Por Silvia Itkin.

Silvia Itkin
Silvia Itkin

En diciembre de 2015, había arribado a la me parecía la más convincente de las versiones del cuento "Aguas subterráneas" después de varios meses de trabajo. Era un cuento nuevo y no porque fuera nuevo, sino porque tenía otra voz.

En los últimos siete años había retomado la escritura de manera constante, tenía algunos textos ya terminados (aunque el verbo aplica de manera relativa), y pasaba por mi tercera experiencia de taller.

La primera, con Inés Fernández Moreno, fue una etapa de inmersión en las dificultades, de tanteo, de búsqueda, con la presencia de una maestra que abre, ofrece, reconoce y pide más. Muchos de los cuentos de Nunca terminamos de conocernos vienen de esa época. Cuando hubo un espacio en el mítico taller de Liliana Heker, me tiré a esa pileta y pasé un par de años allí desarmando lo que creía tener más o menos ensamblado, buscando un hilo de dónde tirar.

Lo primero que constaté tras la experiencia con Heker fue que me había convertido en una mejor lectora. La escucha de otros textos y las devoluciones, filtradas por el escáner Heker habían hecho su trabajo. Mis cuentos seguían buscándose a sí mismos.

“Nunca terminamos de conocernos”, primer libro de Silvia Itkin
“Nunca terminamos de conocernos”, primer libro de Silvia Itkin

Pasé un tiempo reescribiendo como quien no quiere la cosa, empezando nuevas historias que no terminaba. Leer era más placentero, leer era "completo". ¡Qué bien resolvían (o no) los otros en letra impresa los problemas que yo no había podido enfrentar!

Estaba en llamas con dos preciosuras en mi mesa de luz: Una excursión a los indios ranqueles, prologado por María Moreno. Había vuelto a Mansilla ya bien lejos del colegio y estaba literalmente enloquecida, solo quería hablar de eso. Al lado, la poesía de Calveyra, su obra reunida, me pedía entrar en cada poema como el remo en el agua, una y otra vez.

Pero ¿saben qué? Todo muy lindo pero no hay peor cosa cuando escribir se vuelve deuda. Ahí están los imperfectos, los inacabados, los sueltos, las frases huérfanas, las escenas que nadie vivirá en la ficción, puras tentativas. El deseo de hacerlo (enfrentarlo) y el de dejarlo así, rengo, era el golpe de una ventana mal cerrada.

En una reunión, después de un par de copas, dije: moriré inédita. Todos se rieron, nadie se mosqueó. No era para menos: la deuda con la escritura es deuda interna. Y una cosa es escribir y otra, publicar.

Mauricio Kartun (Adrián Escandar)
Mauricio Kartun (Adrián Escandar)

Durante un largo tiempo, con dos amigas participantes del taller, nos juntábamos una vez por mes a leer lo que escribíamos. Nos dio trabajo organizar la rutina de algunos sábados o feriados hasta que acordamos que primero se leía, después se hablaba y luego, por fin, se bebía. En esa época, terminé una buena versión (que fue retocada en la edición) de "Me cuesta creer que te pueda pasar algo triste", título que sugirió Maru Ludueña, y acepté encantada.

Entonces me anoté en el seminario de Mauricio Kartun. Fue la continuación de los ranqueles por otras vías: ¡muévanme hasta que produzca algo! Mi vínculo con el teatro era de espectadora consecuente, dispuesta siempre a creerme eso que pasaba a pocos metros. Pero, la verdad, no quería escribir teatro, quería escribir.

De esos meses, un cuatrimestre, me quedó en el borde del cuaderno una frase que apareció sin ser llamada: "Es que cuando van a venir las visitas, yo le lavo el culo a la gallina". No sabía quién la dijo, ni por qué, y mucho menos a quién se la decía esa mujer (era la voz de una mujer, estaba segura). Dejé la frase allí y volvió dos o tres meses más tarde, con interlocutores, en un ámbito, bajo la lluvia. Fue el comienzo de "Aguas subterráneas".

Ya formaba parte de la experiencia práctica de la dramaturgia con Ariel Barchilón, donde aprendíamos a explorar un texto. Si algo puedo decir de mis cuentos es que nunca empiezan con ideas ni con tramas, que lo primero que aparece persiste en alguna forma, una voz, un escenario, un personaje que hace algo y si se queda, si martilla hasta impregnarme, entonces tiene crédito suficiente para empezar a darle vueltas, husmear un poco. Qué mejor que meterme a explorar.

Cuando ese cuento estuvo decente como para salir a ser leído, se me ocurrió pispear todo lo que había escrito hasta ese momento, más de una docena de textos terminados y una media más de los que quedaron a mitad de camino. Lo que quería en esa relectura era encontrar cuánto de esa voz que apareció en "Aguas…" estaba en el resto, o hasta dónde podría reescribir para alcanzarla.

El material acumulado me dio buena espina porque me estimulaba a trabajar. No solo buscaba esa voz donde reconocerme, sino también que hubiera un universo (palabra que se me pegó de la dramaturgia); mi búsqueda como lectora.

Liliana Heker
Liliana Heker

El taller de Barchilón es como el gimnasio: después de pasar el primer mes disciplinándote, el cuerpo te pide. Se escribe todas las semanas, se produce, se busca, así, sin pensar, vamos, quince más diría el trainer. Por supuesto que no hablo de catarsis, hay reglas, consignas. Se responden, no se piensan.

A las escenas de todas las semanas se sumó la reescritura de los viejos cuentos, la aparición de alguno nuevo. El tiempo pasó como en las películas mientras acumulaba documentos de Word.

El primer manuscrito anillado tuvo ocho cuentos y el título con el que, finalmente, se publicó tres años más tarde. Pasó tres filtros –para mí, definitivos, porque si no juntaba los suficientes síes, cerrábamos hasta nuevo aviso y volvíamos al trabajo diario-. Fue Heker quien quitó uno de los cuentos, dijo lindo el conflicto pero todavía no está. Me hizo traer del pasado otro que, por alguna razón que no puedo explicar, había dejado afuera y ella sugirió incluir.

El texto descartado por inmaduro me hacía ojitos cada vez que abría la computadora. Llevaba años armándose, nunca era lo que yo quería que fuese –¿qué?- aunque sí sabría reconocerlo cuando apareciera. El conflicto ya estaba, era ese, pero los personajes fallaban en sus estocadas, se retaceaban, no sabían qué hacer. Yo tampoco.

La escritura a diario me gustaba, y me gusta. Hay algunos días muy pavos y otros, muy nutricios; automatismos –una coma demás, un verbo dudoso – y hallazgos (¡pero si lo tenía enfrente y no podía verlo!).

El cuento –que años atrás se llamó "El Agua", luego "Lucho", luego dos veces "Es imposible", "Lucho" otra vez y quedó impreso con el título "Es imposible"- se organizó finalmente alrededor de un sueño de su protagonista: Elsie está adentro de una ferretería y Lucho, su ex que reaparece, es el ferretero. Como si fueran parte de un sistema solar de lo más organizado, todas las escenas ya escritas se acomodaron alrededor. Fueron treinta y seis versiones desde la primera, y seis años amasándolo, hasta que salió la voz que pudo contar la historia. Esa primera persona, ese yo (que no soy), en quien confío porque sabe (mejor que yo) por dónde ir. Mi trabajo es seguirla.

Me gustaría tener para la vida la misma disposición que tengo para la escritura: mucha paciencia, tolerancia al desorden, interés por el sinsentido, disfrute con la incertidumbre, curiosidad por los pedacitos de cosas que ni siquiera puedo imaginar qué son.

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