Liliana González, Natalia Brusa y el diálogo como una clave para el encuentro en el aula

En un encuentro realizado en el marco de las Jornadas Iberoamericanas de Educación Ticmas, las autoras abordaron cómo la pandemia profundizó las problemáticas de comunicación en la familia y la escuela

“Nuestro libro anterior era Volver a mirarnos, preocupadas por cómo la mirada se estaba yendo a las pantallas”. En un encuentro realizado en el marco de las Jornadas Iberoamericanas de Educación Ticmas, las psicopedagogas Liliana González y Natalia Brusa —madre e hija— hablaron con Patricio Zunini de su nuevo ensayo, Tiempo de conversar (Ediciones B), en el que retoman la pregunta por la infancia y los vínculos. “La pandemia potenció la incomunicación, pero también dio la oportunidad de volver a mirarnos y volver a conversar”, dijo González.

El libro también les ayudó a resignificar la intermediación de la tecnología: “Tuvimos que repensar la desvalorización acerca de la virtualidad porque era la única herramienta que teníamos a mano. Pero, a la vez, la pandemia nos llevó a entender que la virtualidad tiene un límite. No nos alcanzaba con el Zoom y el Meet. Necesitábamos el contacto cara a cara, volver a encontrarnos, necesitábamos el abrazo”.

Con estas ideas, Tiempo de conversar parte de una serie de interrogantes: por qué cuesta tanto el registro del otro como semejante y diferente, cómo ven los niños y adolescentes a los adultos que los rodean, qué pasa con la educación en la familia y la escuela, qué imagen dan y reciben los docentes. Y, sobre todo: cómo la palabra puede convertirse en un alivio.

Es imprescindible generar en las escuelas, en las familias, en los grupos de amigos, en las instituciones en las que uno trabaja, espacios seguros de conversación. Donde podamos opinar, dudar, cambiar de opinión, sin ser juzgados ni excluidos (Natalia Brusa)

“La palabra tiene el efecto tremendo de armar historias o de desarmarlas, de acariciar sujetos o de destruirlos”, dijo González. “La palabra es una herramienta muy fuerte y los docentes están todo el día hablando, y es mentira que a las palabras se las lleva el viento. Alguna se las llevará, pero la mayoría nos están esperando en el otro; hacen huella en el otro. Por eso Freud dijo que el único aporte que podía hacer el psicoanálisis a la educación era el análisis de los educadores. Me acordaba que Einstein le escribe a Freud preguntándole si en algún momento se iba a acabar la guerra y la violencia, y Freud le contesta que no, porque somos amor y odio, pulsión de vida y pulsión de muerte, y le dice: ‘Hagamos todo lo que podamos para producir amor y cultura’. Le estaba diciendo que familia y escuela son las dos instituciones fundantes. Y es en esos años fundantes donde la palabra tiene que estar. No puede ser que calmemos a los niños con videos o con el celular. ¿Dónde quedó la palabra? Los chicos se iban a dormir con un cuento, con una caricia. Nuestra intención es que la palabra vuelva a estar en el centro de la escena, por más pantallas que tengamos en casa”.

“Cuando pensamos en el tiempo de conversar”, agregó Brusa, “pensábamos que era imprescindible generar en las escuelas, en las familias, en los grupos de amigos, en las instituciones en las que uno trabaja, espacios seguros de conversación. Donde podamos opinar, dudar, cambiar de opinión, sin ser juzgados ni excluidos. No necesariamente la mesa familiar es un espacio seguro de conversación, no necesariamente el aula es un espacio seguro de conversación. Las redes sociales no son un espacio seguro de conversación; más bien todo lo contrario. El espacio seguro de conversación se da cuando hay una predisposición al diálogo, cuando no hay miedo al silencio, cuando la gente no está obligada a ‘resistir un archivo’ y opinar lo mismo que hace diez años. Es hora de hablar de la conversación”.

“Si pensamos en la serie Merli”, siguió Liliana González, “más allá de que algunas cuestiones personales de él nunca me gustaron, no dejo de reconocer que entraba al aula de un grupo de adolescentes muy difíciles y, sin embargo, nunca tuvo que decir ‘Préstenme atención’. Los alumnos se sentaban a escucharlo porque llevaba algo interesante para decir. El desafío es decir cosas interesantes y provocar cosas interesantes. Yo abogo por una escuela que enseñe a hacer buenas preguntas. No a buscar respuestas que están en Google, en Wikipedia y en los manuales. Necesitamos chicos que se hagan buenas preguntas. Merli no usaba tecnología: usaba la palabra montada en su pasión por enseñar. Yo les pido a los docentes que no dejen pasar ninguna conducta, ninguna emoción de esas que nos despiertan preguntas. La gente opone aburrimiento a una escuela divertida. La escuela nunca va a ser divertida, no es un club. Pero se puede aprender con la alegría que se da cuando un docente te trae un desafío y te hace protagonista. Tenemos demasiada pasividad con las pantallas, viendo lo que el otro hizo, lo que el otro construyó. La escuela tiene que ser un escenario de autoría”.

La escuela nunca va a ser divertida, no es un club. Pero se puede aprender con la alegría que se da cuando un docente te trae un desafío y te hace protagonista (Liliana González)

“Cuando empezamos a escribir el libro sentimos que tal vez nos quedábamos cortas con nuestra mirada y entonces les hicimos entrevistas a diferentes profesionales que están en la trinchera”, señaló Natalia Brusa. “Docentes de nivel medio, médicos, una periodista, una psicóloga, una fonoaudióloga, profesionales que están en el contacto con los adolescentes y los niños. Sus aportes fueron muy ricos y siempre se revalorizó el contacto interpersonal y no pensar que los treinta chicos son iguales. Es importante para un adolescente que el profesor lo registre, que le haga sentirse único. El profesor le tiene que ayudar a despertar la pasión, a guiarlo en el camino de encontrar su propio camino. Ese rol del docente es fundamental e inolvidable”.

Gabriel García Márquez decía que un alumno que pasa catorce años en la escuela tiene que encontrar sí o sí su juguete preferido. A qué viniste al mundo, cuál es tu talento. Lo que pasa es que hemos tenido una escuela centrada en la lecto escritura, pero ¿y los otros tipos de inteligencia? ¿Los otros talentos? Siempre les digo a los docentes: ‘Abramos las didácticas a todos los recursos habidos y por haber, donde se comprometa al cuerpo, lo sensitivo. Y abramos el abanico de evaluaciones. No se puede evaluar siempre de la misma manera’. Hoy agregaría que en cada evaluación el niño tenga que hacer una pregunta”.

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