Juan Leyrado
Juan Leyrado

El departamento está en el barrio de Palermo. Es amplio y antiguo: pisos de madera, ventanales y un techo vidriado por el que ingresa un manantial de luz. Hay una mesa ratona con un ejemplar de La enciclopedia de los sabores de Niki Segnit, una chimenea a leña, un sillón tipo diván y otro blanco, de tres cuerpos, donde está recostada Lola, su gata.

Unos metros más adelante, la cocina y el comedor, uno de sus lugares predilectos para estudiar guiones. Su método –asegura Juan Leyrado– no falla. Bastan un café, una birome y algunos resaltadores: con esos elementos, el actor se sumerge en el texto y se deja poseer por sus personajes.

"No me cuesta para nada esa parte de mi trabajo. Tengo memoria visual y uso distintos colores, que funcionan como una especie de guía: a veces no me acuerdo bien la letra, pero sí cómo estaba ubicado el parlamento o qué anoté al lado y con qué color", explica acerca de sus rutinas.

–¿Cuando eras amateur te aferrabas más al texto?

–Siempre me aferro a la letra: es una técnica. Estudio el guión para "olvidármelo" y que salga natural. A diferencia de lo que pasa en la vida real, en el teatro uno ya sabe qué le va a responder la otra persona; el secreto es hacer como que no lo sabe. Se trata de jugar a "¡ah, es la primera vez que me dicen esto!", aunque en realidad venís escuchándolo todas las noches. Jugás a que te olvidás para sorprenderte, y eso la gente lo siente. Te da una especie de adrenalina que… El teatro es un poco adictivo.

–Tras casi cuatro décadas de trayectoria, de pasar por el cine, la televisión y el teatro, ¿hay algo de tu profesión que te siga costando?

–Hacer fotos (risas). ¿La verdad? Estoy en armonía con mi profesión. Si miro para atrás, quizá volvería a hacer algunos papeles para interpretarlos mejor. Pero esa ya es una cuestión mía. No me arrepiento de nada. Por más que no me haya resultado muy satisfactoria, cada tarea y cada personaje me sirvió para seguir conociéndome.

–En 1998, en Gasoleros, interpretaste a Héctor Panigassi, un personaje con notable e inolvidable repercusión. ¿Fue tan importante para vos como para el público?

–Sí, claro. Fue la primera tira de Pol-ka. Grabamos dos años, más de 500 capítulos… Aprendí, disfruté y me reí mucho. Creo que para la gente también lo fue, porque no hay día que salga a la calle y no me griten: "¡Panigassi!". Y eso que ya pasaron veinte años… El tipo era un filósofo de barrio y decía cosas que inventaba. Es un personaje que amo, del que me tuve que despedir porque quería hacer otras cosas.

–¿Te costó tomar la decisión?

–Económicamente no era conveniente. Me acuerdo que al poco tiempo empecé el Cyrano de Bergerac junto a Inés Estévez en el Avenida, y el primer día el teatro estaba lleno. La gente creía que iba a hacer de Panigassi, pero yo salía con una gran nariz y representaba a aquel poeta, dramaturgo y pensador francés. Una desilusión enorme. Después iba cada vez menos público. Al final no iba nadie. Si hubiera hecho de Panigassi… Y bueno, para mí ya era un ciclo cumplido.

“No sé posar”, asiente, “Ni en la vida”, explica
“No sé posar”, asiente, “Ni en la vida”, explica

AL CALOR DEL HOGAR. Es un jueves frío de julio. Tras la sesión de fotos, Juan ofrece café y se desploma en uno de los sillones. "No sé posar", retoma entre risas el tema: "Ni en las fotos ni en la vida. Se me nota".

La entrevista transcurre de manera fluida hasta que, en un momento, pide permiso para ponerse de pie. Lentamente, se acerca al hogar y agrega algo de leña. Luego abanica el fuego con la tapa de una cacerola, hasta que la madera se enciende entre chispas. Sólo entonces Leyrado vuelve a entregarse a la charla.

–Naciste en Barracas, donde viviste hasta los 16 años. ¿Es cierto que tu casa ya no existe?

–(Asiente con la cabeza) Mi casa de la calle Olavarría 1868 no está más, porque la autopista le pasó por arriba. Antes de que la demolieran pasé por la puerta. La habían cortado. Vi expuesta la pared de mi cuarto, la marca de los cuadros, todo. Fue como estar desnudo. Aún me quedan recuerdos de mi infancia ahí: el olor a comida que hacía mi madre, ama de casa, que desde la mañana cocinaba tucos, pastas, carne al horno.

–¿Cocinás?

–Sí, un poco lo heredé. Además, me gusta comer bien. No cosas extrañas, pero sí hechas con calidad. Los fideos con ajo, perejil, aceite y queso son uno de mis platos favoritos. Voy con mi aceite de oliva a todos lados. Un aceite de mala calidad te arruina una comida. Soy hipersensible con los sabores y los olores.

Disfruta de cocinar, de sus nietos y sus 65 años
Disfruta de cocinar, de sus nietos y sus 65 años

–Tenés tres nietos –Mía (12), Francisco (7) y Agustín Ezequiel (2)–. ¿Qué clase de abuelo sos?

–¡Uno muy divertido! Juego con ellos, los malcrío… Vienen acá, destruyen todo. Me encanta. Los disfruto enormemente. También los acompaño. Me enseñan las cosas que no sé hacer con esos aparatos infernales. Aunque en realidad no tengo demasiada necesidad: computadora no uso y el iPad, sólo para leer el diario. El otro día compré unos libros por App Store. Si bien podía ponerles colores y letras nocturnas, aún prefiero el papel, el olor del papel, el peso del papel… Una pantalla es muy distante para leer una historia que te remonte a algo.

–En alguna entrevista contaste que participaste en obras donde los directores eran más rígidos con las actrices… Ahora que atravesamos un momento donde las mujeres estamos más empoderadas…
–(Interrumpe)… Un momento más justo, me parece. Pero antes no sólo el teatro se manejaba de esa manera: la sociedad también. Hoy, la mujer empieza a tener el lugar que siempre debió ocupar, y yo lo vivo con gran alegría.

–Hablando de vivir, ¿cómo te sientan los 65?

–Muy bien. No tenía planificada esta edad. Quiero decir: suponía lo que podían llegar a ser los 50 o los 55, pero no los 65. Todavía estoy viendo de qué se tratan (risas). Ojo, ni loco quisiera volver a tener 35. ¡Te lo firmo acá! Siento que he aprendido y que me queda mucho para aprender. La verdad, tengo un espíritu muy joven.

Por Flor Illbele.
Fotos: Chris Beliera, archivo Editorial Atlántida y gentileza Televisión Pública Argentina.

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