
En solo 15 días que llevamos de 2026, en España se han producido ya casos de mujeres asesinadas por violencia de género. Pero la violencia machista no se limita a este país, ni a las muertes violentas. En Francia, por ejemplo, acaba de saltar a las noticias el caso de una madre de cuatro hijos, identificada como Laëtitia R., que denuncia siete años de maltrato y de “esclavitud” a manos de su expareja, que será juzgado por violaciones agravadas, proxenetismo y actos de tortura.
Ante el medio FranceInfo, Laëtitia R. cuenta cómo perdió toda autonomía en su día a día. “Él decidía la hora en que debía levantarme y acostarme. No tenía derecho a usar ropa interior […] Él elegía mi ropa, mi peinado, mi maquillaje”. La privación de libertad se extendía a los detalles más íntimos de su rutina. “Incluso para ir al baño, necesitaba su permiso y a veces se divertía dejando que me orinara encima cuando ya no podía aguantar”, confiesa. La mujer argumenta que así terminó en una situación en la que se sentía completamente sometida: “Me trataba como una cosa, era una humillación permanente”.
La mujer destaca que la violencia iba más allá de lo físico. “Me amenazaba con quitarme la custodia de mis hijos. Amenazaba con enviar a mis padres imágenes íntimas y degradantes mías”. El calvario incluyó agresiones físicas extremas, tatuajes forzados con mensajes denigrantes y torturas nocturnas. Por ejemplo, fue privada de sueño de forma sistemática: “Solo tenía derecho a una noche completa cada diez días”, pues su agresor la despertaba cada noche para infligirle sufrimiento y mantenerla cansada y sumisa.
La víctima también fue obligada a participar en prácticas sexuales degradantes. “Me obligó a practicar cosas extremas que ni siquiera conocía antes. Esas prácticas han hecho que hoy sea incontinente y discapacitada. Durante meses y meses, me hizo beber mi propia orina cada mañana”. Durante los años de abuso, experimentó disociaciones y lagunas de memoria. “Tengo la sensación de tener como un enorme vacío en la memoria, sobre todo los meses que siguieron al nacimiento de mi última hija”.
“Pensé que mi infierno terminaría, pero todavía no logro dormir”
A pesar de la brutalidad, Laëtitia logró finalmente pedir ayuda a una amiga, lo que permitió la intervención policial. “Su detención me alivió, obviamente, porque pensé que mi infierno terminaría”, reconoció, aunque admitió que el temor persiste: “Todavía no logro dormir entre las 22 horas y las 4 de la mañana. Es el horario en que ocurrían la mayoría de las violencias”.
Las pruebas materiales, incluidos registros audiovisuales y mensajes, forman ahora un voluminoso expediente que será analizado en el proceso judicial, según precisó su abogado. “La primera impresión al entrar en este caso es una especie de vértigo”, describió el letrado a FranceInfo.
Hoy, Laëtitia busca romper el silencio. “Ese hombre quiso encerrarme, impedirme vivir mi vida. Quiero retomar el control”. Su objetivo es que el juicio no sea a puerta cerrada: “La vergüenza debe cambiar de lado. […] Si esto puede ayudar, aunque sea a una mujer víctima, a decirse que hay que salir del silencio, será enorme como satisfacción y como esperanza”.
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