Amor, erotismo y violencia: literatura argentina con origen japonés

Con las novelas Hotaru y Shunga, Martín Sancia Kawamichi se aleja definitivamente de la literatura infantil con la que comenzó su carrera, y combina narraciones muy poéticas con escenas de pulp y gore
“Shunga”, la segunda novela de Kawamichi, aborda la vida de personajes con perversiones sexuales

Conocido inicialmente por su obra infantil —Los Poseídos de Luna Picante resultó premiada en 2014—, Martín Sancia ingresó en la literatura para adultos con dos novelas: Hotaru y la reciente Shunga. Pero a no confundirse: estas novelas no tienen nada que ver con sus libros para chicos, muestran el lado perverso y los orificios de Japón.

En Hotaru (Ed. Del Nuevo Extremo), Sancia, ahora con el agregado del apellido de su abuelo, Kawamichi, nos lleva a vivir en un universo trastocado, donde los poemas de amor se envuelven en desprolijos origamis. Es la convulsionada década del 70 y la ex geisha Kaede sale de Kioto y llega a Derqui, provincia de Buenos Aires, acompañada por su asistente, la criadora de luciérnagas Maeko. Kaede viene en busca de Dantori, su amante argentino que participa de la lucha armada y debe esconderse. Amor, erotismo, violencia política. La belleza casi fotográfica de las descripciones nos recuerda la sangre japonesa del autor. Soplan vientos que traen ecos de la dulzura cruel de Kawabata y la reflexión de Mishima. También del Japón actual de Murakami o Yoshimoto.

Con “Hotaru”, Kawamichi ganó el premio de Extremo Ban!

En Shunga (Evaristo Editorial), Sancia Kawamichi se mueve con comodidad en una tragedia sexual que repele pero también atrapa. El título remite a las estampas japonesas donde se refleja de distinto modo la sexualidad. Shunga es una novela inclasificable y perversa, en la que parece haber lugar para todo: un hombre contrata a tres hermanas artistas para que lloren la muerte de su querida esposa, en su casa, 24 horas al día, mientras él cumple sus deseos más bajos; un poderoso gigante cumple el sueño de tener mujeres esclavizadas en un árbol, que son custodiadas por monos maléficos. Belleza, poesía queer y el gore del animé se cruzan en este texto con "malos" de antología, como en los cuentos infantiles.

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