Robledo Puch, el asesino más siniestro de la historia argentina: las imágenes de su detención y su vida en la cárcel

El mayor asesino de la historia policial argentina tiene 66 años y 46 de ellos los pasó encerrado. Nadie lleva tanto tiempo tras las rejas. Cumple una condena de reclusión perpetua por el asesinato de once personas y todos los días sueña con salir en libertad.
“Esto es una farsa, un circo romano”, afirmó Robledo Puch ni bien escuchó la sentencia que lo encerraba de por vida; hay quienes dicen que prometió salir para, algún día, “matar a todos”. Ocurrió el 27 de noviembre de 1980 (aunque estaba preso desde el 4 de febrero de 1972), en los Tribunales de San Isidro. Aquí, en su celda de la Unidad Carcelaria 9 de La Plata, donde estuvo aislado un largo tiempo.
Corría el verano de 1972 cuando el rostro de Carlitos –así lo llamaba su familia– ocupó todas las portadas de diarios y revistas. Hubo 36 cargos en su contra: 10 homicidios calificados, un homicidio simple, 16 robos calificados, dos raptos, dos violaciones y cinco hurtos menores. Chico de clase media, hijo único, sin registros delictivos en su familia… ¿Qué lo empujó a robar y matar compulsivamente?
El 4 de febrero de 1972 la policía detuvo a Carlos Eduardo Robledo Puch al llegar a su casa de Olivos. Tenía sólo 20 años y volvía despreocupado, después de comer pizza con un amigo. Lo apodaron “El ángel de la muerte” por su rostro aniñado, su piel blanca, sus facciones y sus rulos rebeldes.
Al subir al patrullero dijo: “No me maten”. Su raid comenzó el 15 de marzo de 1971, cuando asaltó la boite Enamour, de Olivos. Mató, mientras dormían en el lugar, al barman paraguayo Manuel Godoy y al manager, Félix Mastronardi. El los conocía a ambos: ahí iba a bailar los sábados. En su debut homidida, Robledo expuso su sello distintivo: matar a traición.
Con efectivos policiales y miembros de la Justicia, durante la reconstrucción de uno de sus homicidios.
Apenas fue detenido, en la Unidad Regional de Tigre, antes de ser revisado por los médicos forenses.
De frente y de perfil, de cara a la ley. Detenido, a los 20 años Robledo Puch se despidió de su abundante cabellera y pasó a ser un interno más.
Once son los asesinatos que Robledo Puch, según los policías que lo detuvieron en ese momento, confesó con lujo de detalles. Públicamente, él sigue negando haberlos cometido. “Me obligaron a hacer esa confesión falsa”, aduce. Sólo se hizo cargo de seis robos y se lamenta de no haber tenido tiempo para asaltar un banco. “Fui un ladrón, de los buenos, pero nunca maté a nadie”, asegura.
Su calabozo después de la huida. En febrero de 1973, Robledo Puch fue trasladado a la Unidad Carcelaria 9 de La Plata, pero a la 1.55 de la madrugada del domingo 8 de julio de ese año se fugó. Estuvo 68 horas prófugo. Lo recapturaron en Olivos, cerca de su casa paterna. Nunca más volvió a caminar la calle.
El juicio recién se llevó a cabo en 1980: enfrentó 36 cargos y fue condenado a cadena perpetua. “Esto es una farsa”, desafió, siempre altanero.
“Mataba porque sentía que había que vivir la vida. Mi infancia está llena de travesuras. Me acuerdo que iba a las zonas descampadas de la Panamericana, hacíamos de vendedores de café y asaltábamos a las parejas. Ibáñez, mi compañero, me decía: ‘Matá vos, que tenés más puntería que yo’”.
El Angel versión 2008 con el peso del encierro y al borde de la locura. Hace unos años, una soleada tarde de diciembre, sacó un antifaz del bolsillo de su pantalón, improvisó una tela como capa y corrió, vociferando que era Batman.
Una foto de 1992, cuando GENTE lo entrevistó. En esa época apoyaba a Aldo Rico.
En Sierra Chica, cuando tenía 56 años. Hoy carga con un estigma imborrable: es probablemente el criminal más famoso de la historia argentina. Tiene 66 años y 46 de ellos los pasó encerrado. Nadie lleva tanto tiempo tras las rejas.
El Angel de la Muerte lleva más de tres décadas viviendo en el pabellón para homosexuales del penal de Sierra Chica, cerca de Olavarría, de donde también imaginó fugarse. Decía que pensaba utilizar un avión que él mismo estaba construyendo en su celda “y al que nadie podría detener”.
En una época, según confesaba, rezaba todas las noches. Y algunas veces visitaba la capilla del penal. Introvertido, Robledo se relacionó con poca gente dentro de su prisión y encontraba evasión en la pintura. Su mejor amiga fue una gata, con la que dormía abrazado. El preso más famoso de Sierra Chica no recibe visitas… y nadie lo espera detrás de los muros.
En su ámbito: la celda de seis metros cuadradaos donde pasa casi todas las horas del día. Lee mucho, escucha al Indio Solari, se imagina el sucesor de Perón y mantiene las esperanzas de salir al exterior. Muchos creen que lo único que lo mantiene vivo es su postergado deseo de libertad. Le escribió cartas a varios gobernadores bonaerenses, desde Alejandro Armendáriz (1983-1987) hasta María Eugenia Vidal, solicitando su liberación. ¿Alguien se animará a liberarlo?
Una imagen reciente, posando dentro del penal de Sierra Chica, donde se encuentra encerrado desde hace cuatro décadas. Sin rulos, pelado, pero con la misma intensidad en la mirada. Aún fantasea con su liberación: “Pero siempre sueño que, el día que finalmente me dejan salir, justo se desata el fin del mundo”, según confesó en El ángel negro, de Rodolfo Palacios. Robledo Puch no puede evitar ser cruel. Ni siquiera consigo mismo.

Fotos: Archivo Gente.

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