El ministro Dujovne, junto al presidente Mauricio Macri. (NA)
El ministro Dujovne, junto al presidente Mauricio Macri. (NA)

Para los liberales y ortodoxos, el Gobierno, con su estrategia gradualista, tiene tendencia al populismo. Para los progresistas, se trata de un ajustador serial.

Los primeros remarcan que la inflación ha cedido en medida casi imperceptible, que el déficit fiscal ha crecido y que el rojo en la cuenta corriente del Balance de Pagos aumenta en forma continua, con deuda en ascenso. Y, además, sostienen que ha aumentado el monto por planes sociales.

Los segundos alzan su voz frente al intento de corrección de precios  relativos, con el aumento de las tarifas al frente de la política económica. Y se difunde la idea de que el Gobierno no es sensible a los problemas de las clases más humildes.

Difícil camino, el que debe recorrer el Gobierno. En el espectro social, pareciera que no son muchos los que están satisfechos con su postura, que transita entre lo posible, en términos políticos y sociales, y lo deseable para lograr un salto económico en el mediano plazo.

El gradualismo fiscal se basa en una muy suave reducción de impuestos pero sin que se haga lo mismo sobre el gasto público

Una suerte de trampa que dejó crecer, en sus inicios, por falta de comunicación sobre la gravedad del cuadro económico–social. Ahora, debe nadar en el bravo mar de expectativas, hasta el momento, en buena parte, incumplidas.

Los errores iniciales de diagnóstico frente al electorado y la ausencia de ejemplaridad en relación al gasto, como haber aumentado la cantidad de ministros, secretarios y subsecretarios a un nivel nunca visto, resultan irritables.

En la mayor parte de nuestra historia, sólo hubo 8 ministros y 8 subsecretarios. Es cierto que a principios de este mes se estableció un nuevo organigrama nacional con una reducción de aproximadamente 25% sobre el esquema previo. La nueva estructura es de 21 ministerios, 121 secretarías y 128 subsecretarías. Pese a la baja (plausible, por cierto), este esquema parece más propio de un país de economía centralmente planificada que de libre mercado. Vale preguntarse entonces… ¿acaso no debe predicarse con el ejemplo?

Al comparar el año 2017 con 2015, el gasto público nacional se estacionó en el mismo nivel, algo superior al 26% de PBI

El gradualismo fiscal se basa en una muy suave reducción de impuestos pero sin que se haga lo mismo sobre el gasto público. De esta forma, el déficit fiscal aumenta y, por lo tanto, el endeudamiento también, merced a la elevada liquidez internacional. Y la inflación no cede pues es la que también financia tal desbalance. Al comparar el año 2017, el gasto público nacional (26,4% del PBI) con el del año 2015 (26,5% del PBI) se advierte cómo su nivel se ha estacionado.

Ello no es sustentable en el tiempo.

La estrategia elegida conlleva el mantenimiento del gasto primario en el mismo nivel, lo que trae como furgón de cola el aumento del déficit fiscal financiero. En tanto que en el año 2015 los intereses de la deuda implicaban 2,1% del PBI, ahora han pasado a prácticamente 3%. En suma: no ha bajado el déficit primario. Ergo, la deuda y los intereses han crecido, por lo que déficit fiscal financiero sigue en ascenso.

Este año, el Gobierno deberá armarse de coraje para llevar adelante una baja pronunciada en el gasto y de suficiente habilidad para comunicar adecuadamente, cuál es el plan de reducción y porqué debe realizarse.

No se trata de eliminar el gasto de cuajo. Ni mucho menos. Pero es imprescindible el abandono paulatino del gradualismo, con firmeza y ejemplaridad, cayendo, en primer lugar, sobre aquellos resortes de injustificable existencia. Quizás sea el momento de recordar las palabras de Angus Deaton, Premio Nobel en Economía: "Hay que encontrar el grado óptimo de interferencia del Estado en la economía".

(*) Manuel Alvarado Ledesma es Economista y Profesor de la UCEMA