotografía original, dedicada de puño y letra por ella: “Para John Gacy. Los mejores deseos”.
Entre sus actividades de buen ciudadano y empresario animaba eventos de recaudación de fondos, donde entretenía a los niños disfrazado de “Pogo el payaso”, como había decidido llamar al personaje. Para completar la buena imagen, volvió a casarse, ahora con Carole Hoff, una antigua compañera de escuela de su hermana Karen. Desconocedores de su pasado criminal, los vecinos lo consideraban un ciudadano ejemplar, amable, servicial y solidario. Sin embargo, puertas adentro de la casa, la situación no era la mejor. Carole le reprochaba que no tenían relaciones sexuales y que, cuando lo intentaban, rara vez John Wayne lograba tener una erección. Sospechaba que la engañaba y le encontró una colección de revistas pornográficas en el sótano. Se separaron en 1976 y John quedó viviendo solo en la casa. Con esa libertad, “Pogo” la convirtió en escenario de sus crímenes.

El payaso asesino en serie
Lo que la divorciada Carol no sabía era que John Wayne, el querido y admirado “Pogo el Payaso”, ya había violado y matado a dos adolescentes. La primera violación seguida de muerte cometida por John Wayne Gacy databa del 2 de enero de 1972. Aprovechando la ausencia de Carol había recogido con su auto a Timothy McCoy, un chico de 15 años. Lo llevó a su domicilio, lo violó y lo mató a puñaladas. Después lo enterró en el sótano.
Se asustó y trató de contenerse, tanto que hizo una pausa de tres años antes de cometer el segundo crimen. El 29 de julio de 1975 violó y estranguló a John Burtkovitch, de 16 años, y también lo enterró en el sótano. “Le hice un torniquete, lo sofoqué. Cuando querés matar a alguien se lo ponés al cuello, le das tres o cuatro vueltas y deja de moverse”, contaría en 1992, ya confinado en el pabellón de la muerte.
Entre marzo de 1976 y diciembre de 1978, engañó, violó y mató a otros 31 jóvenes de entre catorce y veinte años. A casi todos los esposó y los estranguló después de abusar de ellos. A 26 de sus víctimas las enterró en el sótano de la casa, a tres bajo el piso de otras habitaciones, y a las cuatro restantes las tiró embolsados en un río cercano. La cantidad de cuerpos en descomposición que había debajo del sótano provocaba fuertes olores y varios vecinos le tocaron la puerta de la casa para preguntarle qué pasaba. “Hay un problema de humedad, eso lo provoca. Pronto lo voy a solucionar”, les contestaba el siempre afable John Wayne. Los vecinos le creyeron. Después de todo, “Pogo el payaso” era un tipo tan simpático, amable y servicial. No se explicaban por qué Carol había abandonado a un hombre tan bueno.
Nadie sospechó de John Wayne Gacy hasta el 13 de diciembre de 1978. Un día antes había desaparecido un adolescente de 15 años, Robert Priest. Cuando salía de su casa, el chico le había dicho a su madre que iba a una entrevista de trabajo con Gacy. Cuando Robert no volvió en toda la noche, la madre fue a preguntarle a Gacy si sabía qué le había pasado. Le respondió que el chico no se había presentado a la entrevista. La mujer no le creyó y lo denunció. Cuando lo interrogaron, “Pogo” se mantuvo firme en su versión: el chico nunca había ido a la entrevista. Lo liberaron.

Un modelo para Stephen King
Gacy creyó que había engañado a los policías y estaba libre de toda sospecha. Se equivocaba, porque los investigadores de la desaparición de Robert esperaban una orden de allanamiento que no llegaba. El juez demoraba en firmarla con el argumento de que no estaba convencido de que fuera sospechoso. La policía siguió vigilándolo, pero los agentes no fueron todo lo discretos que exigía esa misión. El sospechoso descubrió rápidamente que lo estaban controlando y con la amabilidad y simpatía que había hecho célebre a “Pogo el payaso” invitó a los policías a almorzar en su casa. Mientras comían, le preguntaron por el fuerte olor que había allí dentro y John volvió a hacer el cuento de siempre, el de la maldita humedad, un molesto problema que estaba tratando de solucionar.
Algo en la actitud de los policías hizo que ese día Gacy se diera cuenta de que estaba perdido. Seguro de que tarde o temprano la orden de allanamiento llegaría y no tendría escapatoria, el 21 de diciembre de 1979 fue al estudio de su abogado y le confesó sus crímenes. Ya era demasiado tarde, cuando regresó a su casa para bañarse y cambiarse el traje antes de presentarse en la comisaría, los agentes lo estaban esperando para detenerlo.

El juicio contra “Pogo el payaso” comenzó el 6 de febrero de 1980 en los tribunales de Chicago. Por recomendación de sus abogados defensores, John Wayne Gacy se declaró inocente y alegó que tenía problemas mentales que no lo hacían responsable de sus actos. Como esta defensa fue rechazada después de que le hicieran varios estudios psicológicos, cambió su táctica y dijo que todas habían sido muertes accidentales, ocurridas durante actos sexuales consensuados en los que había practicado la “asfixia erótica”. Tampoco funcionó.
El 12 de marzo el tribunal lo sentenció a varias cadenas perpetuas consecutivas que, de todos modos, no podría cumplir porque también le impusieron varias penas de muerte. Pasó catorce años en el pabellón de la muerte, mientras sus abogados obtenían postergaciones y apelaban las condenas. Finalmente, fue ejecutado mediante una inyección letal el 10 de mayo de 1994.
Para entonces John Wayne Gacy no solo era famoso por sus terribles crímenes sino también como inspirador de uno de los más famosos escritores de novelas de terror. En una de las tantas entrevistas que le hicieron en 1986, cuando presentó It. El Payaso Asesino, una de las obras más exitosas de su prolífica carrera, le preguntaron a Stephen King cómo había construido un personaje tan terrorífico. “Me pregunté, ¿qué asusta a los niños más que nada en el mundo? Y la respuesta fue los payasos. Entonces recordé la historia de Gacy. Me sirvió para crear al payaso Pennywise”, respondió.
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