En los jardines de Manantiales Club de Mar, la actriz –que acaba de cumplir 67 el 13 de febrero– comparte los días de playa y bosque con sus nietas mayores.
En los jardines de Manantiales Club de Mar, la actriz –que acaba de cumplir 67 el 13 de febrero– comparte los días de playa y bosque con sus nietas mayores.

En la cabaña 4 de Manantiales Club de Mar, Inés (10) se pinta los labios con un brillo que manotea de la mesa, mientras Clarita (9) juega con los rulos de su abuela. Solita Silveyra (67, recién cumplidos) regala un guiño para que arranquen a contar la anécdota sobresaliente del último viaje juntas a Brasil. Y aquel trinomio ya se observa inquebrantable.

La llaman Tatita, por decisión de ella y "en homenaje a Tata", su abuelo materno, "hombre fundamental". Justo antes de que deslice: "Creo mucho en la energía de los niños". Y cuente que cuando tiene una función "más o menos", con sólo entrar al departamento marplatense se le pasa todo.

Porque las hijas de Baltazar Jaramillo (48), su hijo mayor, comparten quince días de los tres meses que Solita vivirá en la ciudad, donde interpreta a Melissa Gardner en Cartas de amor. Con Facundo Arana –no trabajaban juntos desde la novela Vidas robadas (2008)–, la actriz conmueve en una comedia romántica, que además gira por la Costa.

"De eso se trata el teatro: energías. Y con Facu nos potenciamos: cada uno aporta lo suyo", celebra mientras se maquilla con el oficio de quien se hizo sola y fuma sin querer el cigarrillo que volvió a agarrar durante el Bailando (ShowMatch, eltrece).

–Creés mucho en las energías…

–Las trabajo más últimamente. No quiero estar con gente que me tira para abajo. O que está muy cargada. Cuando percibo una mala intención, hago como un gato: me erizo y después suelto mientras respiro. Para entregarse en escena hay que tener bien el alma. A veces salía de la función con congoja y me decía: "¡Silveyra! ¡Vamos! ¡No es para tanto…!". Soy muy exigente conmigo misma. Y para subirme al escenario, mi gimnasia es espiritual. Ya no necesito recurrir a la memoria emotiva. Me conmueve que la gente pague su entrada.

–El año pasado volviste a hacer teatro después de un accidente que te sacó un tiempo de la escena pública. ¿Qué te pasó?

–Si bien no me acompañó el éxito en la venta de entradas, hice lo que quise: mucho teatro. Y pude pagar mis cuentas, que no es poco. Sobre todo en un año de crisis económica. Fue después de ocho meses sin trabajar, por un accidente que me cambió mucho. Estuve veintitrés días internada y tres meses y medio con cuello ortopédico, además de mucho dolor. Todavía no recuperé del todo la movilidad. Es evidente que había algo en mí que no estaba en equilibrio… Me caí dos veces, con seis meses de diferencia. Primero en Punta Ballena (Uruguay). Y después me resbalé cuando acostaba a Clarita, en la casa de mi hijo. Esa fue la más fuerte. Se me cruzó Jorgito, el perro –¡pero no tiene la culpa de nada!–, me caí para atrás y me rompí la apófisis odontoides. Es el huesito que está entre las cervicales 1 y 2, el que nos permite rotar la cabeza.

Inés y Clarita son las hijas de Baltazar Jaramillo, el hijo mayor de Solita.
Inés y Clarita son las hijas de Baltazar Jaramillo, el hijo mayor de Solita.

–¿Qué aprendiste del accidente?

–Que una caída así ocurre cuando algo no está bien. No me castigo, pero así lo creo. Soy más cuidadosa. Estoy entrenando con una bailarina, Yanina. Es un trabajo permanente. Además, cambié hábitos. Casi no salgo. Sólo voy a comer con afectos a lo de mi amigo Félix, un restaurante que tengo a la vuelta. Tengo un cura, Manolo, que me acompaña hasta la puerta de casa. Yo le cuento que desde chiquita no soy creyente, pero él es un cura "de los cancheros". Cuando me despide, me bendice y esa noche… sueño cosas lindas. ¡¿Será posible?!

"Encontré mi vocación por necesidad, cuando tenía doce años", cuenta Solita. "Vivía con mi mamá, que tenía muchos problemas, mi abuela –que hacía lo que podía–, mi hermano Máximo –diez años menor– y mi primo Jorgito. Había muerto el segundo marido de mi madre y ya habíamos vendido todo, incluso los platos de porcelana y las alfombras. Entonces dejé de ser una niña de la alta burguesía que iba al colegio Jesús María y tenía comuniones en el hotel Alvear… Hasta que, atento a la necesidad de mi casa, un amigo de la familia me llevó a un casting en Teleonce. Había notado cómo me encerraba en el baño y hacía grandes escenas de tragedia griega. Arranqué en un teleteatro", detalla, describiendo a la niña que imitaba a Pinky –con sus grandes capelinas– después de verla caminar por el edificio de su infancia, Talcahuano 638.

“Para subirme al escenario, ya no necesito recurrir a la memoria emotiva. Me conmueve que la gente pague su entrada”, asegura Solita.
“Para subirme al escenario, ya no necesito recurrir a la memoria emotiva. Me conmueve que la gente pague su entrada”, asegura Solita.

"A los quince ensayaba Sueño de una noche de verano con la Piccio (Ana María) y un director nos dijo: 'Ustedes no sirven para esta profesión'. Lloramos abrazadas. Así nació una gran amistad y empecé a estudiar teatro con grandes maestros. Ese verano hice Un muchacho como yo, la película con Palito Ortega, y ahí sí levanté vuelo. Pude volver a comprar los muebles de casa. Porque soy fundamentalmente una gran trabajadora", apunta Solita, y recuerda que la echaron del Jesús María porque su mamá se había vuelto a casar, pero que en el colegio Santa Rosa la recibieron unas monjas maravillosas –"sobre todo la madre Cándida"–, que le salvaron la vida. A esa altura faltaba tanto –por el trabajo– que quedó libre.

Facundo Arana y Solita se presentan martes, miércoles y jueves a las 21.30 en el teatro Lido de Mar del Plata. Y giran en febrero: el 15 (Miramar), 16 (Santa Teresita), 17 (Pinamar) y 25 (San Bernardo).
Facundo Arana y Solita se presentan martes, miércoles y jueves a las 21.30 en el teatro Lido de Mar del Plata. Y giran en febrero: el 15 (Miramar), 16 (Santa Teresita), 17 (Pinamar) y 25 (San Bernardo).

–¿Y tu papá?

–A mi viejo lo vi cinco veces en mi vida. Gracias a Dios hoy tengo a mis hermanos: Juan Eduardo y Cecilia. Nos reencontramos de grandes. Porque cuando yo tenía dieciséis años me llamó un amigo de mi papá para avisarme que él se estaba muriendo. Estuve en su casa las dos últimas semanas de su vida. Esperaba que abriera los ojos, pero nunca me vio… Ahí conocí a Cecilia –con 6– y a Juanito –de 3–. Recuerdo que un día los llevé al baño, pinchamos las yemitas de nuestros dedos y nos hicimos hermanos de sangre. No nos vimos durante mucho tiempo, hasta que Juanito, a sus veinte, me buscó. Después recuperamos a Cecilia. Hoy vivimos los tres a tres cuadras a la redonda. Nos acompañamos mucho.

–¿Ser actriz te ayudó a sobrellevar tanto dolor?

–Yo diría que lo maravilloso del teatro es que uno trabaja mucho con uno mismo…

–¿Cómo sentís que has ejercido tu feminismo?
–Siempre supe que la verdadera independencia es la económica. En mi casa no tengo nada que me haya regalado un hombre. Excepto tres cosas que guardo para mis hijos y eran de su padre. Con José (Jaramillo) no hicimos juicio de divorcio. Ya separados, yo vendía o compraba algo y él venía a firmar. Y viceversa. Era un tipo de una honestidad brutal. Además, toda la vida fui despenalizadora. Pero nunca entré en el colectivo de actrices. Prefiero mantenerme independiente. A mis hijos los eduqué para que sean caballeros, además de buena gente. Tal vez no sean honoris causa, pero son honestos.

–¿Te enamoraste perdidamente alguna vez? ¿Te gustaría que te pasara de nuevo?

–Tendría que aparecer alguien y que yo me prenda de sus ojos… Hoy no busco nada. Eso no quiere decir que no esté atenta (risas). Y sí, me enamoré perdidamente, porque soy una exagerada. ¡Melodramática! (risas). Siempre fui muy intensa. Es algo que aprendo a manejar. Pero evidentemente tengo la libido puesta en otras cuestiones. Y no es una necesidad vital. Adoro dormir sola y que me invadan los nietos. Porque además tengo los tres varones adorables de Facundo: Milos (8), Simón (4) y Rio Beltrán (2).

–¿Cuánto saben tus nietos sobre vos?

–Los varones no tienen televisión. Van al teatro, pero no sé si tienen idea de mi popularidad. Aunque tal vez vean cómo me sacan alguna foto… Las mujeres, en cambio, vivían en el Bailando. ¡Adoraban!

–¿Volverías al jurado?

–Sí, pero como quiero hacer teatro no podría estar fija. En el caso de que me llamaran… Pero sí, podría hacer un reemplazo. ¡Sería una alegría para mis nietas! La gente me pide que vuelva y yo les contesto: "¡Quiero hacer teatro!".

–Al fin de cuentas, ¿podés decir "hice lo que quise"?

–Soy absolutamente responsable de todos mis actos. No puedo echarle la culpa a nadie. Ser la madre de mi madre me dio una madurez prematura. Y si bien por todo lo que me pasó tengo heridas que dejan cicatrices, aprendí a lamérmelas. Gracias a Dios… y a Freud: el maestro me ayudó muchísimo. De hecho, cada tanto entro en crisis con la profesión. Le digo a mi terapeuta que no tengo el ego de antes. O que me falta ambición. Y él me responde que respete la construcción de mi carrera: que me hice sola y por necesidad. Así, me quedo tranquila.

Maquilló: Andrea Casariego. Peinó: Estilo René MDQ. Agradecemos a Sur de Asia y a Manantiales Club de Mar.

Por Ana van Gelderen. Fotos: Matías Campaya. 

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