Domingo Faustino Sarmiento
Domingo Faustino Sarmiento

Se cumplen hoy 130 años de la muerte, en Asunción del Paraguay, de Domingo Faustino Sarmiento. Había nacido en 1811 en San Juan. 77 años llenos de aventuras, marchas y contramarchas, proyectos, viajes, misiones y, sobre todo, ideas. Miles y miles de ideas.

Sarmiento fue capitán del Ejército, fundador de un diario y de un colegio secundario para señoritas, refugiado político, concejal porteño, diplomático, gobernador de San Juan y presidente de La Nación y escritor de una obra cuya primera edición integral, en 1903, ocupó 52 volúmenes.

Sarmiento parecía perseguir sus propias ideas para que no se le escaparan, tanto cuando las ponía sobre el papel como cuando quería llevarlas adelante, desde la multiplicidad de posiciones que ocupó a lo largo de su vida. Y si hubo un momento en el cual el slogan de Mayo del 68, "La imaginación al poder", fue puesto en acción, fue durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento.

La absoluta libertad mental de Sarmiento, una creatividad desbordante como nunca se había visto en la Argentina ni se volvería a ver, encontró en el cargo de presidente de la Nación el grado suficiente de libertad política como para volverse realidad. Quiero hacer una enumeración porque verlo todo junto es realmente sobrecogedor y no hay otra manera de darse una real dimensión del aporte de este hombre a lo que este país todavía tiene de bueno.

Durante su presidencia las provincias fundaron, con apoyo de la Nación, 800 escuelas de primeras letras. Fundó las primeras escuelas normales y subvencionó la primera escuela para sordomudos. Fundó los colegios nacionales de La Rioja, Santa Fe, San Luis, Jujuy, Santiago del Estero, Corrientes y Rosario. Fundó escuelas de arboricultura y agronomía en San Juan, Mendoza, San Miguel de Tucumán y Salta. Fundó la Biblioteca Nacional de Maestros e impulsó la creación de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, activa hasta la actualidad. Al cabo de su presidencia la población escolar había pasado de 30.000 a 110.000 alumnos. Y ya que hablamos de números y poblaciones: fue durante su presidencia que se realizó el primer censo nacional.

Pero hay más. Fue Sarmiento quien plantó la primera vara de mimbre en el Tigre y quien introdujo las nueces Pecan en el país. En 1871, ya presidente, realizó una Exposición de Artes y Productos Nacionales en la ciudad de Córdoba, en la que se promovieron productos autóctonos, agropecuarios e industriales, de todas las regiones del país, pero también se publicitaron distintas maquinarias agrícolas e industriales disponibles para importar. En esa exposición, casualmente, recibió el propio Sarmiento una medalla por haber introducido el mimbre a la Argentina. Poco tiempo después se fundarían la Academia de Ciencias de Córdoba y el Observatorio Nacional de Córdoba… Sarmiento impulsó la creación de las cátedras de mineralogía en los colegios nacionales de Catamarca y de San Juan.

Durante su presidencia se construyeron los puertos de Zárate y de San Pedro y la red ferroviaria se extendió un 132% en seis años. Sobre el final de su mandato, el 5 de agosto de 1874, tuvo lugar la primera comunicación telegráfica con Europa, punto culminante de una obra monumental, a saber: el tendido de cinco mil kilómetros de líneas telegráficas durante los años anteriores. Animado por la idea de que el telégrafo terminaría haciendo de todos los pueblos "una familia sola y un barrio", decretó que ese día fuera declarado feriado nacional (en esto también fue, hay que decirlo, un visionario…).

¿Puede apreciarse mayor testimonio, en la historia de la Argentina y hasta en la historia más o menos reciente del mundo entero, de que la política es el arte de lo posible? Pero también de volver posible lo que hasta poco tiempo antes parecía imposible.

Durante muchos años, el sedicente progresismo argentino se ocupó de denostar la figura del Padre del Aula (Padre de Tantas Otras Cosas, según acabamos de ver), socavando sus méritos como intelectual, como político o ambas asimetrías a la vez. Esa línea ideológica encuentra su mayor expresión cuando se critican, so pretexto de la soberanía y la independencia políticas, la que quizás haya sido la iniciativa más radical y más genial de Sarmiento: haber traído 61 maestras primarias de los Estados Unidos. La creatividad infinita de nuestro prócer con esta medida (a la que Julio Crespo llamó, empleando las palabras del propio Sarmiento para describir a los Estados Unidos, "un disparate grande y sublime") se recorta contra el fondo decadente y deprimente del anti imperialismo vernáculo.

Esta triste e inexplicable decadencia anti sarmientina llegó a ser encarnada por la entonces presidenta de todos los argentinos, Cristina Fernández de Kirchner, por su ministro de Educación, Alberto Sileoni, y por infinidad de materiales didácticos en museos, libros de texto y programas televisivos infantiles, como el episodio del niño Zamba en su encuentro con Sarmiento, donde queda retratado como un viejo reaccionario, mal llevado, mentiroso (!) y que odiaba a los niños (!!!).

Afortunadamente, eso parece estar cambiando. No reina hoy en la Argentina un espíritu anti sarmientino, aunque seguramente pervivan muchas de sus expresiones a lo largo y a lo ancho del país. Pero más allá de las palabras y las ideologías, de los homenajes o los antihomenajes, como de hecho los hubo y los seguirá habiendo, lo indiscutiblemente cierto es lo siguiente: cualquier Argentina que se desarrolle económicamente, que tenga educación pública, que haga censos, que tenga transporte, que fomente el comercio interior y exterior, que se preocupe por mejorar la calidad de vida de sus habitantes, que invite a los extranjeros a vivir aquí y desarrollar su proyecto de vida, que no le tenga miedo al progreso, que premie el mérito, en fin: cualquier Argentina más preocupada por el futuro que por el pasado, solo será posible porque en este país y no en otro existió Sarmiento.

Entre su vida y su obra no hubo mayor diferencia y ambas parecen haber respondido a una misma obsesión: el futuro. Sarmiento hizo miles de cosas distintas, siempre de un modo desordenado, atropellado y genial, y siempre pensando en cómo esas cosas iban a implicar un futuro mejor para el país, la riqueza de sus habitantes, los niños y los adolescentes, él mismo o todo eso a la vez.

Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano escribieron sobre el estilo literario de Sarmiento: "Hay una teoría romántica del impromptu a la cual los métodos de la escritura de Sarmiento no son ajenos: el movimiento, aun desordenado, de la escritura reproduce en la superficie del texto el oleaje de la inspiración, la percepción violenta e instantánea de la verdad literaria que es, a la vez, verdad histórica". Y en Recuerdos de provincia Sarmiento se describió de esta manera: "Yo sigo sin rumbo, sin blanco fijo, cediendo a impulsos que me llevan adelante". Son esos mismos impulsos los que siguen llevando este país adelante.

* Eugenio Monjeau escribió junto con Helena Rovner el libro La mala educación (Sudamericana, 2017).