Portada de “Disparen a Sarmiento”, de Mauricio Meglioli
Portada de “Disparen a Sarmiento”, de Mauricio Meglioli

El título completo del trabajo de Meglioli –Disparen a Sarmiento. Y otras bazofias del revisionismo populista– lo dice todo. El autor, responsable entre otros trabajos de una edición crítica de las Obras Completas de Sarmiento, hace un repaso crítico de la producción de los "revisionistas K", a la que duramente califica de "no historia" porque no cumple con "las pautas mínimas de rigor profesional o académico que merece la historia como ciencia, tornando sus textos en meros panfletos políticos".

Meglioli sostiene que este tipo de revisionismo populista suele surgir en "épocas de crisis, de anomia institucional y de caos social". La suya, vale aclarar, no es una condena a todo el revisionismo; por el contrario, rescata a varios autores de corrientes revisionistas pasadas, sino a una tendencia reciente al recorte y a la deformación de la historia al servicio de la lucha política presente.

Desde Madrid, donde cursa el doctorado en Historia de la Universidad Autónoma de esa ciudad, respondió a las preguntas de Infobae. Y al final, hace una interesante recomendación de lecturas sobre y de Sarmiento.

—Usted tiene una visión muy crítica hacia la nueva corriente revisionista promovida en estos años por el kirchnerismo. ¿Cuál es el principal cuestionamiento que les hace?

—Sí, en mi libro analizo el discurso histórico construido justamente entre 2004 y 2015, y en el que analizo principalmente los libros de Felipe Pigna, Pacho O'Donnell y algunos otros miembros del ya extinto ¨Instituto Dorrego¨. Las críticas son muchas, pero la principal sería que inventaron, sin ninguna rigurosidad, una "historia¨ que se corresponde bastante poco con lo que sucedió en el pasado, y es más bien un relato político muy funcional al gobierno de entonces, y que produjo una abstracción, o un simple listado de malos o villanos de nuestra historia, por un lado, y por el otro lado, los buenos o héroes. Lógicamente este último glorioso panteón terminaba con la foto del matrimonio presidencial.

—En contraposición con esto, ¿qué historiadores argentinos −del pasado o contemporáneos− le parece a usted que se ajustan a lo que en su libro desarrolla como las "pautas para ser un buen historiador"?

—Probablemente la mayoría se ajusta a pautas básicas de la metodología de la historia. En Argentina siempre hemos tenido excelentes historiadores, es decir, profesionales rigurosos y objetivos que han hecho contribuciones importantes al conocimiento del pasado. Hay muchos libros argentinos que tienen varias décadas y se siguen citando en publicaciones recientes de España, por ejemplo. También hay muchos historiadores argentinos radicados en el exterior que son muy profesionales, como Juan Carlos Garavaglia. Hay otros que por suerte enseñan en la Argentina, y que son muy respetados en el exterior, como Noemí Goldman y Elías Palti. Por supuesto, casi todos los que enseñan en las decenas de universidades de nuestro país, los actuales miembros de la Academia Nacional de la Historia, de las Juntas provinciales y de la mayoría de los Institutos y los redactores de revistas especializadas como Prismas o Todo es Historia. Hay mucha gente que pasa mucho tiempo en los archivos y bibliotecas, y que no llega a los medios masivos o a las grandes editoriales.

—¿Tiene un historiador favorito?

—Es una pregunta que hoy respondería con el nombre de Robert Darnton, un historiador de Harvard, en especial por afinidad de temas, forma de investigar y de escribir la historia. Hace diez o quince años hubiera dicho Tulio Halperin Donghi, que me sigue fascinando, pero ya no se puede redactar de la manera tan recóndita en que lo hacía él. También, permítaseme decir, hay muchos historiadores que admiro por su profesionalidad y grandes contribuciones, como Miguel Ángel de Marco, Natalio Botana, María Sáenz Quesada, José Luis Romero y Ricardo de Titto. Y merece ser recordado Félix Luna, quien hizo una historia rigurosa y fue un pionero en lograr que esos contenidos lleguen a un público no académico.

—A propósito, usted atribuye el éxito editorial que han tenido algunos exponentes de este nuevo revisionismo a la necesidad de la sociedad de encontrar culpables post crisis del 2001. ¿No había además un vacío en materia de historia de divulgación que estos ensayistas vinieron a llenar? ¿No es posible hacer una buena o seria historia de divulgación? ¿O, dicho de otro modo, una historia académica, fundada, documentada, que no sea tediosa?

—El año 2001 fue un año de quiebre, un año traumático, donde hubo un consenso mayoritario sobre aquello de "que se vayan todos". Pero, en muchos ámbitos vinieron otros más malos, aunque con un discurso muy elocuente. Y en esa búsqueda de nuevas respuestas, justamente pareció creíble una nueva historia y también muy lógico desechar la totalidad de nuestra antigua biblioteca. Por supuesto que en todo esto hubo mucho respaldo de los medios. Si la gente veía a un historiador en Telefé, Canal 13 y Canal 7 dos o tres veces por semana, lo escuchaba a diario en Mitre y los fines de semana lo leía en Clarín -antes de la crisis del campo, claro- y, además, se exhibían sus publicaciones en las marquesinas de todas las librerías y hasta en los kioscos, el mensaje difundido era el de un discurso con una autoridad incuestionable. Pero hoy podemos ver sus graves inconsistencias, y debemos tratar de rescatar la biblioteca que siempre estuvo en casa. Siempre hubo muy buena historia, rigurosa, seria y objetiva, para distintos niveles de lectores y para diversas inquietudes. Hay que buscar los libros que están en los rincones de las librerías y preguntarles a los libreros, a los libreros de siempre. No compraría un libro porque está en el stand más ostentoso de la Feria del Libro o en el tope de los más vendidos. Si uno mira a la mayoría de los bestseller de no ficción del pasado reciente, ya sea en humanidades o ciencias, han sido libros malos o poco originales, como el de Feinmann y González o los de Lousteau o Bachrach. Es decir, hay un fenómeno editorial, especialmente en Argentina, que produce grandes cantidades de libros de muy poco valor y originalidad y poca rigurosidad. No solo en la Historia.

—¿Por qué cree que tomaron a Sarmiento como blanco principal? ¿De qué lo acusan?

—El primer revisionismo, el de finales del siglo XIX, con Adolfo Saldías –amigo de Sarmiento, señalemos−, rescató la figura de Juan Manuel de Rosas, pero no chocó contra la tradición liberal, ni con Rivadavia, Urquiza o Mitre. Luego vino el nacionalismo ultracatólico, con escritores poco objetivos como Manuel Gálvez, a quienes un profeta del laicismo como Sarmiento les resultaba imposible de digerir. Gálvez dijo decenas de falsedades sobre Sarmiento en su biografía de 1945, que yo expongo en mi libro. Pero luego vino algo peor, Arturo Jauretche, quien inventó las pavadas más grandes que se han dicho del sanjuanino (y no solo sobre él). Su bestseller, el Manual de zonceras argentinas, de 1964, fue una serie de preceptos articulados básicamente para atacar a Sarmiento y al liberalismo. La ley número dos es la ¨Ley de los vencidos¨, donde dice que Sarmiento quería entregar el territorio argentino. Pero si uno lee lo que dice Sarmiento, es justamente lo contrario. El sanjuanino decía que había que aplicar el derecho internacional y estar en armonía con los ¨vecinos¨ latinoamericanos. Jamás digo ¨vencidos¨, jamás dijo que había que replegarse y entregar nuestros territorios. Es decir, todo ese librito de Jauretche hoy se cae a pedazos. Pero, curiosamente fue el libro preferido de Cristina Kirchner y muchos de sus ministros y sus subordinados compitieron en pegarle a Sarmiento con el Manual bajo el brazo, como buenos alumnos.

—¿Ninguna de las críticas que le formulan a Sarmiento tiene validez? ¿No se cae a veces, en defensa de una figura, en la contracara de lo que hace este revisionismo: es decir, una sacralización de tal o cual personaje?

—Sin dudas… Los libros más malos son los que hacen de Sarmiento un personaje de bronce y perfecto. Por suerte no hay tantos libros así sobre el sanjuanino, como los hay de otros protagonistas de la historia argentina. Quizás El Profeta de la Pampa de Ricardo Rojas. Sí hay muchos artículos descartables, por cierto,  que ponen a Sarmiento como el monaguillo perfecto o el promotor de la minería a gran escala. A Sarmiento se le pueden criticar cientos de cosas, porque hizo miles más. Pero cualquier crítica que se le haga debe ser fundada. Es decir, el historiador debe abandonar su escritorio del siglo XXI, su ambiente climatizado y u smartphone y tratar de situarse decenas de décadas atrás, cuando había que cabalgar varias jornadas para cruzar la cordillera a riesgo de que a uno le atravesaran un cuchillo en el cuello si se quedaba en su país. ¿Cómo asumir esa realidad luego de exponer la vida de esa manera? Todos los errores y barbaridades de Sarmiento deben analizarse en ese contexto. Y si tuviera que subrayar alguna crítica, diría que seguramente fue muy brutal en el uso de la palabra, pero eso al mismo tiempo potenció su genialidad.

—Del mismo modo que el revisionismo tiene sus réprobos, ¿no hace algo similar la historia llamada "oficial"? Por caso, Bernardo de Monteagudo es sin dudas un personaje que cometió errores graves. Pero, ¿fue siempre el mismo? ¿No tiene una etapa más rescatable? Más en general, ¿no habría que buscar un mayor equilibrio en el análisis de las trayectorias? Menos blanco y negro.

—Yo no intento demostrar en mi libro que los revisionistas son todos malos historiadores y que la historia ¨oficial¨ contiene una verdad incuestionable. Hay libros de miembros históricos de la Academia que no me parecen objetivos, como el Alberdi de Jorge Mayer, por ejemplo. Y hay libros de revisionistas, de los de antes, que me parecen buenos, como la Historia de la Confederación Argentina de Adolfo Saldías o eruditos como sin duda lo es la Historia de la Argentina de Vicente Sierra. Pero todos estos son textos recomendables, que deben leerse, porque se basan en investigaciones, en pruebas solventes. Quizás puedan tener una interpretación no del todo objetiva, producto de un tiempo y de las circunstancias del historiador, pero no son panfletos propagandísticos como los que hacen los revisionistas populistas de ahora. Y en referencia a Monteagudo, debo decir que es un personaje fascinante aunque, como todos, hizo cosas buenas y malas. Yo simplemente puntualizo las cosas malas o las menos positivas que borraron hace poco los revisionistas en las trayectorias de Túpac Amaru, Mariano Moreno, Belgrano, Dorrego, etcétera. Hay varios detalles que se olvidaron justamente para tratar de construir unos personajes perfectos para un discurso político. Y no hago más que recordar, en muchas partes de mi libro, lo que dijeron algunos de los revisionistas rigurosos en el pasado. Los que no tienen nada que ver con los actuales.

—¿Cuál es, en su opinión, el mayor aporte de Sarmiento a la Argentina?

—Yo no dejo de sorprenderme ante el hecho de que grandes historiadores de la actualidad de todas partes del mundo, cuando se refieren a uno de los cambios más radicales del mundo moderno, mencionan siempre a la Argentina que va de mediados a finales del siglo XIX. No lo dijo yo, lo dice, por ejemplo, el historiador alemán Jürgen Osterhammel, que publicó hace poco uno de los libros más completos sobre el siglo XIX. Esa Argentina no tenía mucho que envidiarle a Alemania en materia de educación y nuestro modelo de inmigración, de repartición de tierras y empleo fue más exitoso y más justo con las clases bajas que en Estados Unidos. Para él, la Argentina fue la verdadera tierra de oportunidades de comienzos del siglo XX. Y mucho de eso tiene que ver con el proyecto de Sarmiento, que él imaginó, copió, pero también inventó, y que puso en marcha.

—A quien no haya leído nada sobre Sarmiento, ¿qué le recomendaría?

—Hay que tratar de leer de todo… Quizás pueda decir como comencé yo. Mi primer libro sobre Sarmiento fue la novela histórica El cuyano alborotador de José Ignacio García Hamilton, con quien compartí varias conversaciones antes que falleciera. Luego leí el Sarmiento de José Campobassi, a Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Alberto Palcos. Luego, algo más especializado, los textos de Halperin Donghi, Beatriz Sarlo, Adriana Amante y Noé Jitrik. Pero si tuviera que recomendar hoy algunos en particular, te diría la nueva biografía de Miguel Ángel De Marco o el libro Yo, Sarmiento de Ricardo de Titto. Pero lo principal es volver a los textos de Sarmiento, primero Recuerdos de provincia, Facundo y Viajes. Las Obras Completas de Sarmiento están en internet y comprenden 53 tomos. El último es el índice temático. El lector puede buscar un tema que le interese y leer un artículo determinado. Allí se puede encontrar lo que pensaba Sarmiento sobre el Comunismo hasta lo que opinaba de las novelas, de Dickens o Víctor Hugo, y una infinidad de temas. Leer a Sarmiento es abrir una ventana que mira al mundo moderno.