Para Carlos Franz, todos los novelistas son un poco románticos: “Al fin y al cabo, este es un oficio de soñadores”.
Para Carlos Franz, todos los novelistas son un poco románticos: “Al fin y al cabo, este es un oficio de soñadores”.

Encontré la idea de mi novela, Si te vieras con mis ojos, en una historia verdadera. El pintor viajero Johann Moritz Rugendas –a quien su amante chilena apodaría "Moro"– llegó a Valparaíso en 1834. Llevaba tres años pintando en tierras americanas y a Chile venía sólo por unas semanas. Humboldt le había aconsejado que no fuera al Cono Sur porque allí no encontraría nada atractivo para su arte. Sin embargo, Rugendas vino y encontró atractivos que lo atascaron en estas tierras ¡durante ocho años! La atracción mayor fue una mujer casada.

Carmen Arriagada tenía veintisiete años cuando conoció a su "Moro", que tenía treintaitrés. Ella llevaba una década casada con un hombre mucho mayor, un héroe de la Independencia que cojeaba a consecuencias de sus heridas en la batalla de Ayacucho. Carmen tenía una inteligencia y cultura excepcionales, una gran sensibilidad y mucho carácter. Pero estaba atrapada en un matrimonio insatisfactorio.

Hace más de veinte años leí, conmovido, las apasionadas cartas de Carmen a Rugendas. Encontré en ellas los elementos para una novela de amor tan vieja, tan actual, tan del futuro como el amor mismo. También por eso era una novela difícil de narrar sin caer en los convencionalismos del "género romántico". En caso de escribirla tendría que usar esas convenciones irónicamente, e introducir algún factor que rompiera el estereotipo cursi del triángulo amoroso. ¿Pero cual?

La nueva novela de Carlos Franz es “Si te vieras con mis ojos”
La nueva novela de Carlos Franz es “Si te vieras con mis ojos”

Cuadrado amoroso

Charles Darwin llegó a Valparaíso casi al mismo tiempo que Rugendas. El joven naturalista inglés, que estudiaba teología en Cambridge, era muy diferente al artista romántico alemán. Darwin era un racionalista ingenuo, puritano y probablemente virgen. En otras palabras, este "novicio" era un candidato perfecto para imaginar una perversión: él se encargaría de romper ese triángulo amoroso de Carmen, su marido y Rugendas, ¡elevándolo al cuadrado!

Darwin llegaba para ser el elemento desequilibrante que rompe las formas estereotipadas, creando la variante imprevista que distingue a un novelón rosa de una verdadera novela.

Puede que todos los novelistas seamos un poco románticos. Al fin y al cabo, este es un oficio de soñadores. Ese cuadrado amoroso –la mujer, el marido, el amante y el rival del amante– me tentó, en primer lugar por sus desafíos literarios. Sus posibilidades dramáticas, eróticas, intelectuales e incluso humorísticas (sólo ama de verdad quien se atreve al ridículo).
Sin embargo, confieso que mi motivación profunda para escribir una novela sobre aquel amor imposible, frustrado hace más de un siglo y medio, fue principalmente romántica. Me ilusionaba y conmovía la posibilidad de darles una segunda oportunidad a esos amantes separados.

El Rugendas real murió en Alemania en 1858, a los cincuenta y cinco años, casi solo, desilusionado y olvidado. Sin embargo, guardó hasta su muerte todas las cartas de Carmen, más doscientas que finalmente fueron encontradas en un desván un siglo más tarde. La tumba de Rugendas en el pueblito de Weilheim an der Teck, (en Baden-Wurtemberg) nunca ha sido localizada.

Una de las pinturas de Johann Moritz Rugendas, personaje de la novela “Si te vieras con mis ojos” de Carlos Franz
Una de las pinturas de Johann Moritz Rugendas, personaje de la novela “Si te vieras con mis ojos” de Carlos Franz

Carmen, la Carmen real, murió centenaria, ya iniciado el siglo XX, casi cincuenta años después de que su amante y su marido fallecieran. Al morir era tan pobre que vivía de allegada en casa de una amiga. La enterraron en Talca, pero no junto a su marido. Primero la pusieron en un nicho temporal y luego, cuando nadie pagó la renovación de esa sepultura, y ya que no le quedaban parientes vivos, sus huesos fueron arrojados a una fosa común.

Darwin fue enterrado en 1882 en la Abadía de Westminster, con pompa y circunstancia. El dean de la Abadía se niega hasta hoy a permitir que sus restos sean analizados para saber –si es que pudiera saberse– la naturaleza de una penosa enfermedad que le amargó una vida, en otros aspectos, tan exitosa. Algunos atribuyen esa enfermedad misteriosa y cruel a la picada de una vinchuca en Chile. En mi novela Carmen es apodada "la Vinchuca".

En 1958 en la ladera oriente del Aconcagua, a cinco mil metros de altura, fue encontrado un adoratorio incaico donde yacía la momia de una niña de unos doce años, sacrificada al apu, el espíritu de la montaña más alta de América. Hoy ésta se conserva en el museo de la Universidad Nacional de Cuyo.

Darwin e incluso esa momia –que en esta novela él y Rugendas descubren–, yacen en sitios notables. En cambio, las tumbas de Carmen y su Moro se perdieron.

En la realidad los amantes, y hasta sus tumbas, se pierden. Pero en la ficción ellos pueden mirarse de nuevo.

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