Los invitados esperan al presidente de los Estados Unidos y a su esposa que hicieron un alto en la agenda del G20 para un “meet and greet” con empleados y amigos de la Embajada
Los invitados esperan al presidente de los Estados Unidos y a su esposa que hicieron un alto en la agenda del G20 para un “meet and greet” con empleados y amigos de la Embajada

Es innegable la curiosidad del público y los medios ante la presencia en Buenos Aires de las grandes figuras que esta cumbre ha convocado. La prensa y la ciudadanía, sobre todo porteña, se encantaron con Emmanuel Macron y su esposa Brigitte Trogneux visitando una librería, o respiraron en una sesión de yoga zen con el premier hindú Narenda Mori. Otros opinaron y aventuraron sobre las posibilidades de la detención de Mohamed bin Salam, el príncipe heredero de Arabia Saudita.

Pero sin duda la mayor curiosidad y seguimiento en la prensa, local y mundial, la genera la visita del presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump. Figura mediática que se desenvuelve con una habilidad pasmosa para generar chispas y retweets, Trump llega de visita al primer destino latinoamericano de su administración. No es de extrañar. Mauricio Macri es uno de los pocos mandatarios con los que tiene una relación cordial y cercana, y el nuestro uno de los pocos países contra los que no ha disparado sus encendidos tweets.

Donald Trump y su esposa Melania saludan a la pareja presidencial en el Teatro Colón (Presidencia)
Donald Trump y su esposa Melania saludan a la pareja presidencial en el Teatro Colón (Presidencia)

Criticado por muchos en Argentina, a la inversa de su par chino, Xi Jinping, aunque los argumentos de la izquierda en contra del primero son de perfecta aplicación para el segundo. Esto se explica por cierto acentuado antinorteamericanismo dialéctico y emocional de muchos argentinos que, vale aclarar, en nada afecta a las peticiones de visados para visitar Miami o New York.

Esta figura llamativa del mundo empresarial y disruptiva de la política internacional ofreció un breve encuentro en el ball room del Palacio Duhau para unos pocos invitados, seleccionados entre el personal diplomático y allegados y amigos de esa representación. Siempre es interesante participar de estos encuentros, como del que ofreció Barack Obama en la Usina del Arte en 2016, aunque aquel fue mucho más concurrido.

Donald Trump llega al Ball Room del Duhau para su encuentro con personal de la Embajada
Donald Trump llega al Ball Room del Duhau para su encuentro con personal de la Embajada

En esta ocasión, se trató de una reunión informal con unos cuarenta invitados, entre ellos, miembros norteamericanos de la embajada, civiles y militares, sus familias y algunos empleados locales e invitados.

La cita fue en la Embajada a las 13 horas. Una vez congregados allí, fuimos trasladados al Palacio Duhau donde estaba previsto el meet and greet a las cuatro de la tarde.

El evento comenzó con los acostumbrados chequeos de seguridad. Y aunque los agentes que los realizaban eran más sonrientes y amables que los que se pueden encontrar en los aeropuertos estadounidenses, no dejaban de ser estrictos. Para los argentinos no es común ver ese despliegue de perros y agentes del servicio secreto. Por lo menos fuera del mundo cinematográfico. Y estas personas se toman muy en serio su trabajo.

Luego de estos pormenores de rigor, ya ubicados en el ball room y transcurrida una espera considerable, pero amenizada con las típicas galletitas y brownies calóricos, el embajador de los Estados Unidos en Argentina, Edward C. Prado, y su esposa aparecieron en el pequeño escenario. Momentos antes, un larguirucho agente del servicio secreto colocaba en el atril el Presidential Seal, ese icónico símbolo del poder presidencial. Era la señal de que Trump estaba en el edificio y a punto de reunirse con nosotros. El embajador Prado, con claras raíces mexicanas, saludó con cordialidad y buen humor, prometiendo ser breve. Lo acompañó, más sonriente aún, pero sin emitir palabra, el Secretario de Estado, Michael "Mike" Pompeo. Para el que no está familiarizado con el organigrama de las jerarquías de los Estados Unidos, aclaramos que estábamos en presencia del segundo hombre más relevante del Estado federal norteamericano después de Trump. El Secretario de Estado tiene a su cargo una amplia gama de funciones, incluyendo la cancillería, que lo convierten en una suerte de primer ministro muy poderoso.

El embajador de los Estados Unidos en la Argentina, Edward C. Prado, y el Secretario de Estado, Michael Pompeo
El embajador de los Estados Unidos en la Argentina, Edward C. Prado, y el Secretario de Estado, Michael Pompeo

Donald Trump entró al escenario acompañado por una música tenue enteramente diferente a los rimbombantes y estrafalarios acordes de Hail to the Chieff, himno oficial de la presidencia de Estados Unidos. Esto ya marcaba cual sería el tono del encuentro. No sería un discurso formal y oficial.

El Presidente y la primera dama, Melania Trump, repartieron saludos y sonrisas y él rápidamente se dirigió a la pequeña asamblea. Ella, como de costumbre, se mantuvo elegante y estática. Después de los saludos de rigor y reconocimiento a los militares y marines presentes (siempre en un lugar privilegiado, como es costumbre en el país del norte), Trump tuvo palabras de cercanía para con el staff de su embajada. Argentinos y norteamericanos recibieron una palmadita en la espalda en reconocimiento de su desempeño en el día a día para estrechar las relaciones bilaterales con Argentina.

El presidente estadounidense se presentó sin formalidades, aunque de corbata. Posee una gran capacidad para desenvolverse. Es alguien acostumbrado a las lodosas arenas del show business y del mundo mediático, y por eso descoloca a todos sus rivales políticos y en los medios de comunicación. Es, podríamos decir, carne de talk-show, de programa de chimentos. Algo que la clase política tradicional, incluso los más descontracturados, como Obama, ignoran por completo. La ironía y la familiaridad, incluso la chicana, son herramientas que los políticos no suelen manejar con la misma soltura y expertise que los más ruidosos miembros de la farándula. Trump los conoce bien y eso le da cierta ventaja que sabe aprovechar para ponerse en un nivel diferente al de los políticos tradicionales y generar más empatía con su audiencia. Para algunos ése es uno de sus más notorios recursos populistas. No se puede negar que tiene carisma. En esta ocasión, no tuvo necesidad de mirar mal a nadie ni de salir al cruce con ataques personales. No había prensa que lo incomodara con preguntas.

En su breve alocución, puso el acento en la importancia de la cooperación entre su país y el nuestro. Principalmente en materia de seguridad y comercio. Dijo que su encuentro con Mauricio Macri había sido muy productivo y remarcó la trascendencia que tendrá la reapertura del mercado norteamericano para las carnes argentinas. Por otro lado, recalcó que la cooperación en materia de seguridad y defensa era óptima, mencionando especialmente a la D.E.A. y a la mayor confiscación de armas de la historia de nuestra Policía Federal.

Luego de su discurso, siempre matizado con algún comentario chistoso o con alguna mención particular a alguno de los presentes, estrechó manos con los miembros de las Fuerzas Armadas de su país, se sacó selfies y hasta firmó una gorra roja, típica de sus campañas. Melania, la siempre silenciosa Primera Dama, lo acompañó en los saludos y en las selfies. Finalmente la pareja, P.O.T.U.S. y F.L.O.T.U.S. -según los acrónimos con los que se llama al primer mandatario ya la primera dama- se sentaron rodeados de niñitos (hijos de empleados presentes) y se sacaron fotos, mientras sonaba "You can´t always get what you want", de los Rolling Stones. Apenas los fotógrafos bajaron sus cámaras, los pequeños se desbandaron, para correr o gatear entre los presentes. Ya habían mantenido las formas por demasiado rato.

Mucho se debate y se debatirá sobre la importancia de la reunión del G-20 en Buenos Aires. Algunos piensan que es un horror que seamos anfitriones de los líderes de los países más poderosos de la tierra a quienes responsabilizan de cuanto funciona mal en el mundo. Para muchos que comparten esta línea, los líderes del G-20 (principalmente Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Europea), son los "malvados" causantes de que la Argentina nunca abandone su posición de proveedor de materias primas, y ven en Mauricio Macri a un simple "lacayo" que los entretiene en la ciudad capital a la par que les entrega nuestra soberanía. A los indiferentes, esta reunión no les representa nada más que un trastorno en el tránsito. Según estas posturas más pesimistas, poco y nada se resolverá y, menos aún, algo que beneficie a la alicaída economía patria.

 

En el otro extremo, algunos esperan que el día que termine la cumbre nuestro país se transforme rápidamente, en un abrir y cerrar de ojos, en Suiza. Y aunque la magia no existe, creen que un apretón de manos entre nuestro presidente y sus pares equivale a millones de dólares en inversiones instantáneas. En el medio, muchos valoran la importancia del contacto personal a más alto nivel y esperan que se alcancen algunos consensos o, por lo menos, que no se rompan los pocos acuerdos logrados y se mantenga la gimnasia del encuentro.

Sólo el tiempo, el devenir de la economía y la administración de nuestros funcionarios, reflejará que nos deja la visita de Donald Trump, además de selfies, protestas y saludos protocolares.

El autor es escritor, ensayista e historiador

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