Gloria V. Casañas en el auditorio de Grandes Libros (Foto: Rodrigo Ruiz Ciancia)
Gloria V. Casañas en el auditorio de Grandes Libros (Foto: Rodrigo Ruiz Ciancia)

Dos años atrás, Gloria V. Casañas presentaba Noche de luna larga, la primera entrega de una trilogía —o tríada, como ella prefiere decir, más ajustadamente— que tomaba como punto central el amor a fines del siglo XIX y la posibilidad de redimir conflictos morales. A esta historia le siguió Luna Quebrada, donde los personajes abandonaban el hemisferio norte para mudarse a las sierras de Córdoba.

La historia que se cierra ahora con Sombras en la luna da una nueva entidad al universo literario de Casañas, que sigue ampliándose. La trilogía de Navidad se conecta directamente con su serie histórica, ya que la protagonista de estas novelas es la hija de La maestra de la laguna.

Gloria Casañas visitó el auditorio de Grandes Libros para hablar de Sombras en la luna, pero sobre todo de la intención que persigue con sus libros y de cómo la novela romántica horada espacios para que la mujer sostenga su rol en la sociedad. [La entrevista completa puede verse en la fanpage de Grandes Libros]

Sombras en la Luna, la tercera entrega de la tríada de Navidad de Gloria Casañas
Sombras en la Luna, la tercera entrega de la tríada de Navidad de Gloria Casañas

El número tres de las novelas también se da con los personajes: en todas hay un triángulo amoroso.

—Son tres personajes principales, sí. El triángulo siempre es atractivo, sobre todo en las novelas románticas. Son personajes bastante distintos entre sí, con un pasado propio. Me gusta que el personaje femenino sea Juliana Balcarce, a la que vimos crecer y ahora le toca protagonizar su historia de amor.

En ese triángulo amoroso, los personajes se entregan a su pasión, pero no pierden su dimensión moral. ¿Por qué la pasión tiene que estar atravesada por el honor?

—No son tan honorables… Algunos tienen tormentos del pasado que les pesa en el corazón. Me pareció lindo que la Navidad fuera el escenario de tiempo, porque es el momento en que uno puede elegir renacer en sus propias cenizas. La Navidad es eso: un renacer espiritual y simbólico. Es la oportunidad de elegir una vida distinta y dejar atrás el pasado.

¿Hay que seguir, entonces, al que se equivocó y ahora puede redimirse?

—Esa es la oportunidad que da la Navidad. Son personajes bastante distitnos, sus historias son muy diversas. Quise hacer hincapié en las emociones, en los vínculos familiares que la Navidad también pone a prueba.

¿Hay momentos en que desconfiás de tus personajes?

—Nunca pierdo la fe en mis personajes. La duda está sobre cuál va a ser el destino amoroso de cada uno, pero lo voy resolviendo a medida que escribo. Los voy conociendo a medida que escribo. Hay personajes que vas desarrollando y te vas encariñando. Ellos te dan aspectos desconocidos, que vos no te imaginabas. Los personajes te dan muchas posibilidades. Cuando uno me permite profundizar, ya lo tengo cautivo, ya es uno de mis favoritos.

Hablamos de tensiones románticas, pero en las novelas hay otras tensiones que tienen que ver con el espíritu de la época.

—En la segunda novela, por ejemplo, me gustó que Juliana, al igual que su madre, fuera una pionera, pero en otro ámbito, como es el de la ciencia. Era algo que les estaba vedado a las mujeres; no porque estuviera prohibido sino porque, como no era costumbre, se consideraba que no era un espacio apropiado para la mujer. Menos en Medicina, donde el contacto con los cuerpos podía ser una afrenta al pudor.

Gloria V. Casañas
Gloria V. Casañas

En ese contexto es importante Sarmiento, ¿no?

—Él es el que abrió la puerta para que cambiara la vida de las mujeres. A través del normalismo, primero, a través de un oficio que les permitiera ser independiente. No se hace hincapié suficiente en el valor positivo de Sarmiento sobre las mujeres, para que tuvieran una profesión, que ganaran su propio dinero y para que hasta pudieran caminar solas por la calle, algo no tan común en una sociedad patriarcal como la nuestra.

Amherst es un escenario importante de la tríada y es, justamente, el pueblo de Emily Dickinson. ¿Qué tan importante es ella en tu forma de escribir?

—Elegí Amherst porque había leído una biografía sobre Emily Dickinson y me pareció una mujer distinta a todas las del momento. Distinta, incluso, a las mujeres actuales. Es única en su pensamiento, en su visión poética, en su relación con los demás. Una mujer de gran carácter.

Bueno, tus protagonistas son mujeres de mucho carácter.

—Tienen que serlo porque son heroínas de una historia. Tienen que tener algo diferente. A veces el carácter tiene un montón de defectos; no necesariamente son virtuosas. Pero siempre tienen algo que las destaca del resto.

El tiempo de las novelas es del siglo XIX y el tono también es decimonónico. ¿Por qué?

—Me gusta leer novelas de otra época. Es más: cuando investigo, las fuentes que consulto son antiguas. Primero, porque son fuentes más cercanas a la época que quiero reflejar y me parecen más fidedignas. Pero también porque me gusta representar la época incluso a través del lenguaje. Mi ideal es que cuando un lector esté leyendo mi novela se olvide del siglo en el que está viviendo. Que se sienta adentro de la historia y se olvide de lo que lo rodea. El lenguaje te lleva a ese pasado que querés recrear. Le presto mucha atención cuando escribo.

En los últimos tiempos se acentúa un cambio cultural sobre el rol de la mujer: ¿cómo te sentís con los movimientos que lo llevan adelante?

—Me parece bien que la mujer busque su lugar. No hay ningún motivo para que la mujer sea diferente al hombre. Hay que hacer hincapié en el esfuerzo, el trabajo, el talento para que no puedan decir que una ocupa ese lugar por otra razón. Yo apoyo esa dinámica. Pero no es un movimiento de ahora. En otra época había que luchar para que se nos aceptara.

Hace unos meses se hizo un festival romántico en el que participaron muchísimas escritoras y el público estaba casi exclusivamente compuesto por mujeres. Fue en pleno debate sobre la ley de interrupción voluntaria del embarazo y me llamó la atención que nadie llevara ningún pañuelo, ni celeste ni verde.

—¿Que no manifestaran la opinión? La opinión la tienen, claro, pero quizá no consideraron que era el momento de hablar de eso. Estaban movidas por el afán de cambiar pareceres con las autoras, de hablar de libros, de recrear a los personajes de las novelas. En mi página de Facebook ocurre lo mismo: hablamos de muchos temas pero no tocamos aquellos que pueden herir susceptibilidades porque no es el ámbito. Es nuestro rincón para hablar de lo que nos une.

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