Se dice que la autora basó su personaje en la historia de famosa estrella de pop muy cercana a ella.
Se dice que la autora basó su personaje en la historia de famosa estrella de pop muy cercana a ella.

Por Vivi Greene.

Capítulo 1: 92 días para la gira mundial "Lily Ross Forever World Tour" 12 de  junio

La noche  que me rompen el corazón por última vez, estoy tomando sopa.

El restaurante, un lugar de moda en Nolita que Jed ha elegido –yo hubiera preferido ordenar comida por teléfono– está repleto y la camarera nos ubica en una esquina acogedora, debajo de un póster gigante que muestra a Audrey Hepburn en el asiento trasero de un scooter que pasa a toda velocidad por el Coliseo. Jed está extrañamente callado, pero en la mañana se irá de gira durante tres semanas (y las entradas están agotadas), así que se lo adjudico al estrés.

Hasta que ordena la sopa.

No una sopa como entrada o como acompañamiento de algo más, ni siquiera una sopa sustanciosa, como una bouillabaisse o una bisque. Solo un cuenco del tamaño de una taza, lleno de sopa minestrone que, cuando llega a la mesa, resulta ser jugo de jitomate decorado con un par de zanahorias dudosas.

En la única foto de Vivi Greene que se ha difundido, la escritora aparece de espaldas.
En la única foto de Vivi Greene que se ha difundido, la escritora aparece de espaldas.

Estamos hablando de Jed Monroe. El mismo Jed Monroe que come una pila entera de pancakes cuando los hago para el desayuno cada vez que está en la ciudad. El mismo Jed Monroe que tiene escrito en los requisitos de su contrato de giras "dos docenas de donas Krispy Kreme (o similar)" y quien devora un paquete entero de galletas de menta Milano en cinco minutos. La primera vez que nos tomaron una fotografía juntos, el epígrafe decía algo como "La bella y el gigante". Todo lo relacionado con Jed es enorme, sobre todo su apetito, así que la sopa es sin dudas alarmante. Por esa razón, paso el resto de la comida intentando decidir si no está comiendo porque está ansioso o porque quiere terminar lo antes posible con la cena.

Cuando nos vamos, puedo sentir la energía tensa y nerviosa en su mano al sujetar la mía, mientras les sonríe animosamente a los fans entre los flashes de los iPhones fuera del restaurante, y durante el trayecto silencioso y tortuoso en auto hasta casa.

–Creo que tenemos que hablar –dice Jed cuando el vehículo disminuye la velocidad en un sector de la calle opuesta, frente a mi edificio. Como si estuviera ensayado, la ventanilla de privacidad sube con lentitud. Los ojos azules del conductor se ven decepcionados en el espejo retrovisor antes de desaparecer detrás del vidrio esmerilado.

–¿Hablar? –intento que el dolor no se refleje en mi voz. Quiero recordarle que yo he estado hablando toda la noche. Él fue quien estuvo enfurruñado con su sopa. Pero no lo hago. Respiro hondo y sonrío–. Claro –digo–. Hablemos.

Jed contempla su reflejo en la ventana; sus labios fruncidos en un mohín se tuercen hacia un lado. Recuerdo la noche en que nos conocimos hace un año, en una fiesta que organizó mi representante en su loft en Brooklyn. Terry juró que no estaba intentando organizar un encuentro entre nosotros, pero hasta hoy, no tengo ni idea de por qué Jed estaba allí. Ni siquiera yo quería estar en la fiesta. Sammy me había arrastrado hasta ahí como parte de una misión compasiva luego de que pasara menos de una semana de nuestra mudanza desde Nueva York hasta L.A., y después de que Caleb y yo finalmente habíamos decidido terminar. Estaba revoloteando cerca de los platos de sashimi, jurándole a cualquiera que estuviese dispuesto a escucharme que nunca volvería a salir con otra persona famosa.

Pero luego, lo vi.

Jed estaba solo en el balcón. Contemplaba las luces de la ciudad como si estuvieran enviándole un mensaje codificado a través de su resplandor, y él lo quisiera descifrar. Su gran cuerpo estaba apoyado sobre la reja, oscuro, en contraste con el puente resplandeciente. De inmediato, algo en él pareció diferente, como si estuviese por encima de la fiesta y de su caos insignificante, de las charlas vacías, de las presiones de la industria para estar buscando siempre el próximo gran éxito. Claro, él había estado en la cubierta de la Rolling Stone apenas unas semanas atrás, pero algo en él parecía  casi… normal.

Sabía que no tendría que haber salido a ese balcón. Sabía que debería haber permanecido dentro, donde el ambiente era cálido y seguro. Donde sería inmune al movimiento de su cabello cuando lo acomodaba sobre su frente. A la inclinación torcida y tímida de su sonrisa. Pero no me quedé. Salí al balcón y me enamoré. Otra vez.

Gran error.

–Creo que esto ya no está funcionando –dice Jed ahora. También menciona otras cosas que ya he escuchado, sobre "la sincronización", sus "prioridades", su "carrera".

Miro fijo sus ojos color ámbar. Sé que él está allí dentro, en alguna parte; la persona que creí que de verdad me comprendía. Que comprendía esta vida y cómo la atravesaríamos juntos. Jed es el primer hombre con el que he salido. Caleb, Sebastian… ellos eran niños. Jed es mayor que ellos, mayor que yo, pero es algo más que eso. Estar con él es muy fácil, porque no hay ningún juego. Él sabe lo que quiere, y sabe cómo conseguirlo. Es solo que nunca pensé que dejaría de quererme a mí.

–Es… Es mucha presión –me dice, sus ojos de pronto se endurecen y se enfocan–. Mis fans están dementes. Tus fans están muy dementes.

Un sentimiento enfermizo y vacío me atraviesa el cuerpo.

–¿Mis fans?

Siempre habíamos estado de acuerdo en que nuestros fans tienen prioridad. Ellos son la razón por la cual podemos hacer lo que hacemos, y si eso nos dificulta hacer nuestras propias compras, o dar un paseo relajante en el parque, o tener una cena tranquila en algún lugar, ese es el precio que pagamos. Hace que tener una relación sea más difícil, pero hemos encontrado el equilibrio entre salir y quedarnos en casa, ser accesibles mientras vivimos nuestras vidas. No siempre es fácil, pero ha funcionado. Al menos, ha funcionado para mí.

Jed frota su sien, una señal que delata que se siente agotado. Intento convencerme de que solo está cansado, que todo lo que necesita es dormir bien una noche. Pero conozco a Jed. Una vez que toma una decisión, no hay vuelta atrás.

–Creí que podía hacerlo, pero no puedo –dice.

Siento un nudo en la garganta y quiero  gritarle: ¿Por qué te rindes?

¡Podemos tenerlo todo! Pero una parte de mí, la parte que intento mantener oculta, sabe que él tiene razón. Después de todo, nosotros elegimos esto.  Podemos hacer música y cantar nuestras  canciones y  exponernos a vivir frente a millones de personas. No podemos tener una vida normal.

¿Qué pierde un famoso en la busca del éxito?, la pregunta que recorre “Sing”.
¿Qué pierde un famoso en la busca del éxito?, la pregunta que recorre “Sing”.

Yo solo soy la ilusa que lo sigue intentando.

Jed sostiene mi mirada y por un segundo veo algo que centellea en sus ojos: arrepentimiento, tal vez, o decepción. Pero aleja la vista con rapidez, hurga en el bolsillo de sus jeans cuidadosamente desgastados y desliza las llaves de mi apartamento en mi palma.

Hay tres: una grande (magnética) para la puerta de entrada, una para el elevador y otra para las escaleras privadas que llevan al deck de la terraza. Están en un llavero que dice I love NY (un regalo que me hizo Tess cuando me mudé a la ciudad). Al pensar en la cantidad de veces que he hecho esto, entregar mi corazón, las llaves de mi hogar, de mi mundo, me siento mareada.

Una y otra vez; no es suficiente. Yo no soy suficiente. Las llaves regresan, cálidas desde el bolsillo de alguien más, y las guardo en la gaveta de la mesita auxiliar, junto a las horquillas, las baterías de repuesto y otros objetos huérfanos, hasta poder olvidar cuánto me duele esto. Hasta la próxima fiesta en la que pueda convencerme de que vale la pena seguir intentándolo. Cuando salga a otro balcón, donde el próximo chico esté esperando, y todo comience nuevamente.

Abandono el automóvil de Jed en un silencio desconsolado, cierro de un golpe la puerta a mis espaldas y observo cómo las luces rojas de freno se desangran en el mar de taxis y limusinas  de la calle Hudson. Me reclino sobre mi edificio, con los ojos clavados en la calle. Por un momento, siento que estoy soñando, como si mi verdadero yo todavía estuviera en el vehículo junto a él… Estamos regresando a su apartamento, jugando ping-pong y hablando acerca de su lista de canciones para la gira. Estamos observando nuestros horarios e intentando descubrir cuándo será la próxima vez que estaremos en la misma ciudad, riéndonos acerca de lo dementes que son nuestras vidas y cuán increíblemente difícil puede ser coordinar para tener las mismas noches libres. Estamos acurrucados en su cama tamaño King, discutiendo qué programa de televisión malo ver mientras que, por fin, nos quedamos dormidos.

Subo los escalones que llevan a la puerta principal, esperando que las lágrimas se derramen. Pero no sucede. Es como si algo en mi interior hubiese cambiado, y solo me siento anestesiada. En general, subiría a toda velocidad hasta mi apartamento, lista para improvisar con la guitarra y garabatear mi diario. Las canciones más enérgicas serían las primeras en aparecer, con inicios furiosos y escandalosos; luego vendrían  las baladas melancólicas  y por último, para completar el círculo, los himnos sobre el poder femenino. Tendría material suficiente para un álbum en menos de una semana, distribuido entre servilletas y anotadores:  la crónica rápida y sucia de mi último romance maldito; desde "conocí a un chico lindo" a "estamos en llamas" hasta "estoy mejor sin ti".

Repetir el ciclo.

Ya puedo oír a Sammy y a Tess insistiendo en que no soy yo. Es él. Pero esta vez, no estoy segura. Cada relación que he vivido, desde los grandes romances dramáticos que han durado años y han atravesado varios estados, hasta los coqueteos pequeños que fueron cortos pero no menos intensos, ha tenido dos cosas en común:

El hecho de que ha terminado y… Yo.

Hay solo una cierta cantidad de canciones que una puede escribir acerca de estar mejor sola antes de empezar a creer que no hay otra opción.

Giro el juego de llaves extra en la cerradura y empujo la pesada puerta principal. Se cierra con un click a mis espaldas, atravieso el vestíbulo hasta el vertedero de basura y lanzo las llaves dentro. Producen un ruido metálico al golpear contra los laterales y espero el sonido satisfactorio del golpe sordo final. Pero lo único que escucho es el silencio; silencio y el zumbido aburrido y constante de la ciudad, a la cual no le importa cuántas veces te destrocen.