Laura Ramírez
El Rocío (Huelva), 24 may (EFE).- La aldea del Rocío ha entrado este domingo en su particular cuenta atrás para el que es el momento culmen de la Romería de Pentecostés, ese encuentro cara a cara con la Virgen del Rocío, que tendrá lugar durante la procesión de la próxima madrugada, y lo hace sumergida en una atmósfera de expectación y emociones.
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Tras la celebración de la multitudinaria Misa de Romeros, que esta mañana ha congregado en el Real a las 127 hermandades filiales en un único fervor mariano, la tensa calma se ha vuelto a convertir en protagonista de la jornada que marca la antesala de ese momento anhelado y esperado por todos los rocieros durante un año, ese que se produce cuando los almonteños saltan la reja y se hacen con las andas del paso de su patrona para llevarla a hombros por las calles de su aldea.
Durante todo el día, la actividad en las casas no cesa, como ya ocurriera en días anteriores, fundamentalmente desde el jueves, jornada en la que las distintas hermandades fueron alcanzado poco a poco la aldea y terminaron el camino desde sus lugares de origen.
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Cientos de miles de personas abarrotan este punto situado a los pies de la marisma de Doñana compartiendo sentimientos encontrados que se acrecientan a medida que pasan las horas: la inmensa ilusión de tener ya a las puertas el encuentro con la Blanca Paloma y la nostalgia anticipada de saber que, una vez que la Virgen cruce el umbral de la ermita, la romería enfilará su recta final.
Una nostalgia que este año, como ocurre cada siete, es diferente, ya que saben que en apenas tres meses volverán a disfrutar de la Blanca Paloma en la calle. Será en la conocida como la Venida de la Virgen, un acontecimiento que la lleva por nueve meses hasta la Parroquia de la Asunción de Almonte (Huelva).
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Sensaciones al margen, el epicentro de la convivencia vuelven a ser, un día más, las casas, cuyos patios y salones se abren de par en par con la hospitalidad y generosidad que caracterizan al romero y se convierten en refugios donde disfrutar y, por momentos, mitigar los nervios.
Entre plato y plato de la gastronomía tradicional, donde nunca faltan el jamón, las gambas de la costa o los guisos de la tierra, las palmas y los cantes por sevillanas no dejan de sucederse, en una forma continua de alabar, piropear y rezar a la imagen a la que profesan su fe.
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Sin embargo, a pesar de la aparente normalidad festiva de las reuniones, basta con acercarse a los alrededores del santuario para percibir que los corazones van a otro ritmo, que las sensaciones están más a flor de piel que otros días.
El vaivén de fieles que entran a visitar a la imagen para rezarle en silencio es constante, y todos ellos saben que quedan pocas horas para que el sosiego del altar de paso al estallido de devoción popular más absoluto. Y nadie quiere perder la oportunidad de mirarla a los ojos en calma.
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Con la medianoche dará comienzo el último gran preámbulo: el rezo del Santo Rosario desde la Plaza de Doñana por las calles de la aldea más próximas al Santuario. Los simpecados de las distintas hermandades comenzarán a desfilar en una comitiva nocturna que inundará las calles de luz, color con cientos de antorchas y rezos cantados.
Nadie en la aldea se atreve a fijar una hora en el reloj; el Rocío no entiende de cronómetros, y será el pueblo de Almonte el que dicte cuándo termina la espera, aunque hay un elemento que va indicando que ese momento se acerca, la llegada del Simpecado de la Matriz de Almonte a la ermita procedente del rezo de ese Rosario.
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Mientras llega ese momento, los rocieros apuran las últimas horas de convivencia y disfrute de un domingo de vísperas donde lo más hermoso, y lo más difícil, es saber aguardar. EFE
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(foto) (vídeo)
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