Por Tatiana Goransky.

Tatiana Goransky (Alejandro Meter)
Tatiana Goransky (Alejandro Meter)

Pensé Fade out como una larga carta de amor, como un tema musical que se te pega y del que vas decodificando la letra a partir de su repetición. La armonía te da sosiego, el ritmo da cuenta del paso del tiempo, la melodía narra la historia y las palabras te atraviesan sin permiso, son invasivas, te exponen, te pueden llevar a la locura pero no. Una vez que lográs entender el mecanismo, que lográs armar sentido, ese gusano que tenías en el oído se va y sólo queda un profundo silencio. Así, el amor no trae locura sino paz.

Fade out está escrita a tres voces. La de dos mujeres, Kumiku y Renata, y la de un escritor fantasma. Ellas escriben un diario durante doce meses y él reinterpreta los mismos pasajes que llegan al lector.

Empecé a escribir la novela a partir de tres disparadores.

El primero fue cuando me enteré que existían las Emisiones Otoacústicas Espontáneas. Me lo contó un físico alemán en una milonga, su explicación duró lo mismo que el intervalo entre tanda y tanda. Quedé fascinada ante la idea de que emitimos sonidos de manera involuntaria, que los emitimos por los oídos, que no podemos escucharlos sin ayuda de aparatos y que las mujeres emitimos un veinte por ciento más que los hombres. Quise saber razones pero él sólo pudo explicarme procedimientos. Rumié la idea y para cuando desarmamos el abrazo aventuré mi hipótesis: ¿Y si es para la perpetuación de la especie? ¿Y si ese sonido es algo parecido a las feromonas o al canto de los pájaros? El físico me miró, divertido, y contestó que no podía refutarme. Entonces era cierto, pensé, y me quedé el resto de la noche bailando con esa música en los oídos. Pronto imaginé un mundo en donde existía una pequeña cajita musical, una mujer capaz de hacer sonar sus estados de ánimo, sus emociones. Un eslabón más en la evolución de la especie, que además podría gestar un linaje diferente.

Las protagonistas de “Fade out” emiten música por los oídos
Las protagonistas de “Fade out” emiten música por los oídos

El segundo vino a partir de una historia que me contó mi papá, oriundo de la provincia de San Juan. Me habló acerca de un tipo que era tan encantador que después de estafar a toda la ciudad, y desaparecer con el dinero, fue instado a volver. Los sanjuaninos lo extrañaban tanto que empezaron a pedir que regresara. Y no sólo volvió: volvió, la gente decidió confiarle de nuevo sus ahorros y él se escapó por segunda vez. No pude quitarme a ese hombre de la cabeza. ¿Qué tipo de persona hay que ser para estafar a tanta gente y qué los damnificados no sólo te reclamen sino que vuelvan a entregarte todo lo que tienen? ¿Les suena contemporáneo?

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Con esa dos ideas fuerza, un germen científico y una anécdota, empecé a delinear los personajes de Kumiku y Lucho. Y después vino lo que podría ser el corazón de la historia: hace unos años, en un cuestionario que me enviaron a partir de la edición española de mi novela ¿Quién mató a la Cantante de Jazz?, me preguntaban por mi peor miedo. Quise tomármelo a la ligera pero entré en un estado de profunda reflexión y después de unos cuantos días, y de dar por obvia la respuesta "la pérdida o muerte prematura de un ser querido", confirmé que lo que más miedo me daba era no conocer a mi hija y que ella no me conociera. No sólo hablo del vínculo sino de las individualidades. ¿Cuántas madres no tienen idea de quienes son sus hijos y viceversa? ¿Quién dijo que por tener ese vínculo primitivo nos conocemos en profundidad? ¿Es suficiente?

Así aparecieron Renata y Ester, y con ellas la idea de la herencia genética y no genética, de linaje femenil, de conocimiento más allá del vínculo atávico. Me propuse que fueran ellas las que narraran, que salvo por el relato del escritor fantasma, el libro estuviera narrado a partir de estas mujeres. Me gustaba mucho la contraposición con ¿Quién mató a la Cantante de Jazz? En esa novela la protagonista es una especie de Frankenstein que sólo puede existir a partir del relato de otros. En Fade out los hombres que las rodean sólo existen a partir de los diarios escritos por ellas. Sólo el escritor fantasma tiene voz propia y esa voz se va transformando a partir de su contacto con ellas. Tanto es así que no puede más que insertarse dentro de la historia.

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Por otra parte, ya había escrito un libro investigando la relación de un padre y sus dos hijos varones. Ahí también exploré el tema de la transmisión genética y sus repercusiones en personalidades tan diferentes como las de un rabdomante, un buzo y un capitán de barco. El libro se llama Don del agua y fue mi primera incursión en esa delgada línea que hay entre los dones y las maldiciones, en la inquietante tensión entre lo que se hereda versus lo que podemos controlar. Y hay mucho de eso en este libro. Las protagonistas son diarios íntimos amplificados, no pueden callar nada. Si entramos en la lógica en dónde mostrar demasiado es pornográfico, entonces decir demasiado, "decir todo", puede resultar obsceno. En ese universo crecen y se desarrollan los personajes, que trabajan de formas diferentes para salirse de esa lógica, para producir silencio, para procurarse intimidad.

Ante cada libro me propongo un desafío lúdico. En este caso era terminar el primer borrador en el mismo tiempo que les iba a tomar a los personajes de la historia (un año); que no hubiera ningún asesinato (algo que ocurre en el resto de mis libros, ya sea de manera protagónica o periférica) y que el texto estuviera atomizado (que reclamara una nueva lectura). Para esto último tuve que comprimirlo, que no es lo mismo que economizar, y tratar de que lo que había estudiado sobre música e incluso matemática quedara oculto.

Intento que no se note el esfuerzo tras los textos. Es hermoso poder hablar del proceso y la investigación después de que el libro va a imprenta, pero nunca que se lea dentro de la historia.

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