El atentado de la ETA en el Hipercor de Barcelona (1984)
El atentado de la ETA en el Hipercor de Barcelona (1984)

Como tantos otros argentinos, en 2002 emigré a España. Pensaba que llegaba a un país habitado españoles parecidos a los que se habían establecido en Argentina en el siglo XX, en parte por mi ignorancia bonaerense pero también por esa visión que el franquismo y el Estado español proyectaban hacia el exterior: yo creía que España era un país homogéneo, taurino, hispanoparlante.

Y, sin embargo, al llegar descubrí que allí la gente hablaba distintos idiomas y tenía costumbres y raíces tan diversas que ni los borbones ni Franco habían podido silenciar; siglos después, las piezas de ese rompecabezas preservaban unas divisiones que, en el día a día, mostraban rencores y recelos constantes.

Durante mi estadía, Almudena Herran, una amiga nacida en Vitoria, Álaba, nos invitó a conocer el País Vasco y a mostrarnos algunas particularidades de su pueblo. Un pueblo con lengua propia, el euskera, que de tan antigua es difícil incluso conocer sus verdaderos orígenes; un pueblo con un empuje económico e industrial avasallante que siempre despertó los celos del resto de España; un pueblo que durante la Guerra Civil y los 40 años de franquismo había sufrido persecuciones, fusilamientos, bombardeos, torturas y, algo peor, más macabro: el silencio. Porque con tal de hacer desaparecer la identidad nacional vasca, Franco hasta les había prohibido hablar su propia lengua. Pero el euskera había sobrevivido al calor de las hornallas, como algo privado que sólo se podía practicar en el hermetismo de los hogares. Y fue en esos hogares, sobre todo en los pequeños pueblos, donde se dio la resistencia contra el invasor y sus imposiciones culturales. Esa resistencia tozuda, cargada de una identidad inquebrantable, es el bastión de la "Patria" vasca.

“Patria”, de Fernando Aramburu (Tusquets).
“Patria”, de Fernando Aramburu (Tusquets).

Pero hubo otra resistencia. Armada, clandestina, cruel y militar. Se llamó ETA. Visitando Mondragón, en la provincia de Guipúzcoa, pude ver las paredes cargadas de nombres propios, leyendas que interpelaban a todo el pueblo: allí figuraban los nombres de los vascos etarras detenidos o asesinados por el gobierno español. Cada familia tenía un amigo o un familiar detenido, torturado y encarcelado a cientos de kilómetros de su pueblo. Pero faltaba algo: en esos muros no estaban escritos los nombres de los vascos que ETA había asesinado a lo largo de su existencia.

En aquel momento, me resultó imposible no ponerme del lado de ETA y en silencio creí estúpidamente que sus víctimas no eran tales, sino objetivos militares anulados. La distancia que Argentina tiene con el resto del mundo, el egocentrismo que nos impide prestar atención a lo que ocurre más allá de nuestras fronteras (y cierto romanticismo propio de la edad que tenía) me llevó a sentir por ETA la misma simpatía que otros podían sentir por Fidel Castro, las FARC, el IRA…

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En un punto, el marketing de ETA había sido exitoso: su lucha perseguía un objetivo que dentro y fuera de Euskadi despertaba la admiración de muchos jóvenes. Sin embargo, el proceder de ETA implicaba acciones desgarradoras: el asesinato a mansalva de policías y civiles a lo largo y ancho de España, la extorsión de empresarios vascos a los que amenazaban de muerte, la persecución de los propios vascos que cuestionaran a ETA… porque, de alguna manera irracional, cualquier cuestionamiento a ETA era interpretado como un cuestionamiento al independentismo y la autodeterminación del pueblo vasco.

La ETA renuncia a la lucha armada en 2011 (Getty)
La ETA renuncia a la lucha armada en 2011 (Getty)

Durante muchos años, todo (o casi todo) se justificaba por la opresión franquista. Sin embargo, la caída del franquismo no supuso el final de ETA. Al contrario. La organización armada subrayó su carácter terrorista con la llegada de la democracia. Quizá el caso más significativo haya sido el atentado en el Hipercor de Barcelona: una veintena de catalanes muertos, decenas de heridos, todos ciudadanos que en mayor o menor medida también habían sufrido la misma persecución política y étnica que los vascos.

¿Hasta dónde se puede llegar para cumplir un objetivo noble que, utilizando determinados medios, pierde toda su humanidad? ¿Cómo un deseo de libertad puede convertir a los hombres y mujeres en asesinos, extorsionistas y terroristas aún en democracia? Ese planteo es incómodo: lo sabemos por experiencia. ¿Quién se anima a criticar algo que está metido tan adentro de su pueblo, de su identidad, de su lucha? ¿Quién puede darle voz a las víctimas, a todas las víctimas? En este caso, su nombre es Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). Con Patria (Tusquets, 2017), Aramburu nos plantea una historia humana atravesada por un contexto nacional, político y social y nos ofrece todas las dimensiones del conflicto que hasta ahora nadie se había atrevido a mostrar.

Miren y Bittori son amigas de la infancia. Sus maridos, Joxiam y el Txato, compañeros de ciclismo, mus y copas. Ambas familias son vascas, hablan el euskera y crían a sus hijos con una marcada identidad nacional. Viven en un pueblo pequeño, donde todos hablan y todas callan. Los jóvenes, nacidos en democracia, exaltan y defienden los slogans que se alzaron tiempo atrás, en la lucha contra el franquismo. Sin embargo, lo que en la adolescencia parece solo una estrategia de autoafirmación y defensa de ideales puros, con la llegada de la juventud se vuelve peligroso: muchos de esos jóvenes son alentados y captados por ETA, algunos pasan a la clandestinidad, un puñado de ellos se vuelven terroristas, asesinos. Como Joxe Mari, el hijo de Miren.

Fernando Aramburu, autor de “Patria”
Fernando Aramburu, autor de “Patria”

En ese marco, el Txato, que tiene una empresa de transporte, es extorsionado por la organización terrorista: si no paga, le quitan la vida. Txato, como tantos, primero acepta pagar… hasta que los reclamos se vuelven costosos e impagables. A partir de entonces, comienzan las pintadas y por miedo o por convicción, el pueblo entero lo margina, le retira el saludo, lo acusa de traidor. Txato no acepta mudarse. Si es vasco, ¿por qué tendría que escapar o temer represalias? En este punto, ambas familias se distancian a causa de las distintas posturas que tienen frente al conflicto. También por miedo, por ignorancia. Y por la fe ciega en las decisiones de sus hijos: si ellos piensan así, las madres se ponen de su lado sin darle lugar a la reflexión, a la autocrítica, a la equidad, incluso al cariño por sus semejantes.

A lo largo de esta bellísima novela, Aramburu nos va transportando de un lado a otro de la línea de tiempo que contiene las vidas de Miren y Bittori, pero también las de sus cinco hijos, sus maridos, vecinos, incluso la del manipulador cura del pueblo. Escrita con una precisión narrativa que no busca el floreo personal sino la construcción de una novela coral magnífica, Aramburu nos habla de un conflicto que duró (¿o dura?) décadas y que dejó tantas heridas en el pueblo vasco que son imposibles de callar. De hecho, la novela comienza en 2011, cuando ETA depone las armas, algo que no bastará para saldar sus deudas.

Alejandro Parisi es autor de “Su rostro en el tiemo”, “El ghetto de las ocho puertas” y “La niña y su doble”, entre otros títulos
Alejandro Parisi es autor de “Su rostro en el tiemo”, “El ghetto de las ocho puertas” y “La niña y su doble”, entre otros títulos

Durante 642 páginas, el lector irá descubriendo a los personajes, y sólo a través de ellos conocerá el conflicto: con humor, con determinación, con una habilidad literaria admirable y un gran respeto por su pueblo, Aramburu escribe sin alzarse como juez de nadie. Como bien lo dice públicamente, lo que buscaba con esta novela no era juicio ni venganza, sino "la derrota literaria de ETA". Y la derrota es rotunda: con valentía, Aramburu nos regala una obra que brinda la equidad que merecían todos los actores de esta historia. Porque es imposible crecer como nación sin aceptar los errores, las pérdidas, sin otorgarle voz a todas las víctimas, sin cuestionar los medios infames que se utilizaron para alcanzar los sueños, por más libertarios que estos fueran.

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Patria es una novela fundamental no sólo por su calidad literaria sino también porque se erige como una ventana certera para comprender el conflicto del País Vasco en su totalidad. Pero además resulta un espejo, tal vez incómodo para muchos, pero ineludible, que invita a otras naciones a mirarse y, con la misma valentía de Aramburu, a pensar en sus propios errores, sus excesos, sus silencios, en los medios que utilizaron para lograr la libertad. Sólo así podremos aceptar que, como en Patria, todas las víctimas merecen contar su dolor, aunque eso nos enfrente con nuestros peores fantasmas.

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